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Página quince: Réquiem por la impasibilidad británica

Con el fallecimiento del príncipe Felipe, el 9 de abril, el Reino Unido puede haber perdido su último exponente de la actitud estoica que ha definido gran parte de su historia moderna

LONDRES– Por largo tiempo se celebró, y parodió, al fallecido príncipe Felipe, duque de Edimburgo y marido de la reina, por su característica personalidad. Antes de su muerte, a los 99 años de edad, ocurrida el 9 de abril, era el tío abuelo gruñón y excéntrico del Reino Unido, un hombre completamente fuera de sintonía con el mundo moderno.

Por tomar solo uno de muchos ejemplos notables, Felipe no podía entender por qué los soldados de hoy podrían necesitar terapia. En la Segunda Guerra Mundial, observó una vez, no tenían consejeros revoloteando cada vez que a alguien se le iba un disparo, preguntando si estaba bien o si estaba seguro de que no tenía un horrible problema. «Simplemente, lo superará y seguirá con su vida», solía decir.

Si el deceso de Felipe significa que también enterraremos la imagen icónica de la «impasibilidad británica», ¿deberíamos lamentar también esa pérdida? Hubo una época en que esta demostración característicamente británica de estoica resolución era ampliamente admirada.

Cuando el Reino Unido era la principal potencia mundial, parecía deber su posición a un enfoque de la vida de que «no hay que llorar». Y, por supuesto, esta actitud se mostró en todo su esplendor cuando los británicos resistieron los ataques nazis que ya habían barrido a sus vecinos europeos.

En marzo de 1912, el explorador capitán Lawrence Oates se unió a una expedición británica a la Antártida, que se proponía ser la primera en llegar al polo sur. La misión fracasó y Oates, sufriendo de gangrena y congelación, rogó a sus compañeros que los abandonaran y se salvaran.

Cuando se negaron, dijo como al pasar: «Voy a salir un rato afuera… puede que me demore un poco». Nunca volvió a la carpa del grupo, pero sus últimas palabras quedaron en la memoria de sus conciudadanos, que admiraron su actitud impasible.

Es imposible imaginar la generación de Oates desahogándose sobre cualquier tema con Oprah Winfrey. Pero el nieto de Felipe, el príncipe Harry, hace poco hizo precisamente eso. ¿Ha perdido el Reino Unido sus pretensiones de ser el arquetipo del estoicismo fuerte y silencioso?

Cuestión de culturas. Los sicólogos han concluido que las diferentes culturas nacionales efectivamente tienden a mostrar e inculcar distintas actitudes y estilos de vida. Se ha encontrado que la mayoría de los países nórdicos, anglosajones y latinoamericanos tienen culturas altamente «indulgentes» (prefiriendo el ocio y una mayor calidad de vida), mientras que los países del este asiático tienden a valorar menos el ocio y más una fuerte ética de trabajo.

En recientes comparaciones entre países basadas en pruebas sicológicas, los vietnamitas, singapurenses, japoneses y surcoreanos muestran una alta propensión a ejercer moderación comparados con los británicos o los estadounidenses.

A partir de estas conclusiones, uno puede inferir que los primeros países en industrializarse y dar riqueza y comodidad a sus habitantes también pueden ser los primeros en sucumbir a la decadencia, abandonando la ética que impulsó su crecimiento inicial.

En el pasado, la resistencia física, la determinación y la fortaleza eran las características definitorias de quienes tenían éxito en sus pretensiones de dominio en el planeta. Pero hoy el éxito les llega a quienes promueven una marca o logran atraer inversiones de riesgo.

Ya no se admiran las actitudes «masculinas» tradicionales y a menudo se les desdeña (algunas veces por muy buenas razones). Ser atractivos —algo a lo que ciertamente Felipe nunca aspiró— se ha transformado en la condición sine qua non del éxito en el desarrollo profesional.

En contraste, se sabe que Oates, antes de su prematura muerte, tenía una actitud cuestionadora hacia el capitán Robert Falcon Scott, lo que sería hoy un suicidio profesional.

Personalidades. Incluso si las tensiones y los conflictos sociales actuales son diferentes a los del pasado, ¿sería recomendable todavía la imperturbable frialdad de Felipe? En la jerga sicológica, su tipo de personalidad era el de un represor: conseguía suprimir todo rasgo de negatividad en su interior y convencía a los demás de que estaba en condiciones óptimas.

El tipo de personalidad opuesto a menudo se asocia con un rasgo que está muy de moda: la inteligencia emocional (IE), es decir, la capacidad de discernir cómo los otros se sienten verdaderamente.

Y, sin embargo, estudios recientes han llegado a la conclusión de que las personalidades represoras siguen logrando las mayores calificaciones de IE en las pruebas sicológicas académicas, lo que implica que quienes no demuestran sus emociones pueden estar ejerciendo más habilidades o esfuerzos sicológicos que lo que normalmente se supone.

Tras sus plácidos rostros hay una constante ponderación de si conviene expresar su malhumor y cuándo.

Por supuesto, si bien el ocultamiento del estado mental verdadero que uno tiene puede llevar a interacciones sociales más exitosas, el esfuerzo por no abrumar a los demás con la propia carga emocional puede llegar a ser excesivo.

El peligro para los tipos represores es que pueden autoengañarse sobre cómo se sienten de verdad. Mientras que los tipos emotivos buscan ayuda sicológica de los demás de manera temprana y frecuente, los tipos represores lo hacen tardíamente, si es que alguna vez lo intentan.

Correcto equilibrio. En consecuencia, aunque Corea del Sur ocupa una mejor clasificación que el Reino Unido en cuanto a moderación personal, también tiene una cantidad mucho mayor de suicidios en proporción a su población.

Y a pesar de su manejo superior de la pandemia, el aumento de suicidios y las autolesiones inducidos por la crisis en Corea del Sur ha sido mucho más alto que en los países occidentales que no pudieron controlar el virus.

Como en todas las cosas, la clave es lograr un correcto equilibrio. En su consumado dominio de la moderación emocional, quizás Felipe tenía algo que enseñarnos después de todo.

Se dice que, tras haber quedado atascado en un ascensor en la Universidad Heriot-Watt de Edimburgo, bromeó con que eso solo podría haber sucedido «en una institución educacional técnica».

Ahora que se ha ido, deberíamos reservar un espacio para su estilo de ingeniosa irascibilidad. Podría sernos de utilidad en la próxima crisis.

Raj Persaud: es siquiatra y autor de «The Mental Vaccine for Covid-19 (La vacuna mental para la covid-19)».

Adrian Furnham: es profesor de la Escuela de Negocios de Noruega y autor de 95 libros, entre ellos «Psychology 101: The 101 Ideas», «Concepts and Theories that Have Shaped Our World (Sicología 101, las 101 ideas, conceptos y teorías que han dado forma nuestro mundo)».

© Project Syndicate 1995–2021

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