Jacques Sagot. 28 agosto

Fue un error. ¿Cuán grande? Del tamaño del Chirripó. El tipo de error que desnuda la naturaleza íntima de quien lo comete, y genera hacia él un desencanto irreversible. Sí, un error monumental. Lo que en ajedrez los angloparlantes designan como un blunder: entregar la dama en una jugada descuidada. Me refiero a la idílica excursión del presidente a La isla de la fantasía. ¿Lo habrán recibido, con toda pompa y circunstancia, Ricardo Montalbán y Tattoo?

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El gozo de la palabra

Para mí su principal gazapo fue la falta de solidaridad, el descriterio, lo inoportuno de su acción, el daño reputacional a su imagen. Un error de índole moral, psicológica y emotiva. ¿Con qué nos irá a salir para las Navidades? ¿Un viaje a Disneylandia mientras el país se desangra literal y económicamente? ¿Ir a pedir autógrafos a Mickey Mouse en tanto Costa Rica se debate en la más grave crisis sanitaria de su historia?

Es evidente que a Alvarado le hace falta cultura literaria. Voy a contar una historia. La creó el gran poeta de las tinieblas, el espeleólogo de las grutas inexploradas de la psique humana: Edgar Allan Poe. Uno de sus mejores relatos lleva por título “La máscara de la Muerte Roja”. En él, una peste apocalíptica (quizás la bubónica de 1434, que pasó la guadaña sobre un tercio de la población europea, asiática y africana) está devastando el reino a ritmo vertiginoso. Después de la manifestación de los primeros síntomas de la enfermedad, la víctima perece en no más de media hora. Nadie tiene la cura para el atroz flagelo. Los cadáveres tapizan las calles, aceras y sembradíos del reino. Es el fin del mundo. El terror y la impotencia estrangulan a la población.

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El duelo infinito

Es entonces cuando el príncipe Próspero —monarca de la innominada región— decide parapetarse en su palacio (“abadía fortificada”, lo llama Poe) con un puñado de cortesanos selectos, músicos, juglares, trovadores, bufones y cocineros, y celebrar un fantástico, extravagante baile de máscaras. Desayunan, almuerzan y cenan ambrosía, el vino pertenece a los mejores viñedos del reino, los cortesanos son un surtidor de risa, vitalidad, deseo de embriaguez, voluntad de escapismo. Bailarines enloquecidos que jamás se cansan y que erran por los corredores del palacio iluminados por trípodes cuyo fuego enciende los vitrales de diferentes salas, confiriendo a cada una de ellas una atmósfera diferente.

Como diría Baudelaire, “todo era orden y belleza, calma, lujo y voluptuosidad”. Un verdadero delirio, la más caleidoscópica marejada de máscaras insólitas, bailando al son de músicos excelsos, escogidos especialmente para la ocasión. Intramuros era la seguridad, la tibieza, el fasto, la pompa, la abundancia, el exotismo, la hermosura. Una cornucopia de fragancias, sabores, colores y formas en constante movimiento. Pero fuera de la puerta, el pueblo moría miserablemente. Ahí, el verdadero soberano era la Muerte Roja. Los ciudadanos perecían en la indefensión, el frío, el desamparo y ante la perfecta indiferencia de su soberano.

Fin de la fiesta. Para no aburrirlos con el cuento, la Muerte Roja consigue infiltrarse ladinamente en el palacio usando un disfraz como todos los convidados, y aniquila a aquella eufórica turbamulta. Quedan rígidos en la posición en que los sorprendió la muerte, como los cuerpos calcinados de Pompeya y Herculano después de la erupción del Vesubio en el año 79 de nuestra era. Los trípodes se apagan para siempre, el enorme reloj de ébano que daba la hora con sus inquietantes campanas broncíneas muere también. “Y la Muerte Roja, y las tinieblas, y la podredumbre tuvieron sobre todo ilimitada, absoluta potestad”, concluye, sinfónicamente, el relato de Poe.

