Carl Bildt. 20 agosto

ESTOCOLMO– Este mes se celebra el 30 aniversario del comienzo de una transformación milagrosa que hoy está grabada en la memoria del mundo. En el verano de 1989, la Unión Soviética ya estaba en una caída terminal. La única interrogante era si el comunismo se desintegraría pacíficamente o en medio de un estallido de violencia y devastación.

En la propia Unión Soviética, las políticas de glásnost y perestroika de Mijail Gorbachov abrieron las compuertas del cambio, pero Gorbachov todavía parecía creer que el sistema comunista iba salvarse a través de la reforma.

Europa experimentó unos pocos meses verdaderamente milagrosos. Hoy, deberíamos honrar no solo a quienes pelearon por el cambio, sino también a quienes se negaron a enviar los tanques.

Mientras tanto, en la periferia del imperio soviético, muchos temían que un potencial colapso del sistema trajera de vuelta los tanques del Ejército Rojo a las calles y las plazas de las ciudades. Los recuerdos de las persecuciones soviéticas en Berlín en 1953, Budapest en 1956 y Praga en 1968 se mantenían vivos, al igual que la severa represión de los Estados bálticos en el período previo a la Segunda Guerra Mundial.

Nacida en el terror, a la Unión Soviética la habían sostenido las botas militares y la policía secreta. Nadie sabía si podía sobrevivir sin recurrir a la fuerza bruta una vez más. Eran momentos de nerviosismo para Europa.

Pero también era un tiempo de cambio. Los esfuerzos por sofocar al sindicato independiente de Polonia, Solidaridad (Solidarność), habían fracasado. Obligado a llegar a un acuerdo, el régimen comunista polaco llevó a cabo elecciones semilibres en junio de 1989, en las que Solidaridad ganó todas las bancas en disputa excepto una. Mientras tanto, en las tres repúblicas bálticas (Estonia, Letonia y Lituania), amplios “frentes populares” ya venían reclamando más autonomía de la Unión Soviética y pronto empezaron a exigir plena independencia.

El 23 de agosto, dos millones de personas formaron una cadena humana que se extendió por 600 kilómetros en Estonia, Letonia y Lituania, reclamando independencia. El momento de la llamada Cadena Báltica no fue accidental. Exactamente 50 años antes, Hitler y Stalin habían sellado un pacto secreto de no agresión, por el cual la Alemania nazi y la Unión Soviética se repartirían Europa del este.

Eso preparó el camino para la Segunda Guerra Mundial e inmediatamente decretó el fin de la libertad y la independencia en el Báltico.

Pero la arena central y potencialmente explosiva en 1989 era la llamada República Democrática Alemana (RDA), es decir, la Alemania del este comunista. Era esencialmente un Estado de guarnición, creado para la protección de cinco ejércitos soviéticos —que abarcaban 19 divisiones e incluían 500.000 soldados— que habían estado estacionados allí desde 1945. Si bien el Muro de Berlín se volvió un símbolo poderoso de la bifurcación de Europa después de agosto de 1961, vale la pena recordar por qué fue necesario en primer lugar: para impedir el colapso de la RDA y, por ende, del imperio exterior soviético en Europa.

Unos pocos días antes de que se formara la cadena humana en el Báltico, entre 600 y 700 ciudadanos alemanes del este habían realizado una manifestación pacífica durante la cual cruzaron el alambre de púas cerca de Sopron, una pequeña ciudad húngara en la frontera con Austria.

Lo que se conoció como el Picnic Paneuropeo fue la mayor fuga de detrás de la cortina de hierro desde la construcción del Muro de Berlín. Más concretamente, había sido planeada cuidadosamente para probar la reacción de las autoridades soviéticas.

En el Kremlin, el liderazgo soviético, o Gorbachov, por lo menos, seguía creyendo que el imperio estaba a salvo y que podía reformarse. La Cadena Báltica fue tolerada y simplemente se ignoró el Picnic Paneuropeo. Pero el potencial latente de estas manifestaciones pronto se volvió evidente.

La gente empezó a huir de la RDA. En poco tiempo, las autoridades húngaras no tuvieron otra alternativa que abrir la frontera. Hordas de alemanes del este entraron a Checoslovaquia en busca de una ruta hacia Occidente. El 9 de noviembre, los líderes de la RDA torpemente abrieron el propio Muro de Berlín.

El Estado alemán del este desaparecería en menos de un año. Luego de elecciones democráticas, en marzo de 1990, los alemanes del este decidieron fusionarse con la República Federal de Alemania. Una vez desaparecida la RDA, el colapso del imperio soviético estaba casi decretado.

Algunos piensan que el cambio trascendental que comenzó en 1989 era inevitable. Harían bien en recordar que, en junio de ese mismo año, los dirigentes ancianos de China habían desplegado tanques para aplastar literalmente el movimiento pacífico por la libertad en la plaza de Tiananmén. Y había muchos líderes comunistas que reclamaban una “solución china” para las manifestaciones de 1989.

En efecto, en el puesto de comando soviético, justo al sur de Berlín (que había servido como centro de comando para el Ejército alemán durante la Segunda Guerra Mundial, y se le había arrebatado a Hitler décadas antes), mariscales del Ejército Rojo esperaban órdenes para entrar y salvar el imperio por cualquier medio que fuera necesario.

Nadie puede saber qué habría sucedido si se hubieran impuesto fuerzas más conservadoras en el interior del Kremlin. Lo más probable es que hubiera habido un desorden y una violencia generalizados en gran parte de la región, lo que habría puesto a Occidente bajo una enorme presión para intervenir.

Una guerra abierta habría sido una posibilidad clara. Después de todo, los grandes imperios a lo largo de la historia generalmente se han ido con un estruendo. En todo caso, la experiencia soviética fue una excepción.

Afortunadamente, esa orden al Ejército Rojo nunca se emitió. Parte de la razón fue que los líderes soviéticos creían, erróneamente, que una represión era innecesaria y que el sistema sobreviviría. Pero también se debió a que fuerzas democráticas estaban empezando a afirmarse dentro de la propia Rusia.

El líder en ascenso en Moscú era Boris Yeltsin, que no sentía ningún apego por la nostalgia de un imperio sobreextendido e insostenible.

Hace treinta años, Europa experimentó unos pocos meses verdaderamente milagrosos. Hoy, deberíamos honrar no solo a quienes pelearon por el cambio, sino también a quienes se negaron a enviar los tanques. Podría haber vuelto a correr sangre por las calles de Europa, pero no sucedió.

Carl Bildt: fue primer ministro y ministro de Relaciones Exteriores de Suecia.

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