Eduardo Ulibarri. 20 julio

En una escena de Blade Runner, clásico de ciencia ficción “negra” dirigido por Ridley Scott, Rick Deckard, un cazador de replicantes, o robots humanoides, protagonizado por Harrison Ford, le dice a Rachel (Sean Young), de quien sospecha sea una de ellos: “Los replicantes son como cualquier otra máquina: o un beneficio o un problema. Si son un beneficio, no son mi problema”.

Algo similar ocurre con las redes sociales, aunque su impacto, como el de los replicantes, trasciende lo meramente instrumental. Nacidas sobre la plataforma de Internet y multiplicadas en número, profundidad e influencia durante la última década, han impulsado un salto cualitativo sobre qué, con quiénes, cómo y para qué nos comunicamos; así, han transformado profundamente las modalidades de interacción humana, con profunda huella en nuestra conciencia y dinámicas sociales.

Luces y sombras. Sus dimensiones positivas son incuestionables. En tal sentido, como afirma Dereck, no implican un problema.

Cuando daban sus primeros pasos, algunos las desdeñaron como plataformas para contenidos banales. Muy pronto revelaron su potencial como agentes de cambio democrático. La Primavera Árabe, que en el 2011 sacudió a múltiples regímenes autoritarios en el Cercano Oriente y el norte de África, se convirtió en el estandarte de esta dimensión. Y si, con excepción de Túnez, fracasó, no fue por culpa de ellas o de los ciudadanos que las utilizaron para expresarse u organizarse, sino de la capacidad represiva de las élites militares y teocráticas asediadas.

Las redes sociales también han abierto el acceso a más información; han facilitado la organización de foros para definir problemas y articular decisiones; han permitido que la voz de sectores marginados se exprese en las arenas de los debates, que los hacedores de política pública cuenten con valiosos insumos para tomar decisiones, que personas con aspiraciones políticas legítimas salten sobre maquinarias partidistas inflexibles, o que grupos con agendas proactivas se organicen para impulsar reivindicaciones en el marco del Estado de derecho.

Junto a todo lo anterior, sin embargo, también se han convertido en un poderoso instrumento para difundir desinformación a escala masiva, crispar el debate público, intoxicarlo con mentiras y falsificaciones, desacreditar desde el fanatismo la evidencia emanada de los hechos y sustituir con impulsos tribales los valores cívicos e identidades comunes esenciales para la vida democrática. Esto las ha tornado en un reto multidimensional para la democracia. En tal sentido, son un enorme problema.

Los ejemplos abundan alrededor del mundo, pero no hay que ir muy lejos porque en Costa Rica también han mostrado su máscara agresiva.

Durante las últimas semanas, como parte de la arremetida síndico-evangélico-trailera contra una serie de iniciativas del Estado y sus representantes, las redes sociales —en particular Facebook, Twitter, WhatsApp y Telegram— han servido para divulgar mentiras, falsificar realidades, denunciar conspiraciones inexistentes, denigrar o acosar opositores, inventar “movimientos” cuyos miembros caben en un microbús y hasta para llamar a la violencia armada.

En agosto del año pasado, una serie de páginas en Facebook, de orígenes inconfesables, se articularon para generar un movimiento de rechazo y violencia contra migrantes nicaragüenses, que condujo a agresiones en el centro de San José. Fue una operación programada.

¿Por qué esta “máquina” —al decir del cazador de Blade Runner—, a pesar de sus ventajas, se ha convertido en una amenaza palpable? Las razones son múltiples. A continuación, planteo algunas.

La estructura. El modelo de negocios de casi todas las plataformas de conexión social, en particular Facebook, tiene rasgos perversos. Se focaliza en penetrar la privacidad de sus usuarios para construir minuciosos perfiles personales que permitan vender anuncios con puntería milimétrica y alto potencial manipulador; en explotar, desde algoritmos programados en tal sentido, el involucramiento emocional de esos mismos usuarios destacando los contenidos provocadores para generar más tráfico, y en desarrollar herramientas que induzcan a su utilización compulsivo-adictiva.

A estos factores se añaden otros más:

1. La dimensión y alcance masivo de las redes, que impide a quienes las manejan aplicar —aunque quisieran— estándares de calidad y respeto mínimo en sus contenidos.

2. La indigestión y confusión generadas por el volumen, frecuencia y omnipresencia de sus contenido. Resultado principal: embotamiento de la capacidad para discernir y priorizar.

3. El estímulo a que nos encerremos en grupos de quienes piensan y sienten como nosotros —sea mediante grupos de WhatsApp, “amigos” de Facebook o seguidores de Twitter— y nos alejemos del resto,

4. La facilidad para crear cuentas o seguidores ficticios, con dos graves implicaciones: el anonimato y el posible uso de robots para generar contenidos.

Es decir, estructuralmente, las redes facilitan y hasta estimulan la manipulación y la desinformación. Por esto, han sido utilizadas por Rusia para interferir en procesos electorales foráneos; por ella misma y otros países o grupos para manipultar conductas, erosionar instituciones y generar enojo ciudadano; por sectas de signos múltiples para enlistar e inflamar adherentes; por buscadores de relevancia pública para presentarse como salvadores; y por fanáticos de todo tipo —reales o robóticos, identificados o anónimos— para desahogarse, acosar o denigrar adversarios.

