Víctor Mora Mesén. 21 octubre

¿Quién soy y quiénes somos? La pregunta va aparejada a esta otra: ¿Qué queremos? Y aun a otras: ¿Qué opciones tenemos para obtener lo que queremos? ¿Qué evitamos? Al mismo tiempo podríamos preguntarnos cómo logramos conciliar todas estas cosas.

Las respuestas no son simples en estos tiempos, porque tenemos miedo o no queremos que nuestros intereses salgan al descubierto. Pero responder estas preguntas es vital para determinar si somos libres o cedemos a la tentación de ser esclavos. Porque si lo importante es salvar nuestra vida al margen de las otras, la tentación más grande es ceder ante la prepotencia de quien quiere ostentar el poder, sea directo o indirecto; es decir, sea evidente u oculto. Ceder ante las pretensiones de dominio irresponsable significa ser insincero ante las preguntas antes expuestas, lo que significa caer en la hipocresía.

En griego la palabra hypokrités hace referencia a la interpretación de un papel teatral, la representación de un personaje que no se corresponde con lo que somos; por eso, se usaba una máscara. No hay duda de que las máscaras son útiles, porque nos hacen tener un rostro distinto al nuestro, ocultan nuestra persona y nos colocan en el lugar de la simple institucionalidad, sea ella legítima o ilegítima; pero también legal o ilegal.

Hacer el teatro, empero, conlleva consecuencias reales si este se hace con pretensiones políticas. No hablo aquí del teatro vero e proprio, que puede ser un instrumento de crítica política o humanística inigualable, sino del falso teatro, al que se recurre para construir un espectáculo social, político o religioso engañoso e irresponsable: aquel que oculta las verdaderas intenciones detrás de la máscara.

Factor determinante. Aquí se encuentra el punto crucial para nuestra vida como seres humanos: ¿Queremos usar máscaras para ocultar nuestros intereses o somos humanos para manifestar lo que somos como personas y como proponentes de ideas? Si la opción segunda es la acertada, eso quiere decir que no condenamos a nadie y nos abrimos al diálogo, con ideas claras y precisas para construir razones y estrategias. Pero si usamos las máscaras para ocultarnos, se establece un fallo en la comunicación porque la mentira y la falsedad no pueden dar cuenta de la verdad, se esconde en una máscara que responde a un guion preestablecido por la arrogancia de quien se deleita en la opresión del otro.

La ley es necesaria, pero lo es más aún el espíritu que la sustenta, sobre todo si se trata de una ley fundamental para un pueblo. En la tradición bíblica, la Torá —la ley de Dios— tiene características literarias insólitas. Primero, porque la mayoría de los textos son narraciones, experiencias de vida y vicisitudes humanas. En ellas hay de todo: heroísmo, miedo, manipulación, coraje, lucha, alegría, sufrimiento, pero, especialmente, fe y esperanza.

Segundo, porque todas estas cosas son esenciales para comprender la ley y las razones de su producción. No se legisla para imponer un principio, sino para defender la vida. Esto significa que primero hay que entender la vida para comprender una ley.

No es una cosa simple actuar de esta manera, porque entender la vida significa entender al otro en sus razones, miedos e incertidumbres, al mismo tiempo que yo entiendo lo que es ser razonable, miedoso e incierto. El diálogo entre muchas personas diversas, para encontrar una vía de encuentro y de acción común, se vuelve más difícil al entender a los otros, porque requiere de un ejercicio mental mucho más profundo y enriquecedor.

En efecto, nos es más proficuo entender al otro que imponer nuestras ideas, porque entenderlo significa vincularse con su realidad y ser consecuente con la intencionalidad del diálogo. Cuando se niega de plano que lo que el otro me dice es una manifestación de la realidad, comienza a entrarse en la intolerancia, que es una manifestación irracional. Se necesita una gran dosis de humildad para ser racional; el pensamiento asertivo no se logra con la arrogancia, sino con la simplicidad de una lógica que no mantiene como principio absoluto que nuestras prerrogativas son axiomas incuestionables.

