John Andrews. 16 agosto, 2020

WINCHESTER– Haram Lubnan, pobre Líbano. Como si dar albergue a más de un millón de refugiados de la guerra en la vecina Siria, una economía en caída libre y la covid‑19 no fuera suficiente, la catastrófica destrucción del puerto de Beirut dejó, cuando menos, 150 muertos, 6.000 heridos y 300.000 personas (el 5 % de la población) sin hogar.

¿Qué pondrá fin a este historial de sufrimiento para un país cuya capital se vio otrora como la París de Oriente Próximo?

Lamentablemente, no queda nada de esa imagen, destruida por la guerra civil de 1975‑1990, la corrupción y la agitación regional.

Tras el estallido del puerto, un torpe gobierno dictó el estado de emergencia, y le respondieron manifestaciones al son de la consigna que hace casi una década encendió la Primavera Árabe: Ash sha’b yurid isqat an nizam: “El pueblo quiere que caiga el régimen”.

Lebanese security forces clash with protesters in the vicinity of the parliament in central Beirut on August 10, 2020 following a huge chemical explosion that devastated large parts of the Lebanese capital. (Photo by IBRAHIM AMRO / AFP)
Lebanese security forces clash with protesters in the vicinity of the parliament in central Beirut on August 10, 2020 following a huge chemical explosion that devastated large parts of the Lebanese capital. (Photo by IBRAHIM AMRO / AFP)

El gobierno renunció, pero la furia popular no se calmará: el 18 de agosto, el Tribunal Especial para el Líbano en La Haya emitirá su veredicto en relación con el asesinato en el 2005 del primer ministro Rafic Hariri, tras juzgar en ausencia a cuatro miembros de Hizbulá (milicia shiita y partido político con respaldo de Irán y Siria) por el atentado con bomba contra la caravana en la que viajaba.

El veredicto debía darse el 7 de agosto, pero se pospuso “por respeto a las incontables víctimas de la devastadora explosión” sucedida en Beirut tres días antes.

Seguirán las tensiones. Cualquiera que sea el fallo del Tribunal Especial, aumentarán las tensiones políticas.

Hizbulá, al que Estados Unidos y la Unión Europea clasifican como organización terrorista, tiene amplio apoyo entre los shiitas. Su milicia es más fuerte que el Ejército libanés y cuenta con un poderoso bloque en el Parlamento.

Así como la presencia de guerrillas palestinas, con su “Estado dentro del Estado”, fue un factor de la guerra civil, mientras exista el “Estado por sobre el Estado” de Hizbulá habrá pedidos (dentro y fuera del Líbano) para que se ponga fin a un sistema en el cual la distribución del poder político y económico no depende del mérito, sino de la pertenencia a una secta religiosa.

Pero ¿es eso lo que realmente quiere “el pueblo” con sus pancartas que piden thawra (revolución)?

Líbano, un país creado hace un siglo de la nada en Oriente Próximo por el acuerdo Sykes‑Picot entre los británicos y Francia, es un mosaico formado por cristianos, musulmanes, drusos y otras minorías (hay unas 18 sectas con reconocimiento oficial).

En 1943, al concluir el mandato asignado por la Liga de las Naciones a Francia, la dirigencia política del Líbano independiente formuló un “pacto nacional” no escrito, que reservaba la presidencia a un cristiano maronita, el cargo de primer ministro a un musulmán sunita y la presidencia del Parlamento a un musulmán shiita.

Como expresó Riad al Solh, primer gobernante del país, el objetivo era “libanizar a los musulmanes libaneses y arabizar a los cristianos del Líbano”.

Se esperaba que los cristianos se distanciaran de Occidente y que los musulmanes abandonaran la idea del Líbano como parte de una nación árabe más grande.