Los disparadores. Las redes tienen la inmediatez de la comunicación oral, pero sin la presencia física de los interlocutores que normalmente actúa como moderadora de los mensajes. En ellas existen menos filtros para tamizar las reacciones destempladas capaces de iniciar cadenas de recriminaciones. Por esto, en sus ámbitos, prevalece el pensamiento automatizado e intuitivo, que demanda menores esfuerzos cognitivos de los participantes y los estimula a reaccionar con inmediatez: algo muy distinto a la racionalidad cuidadosa y lenta.

A esto se añade una tendencia, muy vinculada a nuestro proceso evolutivo, de asociarnos con gente afín y dar crédito a lo que estas postulan o comparten, sin pararnos a considerar la lógica de sus contenidos, la credibilidad de sus fuentes originales o el contexto en que se expresan.

Somos complacientes y permisivos con lo que se acerca a nuestras ideas o prejuicios. Ante lo que nos complace o reafirma, aplicamos pruebas de “verdad” mucho más tenues que hacia lo desafiante o contradictorio. A la vez, somos severos y tendemos a rechazar ad portas lo que cuestiona nuestro sentido preestablecido de realidad o identidad.

Las redes son un vehículo accesible para generar o reforzar la sensación de aprobación y pertenencia grupal. Al utilizarlas, de manera explícita o implícita, nos sentimos parte de un colectivo al que probablemente no queremos fallar y frente al cual, a menudo, “actuamos” en busca de aprobación. Así, el uso adquiere una naturaleza perfomativa, alrededor de papeles simplificados y con argumentos que también lo son.

Ante la confusión y la complejidad, los prejuicios actúan como filtros cognitivos. La verdad y la racionalidad tienden a ser más complejas y reacias a la inmediatez típica de las redes, que, al activar los simplismos, erosionan aún más el ímpetu deliberativo de la democracia.

En síntesis, las redes exacerban y explotan las simplificaciones y las tendencias milenarias tribales que nos acompañan. Al hacerlo, contribuyen a la fragmentación social y la ruptura de espacios, físicos o virtuales, de convergencia, discusión y entendimiento plurales. De aquí su enorme potencial manipulador.

Posibles caminos. ¿Qué hacer, entonces, ante la “racionalidad” financiera de las empresas dueñas de las plataformas y ante nuestros rasgos como parte del género humano?

Debemos partir de que, en buena medida, la manipulación de las redes por quienes desean erosionar la democracia es producto de dinámicas y vacíos que las preceden y trascienden; es decir, de falencias de quienes deberían aportar a un debate público más sano.

La contaminación y tergiversación de ese debate comenzó mucho antes de la explosión de las redes sociales, lo mismo que el desencanto de muchos con instancias de decisión, representación y mediación tradicionales. Las redes simplemente han acentuado y complicado el proceso. Por esto, parte de la solución es que los líderes políticos, gremiales, académicos, religiosos y periodísticos se alejen del uso compulsivo de las recriminaciones, desautorizaciones, suspicacias y argumentos ad hominem, y abran el camino para discusiones más racionales y menos viciadas; también, que los entramados clave de la democracia generen mayor valor y legitimidad públicos.

Otras formas de contrarrestar el impacto corrosivo de las redes dependen de la proactividad y el adecuado enmarcado de la información y discusión.

Aclarar, explicar y puntualizar, desde el momento mismo de su concepción y aplicación, las razones y decisiones que emanan de las instituciones, gobernantes y líderes políticos democráticos, reducirá el espacio para las distorsiones.

Las organizaciones periodísticas son otra instancia fundamental. Hoy, enfrentan complejos desafíos, producto de los cambios en el mercado y los hábitos de consumo de la población, y de la competencia publicitaria de las propias redes. Sin embargo, se mantienen como instancias fundamentales para definir los términos e insumos de la discusión pública. Por esto, es esencial que no caigan en la trampa de trivializar sus agendas para captar públicos y que se esfuercen por impulsar contenidos relevantes, balanceados, bien explicados y atractivamente contados.

Nada mejor contra la desinformación que la buena información. Y esto toca también a sus fuentes, a menudo tan reacias a la transparencia y tan lentas en reaccionar ante los pedidos legítimos de explicaciones o ante las mentiras que pretenden enturbiarlas.

Aunque denunciar las falsedades ya divulgadas, como hacen #NoComaCuento, de La Nación, o Double check, de la Universidad de Costa Rica, parezca de impacto moderado, por su carácter reactivo, ambos sitios tienen otra virtud, quizá mayor: alertarnos sistemáticamente, como ciudadanos, sobre la existencia de una corriente de desinformación de la que debemos cuidarnos.

Alerta, educación, aclaración, corrección, transparencia, iniciativa, respuesta rápida y participación propositiva en las redes. He aquí parte del repertorio democrático para contrarrestar las falsedades y neutralizar a los replicantes de la desinformación.

El autor es periodista.