Discernimiento. Lo que hay que evitar siempre es la condena ad hoc, hay que entender las circunstancias y las reacciones del otro en un contexto determinado. Todo esto se mantiene sin tener que dejar de ser críticos respecto al actuar o el pensar ajeno. Hay que tener en cuenta que la experiencia humana es portadora de significados: lo que para unos es obvio, para otros es simplemente cuestión de supervivencia. Lo que para unos es insignificante, para otros es lo único que cuenta.

Al mismo tiempo, lo que para unos es derecho, para otros es abuso. Lo que para unos es oportunidad, para otros es usurpación. Lo que para algunos es irracional, para otros es la única solución lógica.

Hemos llegado al quid del problema, para que este diálogo multisectorial funcione es necesario partir de una premisa: mi posición es relativa y no necesariamente la mejor. La regla de oro griega decía “no hagas a otros lo que no quieres que te hagan a ti”. Jesús nos dio otra versión: “Haz a los otros lo que quieres que te hagan a ti”. No son dos sutilezas léxicas; el sentido cambia totalmente.

La primera regla coloca todo en negativo, porque lo importante es protegerse del otro. Mientras que la regla propuesta por Jesús utiliza solo un lenguaje positivo: buscar el bien del otro. En estos tiempos no es lógico protegerse, sino proteger a quien está a mi lado. Encontrar los caminos para hacerlo es la tarea que tenemos delante. Cabe preguntar: ¿Protegerlo de qué?

En primer lugar, de la violencia, que no conduce a nada, sino al dolor y a la destrucción del prójimo. En segundo lugar, de la miseria, porque destruye la dignidad. En tercer lugar, de la corrupción, que nos sume en el mar de la inseguridad y nos incita a la mentira y al oportunismo. En cuarto lugar, del delinquir en múltiples modos: narcotráfico, facilismo, corrupción, utilización del Estado para garantizar los propios intereses. En quinto lugar, de la manipulación ideológica y religiosa, que nos conduce al infantilismo y no deja pensar con objetividad y coherencia. En sexto lugar, de las ideologías que se presentan como absolutas negando a todos la libertad de conciencia y la oportunidad de discernir con total independencia.

Repeler la obnubilación. Por todo lo anterior, tenemos que evitar que siga ganando terreno un mundo monocromático, que, si bien se presenta con los hermosos colores de la publicidad comercial, obnubilan nuestro cerebro con respuestas fáciles y consumistas a nuestros más grandes anhelos. Hay que renunciar a ser el centro del universo para ser más solidarios los unos con los otros. Hay que combatir las fuerzas del odio, del mal y del aprovechamiento del más débil para promocionar la educación, el desarrollo integral de la persona y la consciencia de la hipoteca social que todos cargamos.

¿Qué necesitamos para lograrlo? Menos odio y resentimiento, más razón y corazón; menos partidismos y más cooperación; más lógica y menos irracionalidad; menos ideología y más realismo; más prodigalidad y menos egoísmo; más capacidad de discusión y menos menosprecio de la opinión del otro; más reconocimiento del trabajo de los otros y menos prepotencia para juzgarlo.

Estoy seguro de que hablo de valores, menos de soluciones técnicas. Pero ¿qué solución técnica no se funda en valores? Estamos en tiempo difíciles y los valores tienen que ser nuestro norte, porque la vida de todos está en juego. Las manifestaciones de estos días en Costa Rica nos tienen que alertar, no porque uno u otro tenga razón, sino porque el mundo está enloqueciendo. No tenemos que dejar que la locura de la violencia empañe nuestra capacidad de ser humanos. Cuando dejamos que la violencia anide en nuestro interior, es que nuestro corazón perdió el norte de la compasión y la libertad. La violencia nunca es sinónimo de libertad; es siempre una manifestación del ansia de poder.

No hablamos solo de la violencia física, sino también aquella del discurso. Las palabras pueden ser terribles bombas que terminan por destruir a tantos inocentes. El respeto, las buenas maneras, el hablar pausado, pero apasionado, las razones bien digeridas y la bondad de nuestras intenciones son las únicas cosas que nos podrán salvar de la barbarie.

El autor es franciscano conventual

Crédito: Lorena Barrantes
Crédito: Lorena Barrantes