TOPSHOT - A Lebanese policeman hits a demonstrator during clashes in downtown Beirut on August 8, 2020, following a demonstration against a political leadership they blame for a monster explosion that killed more than 150 people and disfigured the capital Beirut. (Photo by STR / AFP)
TOPSHOT - A Lebanese policeman hits a demonstrator during clashes in downtown Beirut on August 8, 2020, following a demonstration against a political leadership they blame for a monster explosion that killed more than 150 people and disfigured the capital Beirut. (Photo by STR / AFP)

Disminución de cristianos. La premisa original del pacto era que había más o menos la misma cantidad de cristianos y musulmanes, pero el último censo en el Líbano data de 1932, y es evidente que en las décadas transcurridas desde entonces los cristianos se han vuelto minoría: su menor tasa de natalidad y su mayor propensión a emigrar (miles huyeron durante la guerra civil) condujo a que solo sean hoy la tercera parte de la población del país.

Pero ¿por qué ajustar el sistema a la realidad demográfica si el resultado será otro estallido de violencia sectaria?

El acuerdo de Taif, mediante el cual se puso fin a quince años de guerra civil, solamente hizo retoques marginales: dio paridad a los musulmanes con los cristianos en el Parlamento y más poder al primer ministro.

En Líbano siempre hubo protestas para exigir que se pusiera fin al reparto confesional del poder y a la interferencia de una multitud de potencias extranjeras, de Estados Unidos e Israel a Siria e Irán.

Únicamente tuvieron éxito en una cosa: la indignación local e internacional provocada por el asesinato de Hariri forzó la retirada de las tropas sirias en el 2005, tras 29 años de “proteger” al Líbano.

Two veiled women stand in front of a heavily damaged building on August 13, 2020 following a huge chemical explosion at Beirut's port that devastated large parts of the Lebanese capital. (Photo by JOSEPH EID / AFP)
Two veiled women stand in front of a heavily damaged building on August 13, 2020 following a huge chemical explosion at Beirut's port that devastated large parts of the Lebanese capital. (Photo by JOSEPH EID / AFP)

Contraste con el mundo árabe. La paradoja es que el sistema que los manifestantes denuncian les ha dado un grado de libertad personal y de expresión muy infrecuente en el mundo árabe.

Además, en un contexto de asignación clientelista del trabajo, el final de ese sistema puede traer perjuicios personales.

En un experimento de un centro de estudios libanés, el 70 % de los encuestados aceptó firmar una petición para que se ponga fin al sistema, pero la cifra se redujo al 50 % cuando se les dijo que sus nombres saldrían publicados.

Líbano siempre ha sido una construcción frágil. Cuando en los años setenta viví en Beirut, era realmente la cosmopolita París de Oriente Próximo, pero la guerra civil, alentada por potencias extranjeras, la fragmentó en vecindarios fuertemente armados, en los que vivir o morir podía depender de la religión que uno tuviera en el documento de identidad.

Aunque la cultura y la energía emprendedora de los libaneses permiten pensar que el fin del sistema confesional podría convertir la fragilidad en fuerza, yo tengo mis dudas.

En otros países árabes, las minorías religiosas dependen de la protección de dictadores y, como ocurrió en Irak y Siria, sufren cuando la unidad nacional queda en riesgo.

¿Aceptarán de buen grado los maronitas (que afirman una identidad fenicia antes que árabe) un gobierno de la mayoría musulmana? ¿Aceptarán los shiitas el dominio de los sunitas, a los que ahora refuerza la presencia de refugiados sirios de su misma confesión?

Gobierno de mafiosos. El problema real es cómo imponer la rendición de cuentas. Es una vergüenza que los caudillos militares de los setenta y ochenta no se hayan convertido en estadistas, sino en mafiosos a cargo de negocios extorsivos (los cortes de energía, por ejemplo, son dinero fácil para quienes proveen generadores de diésel).

Es una vergüenza que banqueros egoístas y la renuencia oficial a garantizar una urgente reforma económica y financiera hayan paralizado las negociaciones con el Fondo Monetario Internacional.

Los libaneses merecen algo mejor. Pero después del desastre en Beirut, la pregunta sobre cómo lograrlo se ha vuelto todavía más difícil de responder.

John Andrews: exeditor y corresponsal extranjero en “The Economist”, es el autor de “The World in Conflict: Understanding the World’s Troublespots”.

© Project Syndicate 1995–2020