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Aún tenemos la vida

Pues resulta que nuestro presidente salió con veleidades de príncipe Próspero. En el momento más crítico de nuestra crisis, se monta en un helicóptero, se salta todas las restricciones de tránsito y, cual Ícaro, desciende majestuoso en La isla de la fantasía. Y los costarricenses, sumidos en la angustia, asfixiados por la incertidumbre, debemos presenciar este obsceno despliegue de farandulerismo, riqueza, ostentación, fanfarronada y frivolidad.

El presidente se apresuró a puntualizar que desde que asumió su mandato estas eran las primeras vacaciones que se permitía a sí mismo. ¿Es esto cierto? No importa. No esperará Alvarado que corramos a felicitarlo por el mero hecho de cumplir con su deber. ¿Qué espera de nosotros? ¿Que le concedamos la medalla Albert Schweitzer a la filantropía y el humanitarismo?

El pueblo no perdona este tipo de errores. El error es infinitamente más grande, más grosero, más aparatoso. Toca lo moral, la psique colectiva, el sentimiento de orfandad política que se apoderó del país en la más amarga de sus noches. Le perdimos la confianza, y me temo que sea para siempre.

Evoco dos paradigmas de la solidaridad en su forma más auténtica. Primero, la novela La caída, de Camus. Un hombre es confinado al calabozo. La celda es tan estrecha que no le permite estar de pie ni extenderse sin imponer a su cuerpo las más dolorosas contorsiones. Su amigo, que nada puede hacer por rescatarlo, se dice a sí mismo: “¿Cómo puedo yo reposar todas las noches en una cama blanda y tibia, mientras mi compañero es objeto de tan atroz suplicio?”. Entonces, opta por dormir en el suelo, forzando su cuerpo a una tortura que en alguna medida lo aproxime espiritualmente a su amigo. Esta historia es verídica: Camus la reproduce tal cual la presenció.

Segundo, la inmensa filósofa francesa Simone Weil, al enterarse de que sus compatriotas, luchando contra el avance de las tropas nazis, comen apenas una ración diaria, se condena a sí misma a idéntico suplicio, pues siente, en lo más hondo de su corazón, que es inmoral, antiético, obsceno, incalificable, hartarse de viandas en los mejores restaurantes de París mientras miles de hombres mueren de hambre en el campo de batalla. Weil llevó su autotormento a un punto tal que contrajo tuberculosis y murió en 1943, a los 34 años. Una pensadora egregia, un monumento viviente a la solidaridad, un faro ético y moral. Les recomiendo su lectura, es el único filósofo que le ha dado una explicación satisfactoria a esa pregunta que se abre una y otra vez sobre la piel de nuestra alma, como una úlcera supurante que se negara a sanar: si Dios existe, ¿por qué tanto mal en el mundo?

Bueno, resulta claro que Alvarado no ha leído ni a Poe ni a Camus ni a Simone Weil. Todo lo que nos ha revelado, orondo y sonriente, es que le gustan las latas, porrazos y alaridos de Pink Floyd. Nadie ha entrevisto su rubicunda silueta en el “palco fantasma” (el palco presidencial) del Teatro Nacional, durante los conciertos de la Orquesta Sinfónica Nacional. Hubo una época en que nuestros mandatarios eran cultos. Sí, lo crean o no, la hubo. Eran próceres de la patria, hombres de letras, periodistas distinguidos, escritores de prosa bruñida y hermosamente burilada. Pero eso pertenece ya a “los siete mil años del ayer” (Yibrán Jalil Yibrán).

Ahora lo que tenemos es… pues a gente como Alvarado y los modernos cortesanos de su gabinete, fracción parlamentaria y burócratas diversos. ¿Vivirán también en una “abadía fortificada” y celebrarán abigarrados aquelarres góticos como los que imaginara Poe? Todo puede ser. Ya a mí nada me sorprende. He vivido lo suficiente como para asistir, impotente, a la degradación progresiva, inexorable, de nuestros hombres y mujeres políticos. La he sentido, olido, percibido en mil rasgos inequívocos. La canalla se ha encaramado en el poder. Ilustran el dictum de Ortega y Gasset: “Una de las peores aberraciones de la democracia consiste en haber generado ese tipo de gente que proclama, orgullosa: ‘Mi ignorancia vale más que toda tu cultura’”. ¡Bien rugido, león!

El autor es pianista y escritor.