Jacques Sagot. 28 mayo

No es ya la esperanza, que por principio es un sentimiento bello y presupone una actitud activa de parte de quien lo experimenta (la esperanza es siempre creativa).

Es más bien simple espera. Menos que eso: lo que Unamuno llamaba el mero “aguarde”. Sentarse ociosamente a hacer girar los pulgares, viendo el mundo sin ver, la mirada vacía, la conciencia huera, las ideas en fuga, el intelecto cloroformizado. Aguardar, sí. ¿A quién? Pues posiblemente a aquella que, al decir de Machado, “no habrá de faltar a la cita”.

Urge que el hombre recupere el gozo del ser. No del poseer, sino del ser. Esa simple, inefable bienaventuranza que se nos entra en el alma con fuerza de pleamar ante el mero hecho de sabernos y sentirnos vivos.

El siglo XX está lleno de novelas, cuentos, poemas y dramas que yo llamaría “literatura del aguarde”. Esperando a Godot, de Beckett, es la primera que se nos viene a la mente. Pero, también, Final de partida, del mismo autor, es una pieza “del aguarde”. Hamm, el personaje ciego, le dice regularmente a Clov, su sirviente: “Escucha, escucha… ¿los sientes pasar?”. Se refiere a la vida y al tiempo, que se tornan sensibles desde la absoluta, silente y absurda inactividad de ambos protagonistas.

Y, por supuesto, ello nos lleva a Kafka, el escritor que mejor retrató al ser humano del siglo XX: paranoide, perseguido, huidizo, desconcertado, aterrorizado, ultrajado, acorralado y aguardando eternamente.

¿Qué? La razón por la cual le entablan una querella judicial en El proceso, la oportunidad de que le autoricen la entrada en El castillo, una ocasión siquiera —y en ello invierte el personaje la totalidad de su vida— de que lo dejen entrar por la puerta de la ley, que custodia un guarda inescrutable e imponente como una esfinge, en el cuentecito Ante la ley.

Hasta el pobre coronel que no tiene quien le escriba, de García Márquez, se pasa la vida en estado de aguarde. Igual lo hace el infortunado oficial Giovanni Drogo, protagonista de El desierto de los tártaros, de Dino Buzzati, que pasa la totalidad de su vida atrincherado en un cuartel en mitad del desierto, esperando, vigilando, oteando en lontananza una supuesta invasión tártara que le han anunciado, pero que nunca llega.

Entretanto, el miserable invierte la totalidad de su existencia tomando providencias, precauciones y alertando a los guardas sobre el apocalíptico galope que nunca se insinúa en el horizonte.

Sus compañeros de milicia regresan a sus hogares y siguen felices sus vidas al lado de sus esposas e hijos, mientras él sigue solo, al pie del cañón, porque en el fondo no sabe hacer otra cosa que aguardar.

Erosión humana. El “aguarde” esteriliza el espíritu, drena las energías morales, carece de objeto referencial, sume a quien lo cultiva en la progresiva imbecilidad, pueriliza, agosta el espíritu crítico, erosiona al hombre, como una roca calcárea bajo el insidioso cincel del viento y el agua.

Por alguna razón, el siglo XX concibió al ser humano, primariamente, como un animal que aguarda. ¿Qué, a quién? De nuevo, no lo sabemos.

El propio Sísifo, de Camus, repite su ritual escalada de la colina, empujando una y mil veces su piedra sempiterna, sin preguntarse por qué lo hace, y aguardando que tal gesto tenga algún sentido, algún propósito vital… aunque Camus nos invita a imaginarlo feliz, en la maquinal repetición de su suplicio, perfectamente asumida su condición de héroe del absurdo.

Una noche de estas vi a un miserable abejoncillo de mayo extenuándose por subir una grada. Sus patitas arrastraban toda la inmundicia del suelo, como las cadenas o grilletes de un prisionero. Ya nunca más podría volar. Un año esperando salir a la vida… para sucumbir de tan cruel manera después de, a lo sumo, un par de días de luz.

Si fuese menos obcecado, advertiría que con solo modificar su dirección y dejar de estrellarse con aquella muralla infranqueable podría desembocar en el jardín, y siquiera morir entre la hierba, las flores y el viento fresco de la noche.

Lo socorrí, limpié sus patitas y lo puse en mitad del zacate. Que no muriese forcejeando contra el absurdo, que tuviese un final menos atroz que los protagonistas —"agonistas", los llamaría Unamuno— de Kafka, Buzzati, Camus, Márquez y Beckett.

Cuando por primera vez lo vi, me dije a mí mismo: “¡He aquí una alegoría perfecta de la condición humana!”. El toro que persiste en embestir el mismo paredón de granito hasta que caen destrozados sus cuernos y su cuerpo se fractura en la extenuación y la definitiva derrota.

Caridad-amor. No aguardamos a Dios, porque a Dios se le espera, no se le aguarda. De las tres virtudes teologales (la fe, la esperanza y la caritas —el amor—) la tercera es por mucho la más importante.

Una vez que la esperanza y la fe nos depositen ante el Creador, ambas dejarán de ser necesarias: Dios se habrá transformado en una evidencia.

Creeré en él con la misma certeza con que creo en la afirmación “el triángulo tiene tres ángulos”: nadie necesita fe o esperanza para creer en tal axioma.

En cambio, la caritas, el amor, seguirá siendo necesario hasta el fin de los días. Pero los héroes literarios del siglo XX no tienen ni amor ni fe ni esperanza: de nuevo, se limitan a aguardar.

El “aguarde” es pasivo, somnoliento, absurdo, inerte, letárgico: el reino de la antipoesía, de la desilusión, del spleen baudelairiano, del taedium vitae, el Entzauberung der Welt (el desencantamiento del mundo) de que hablaba Max Weber.

Aun la esperanza de la muerte debería estar llena de significado vital: terror para muchos; serenidad, resignación para otros; liberación y extática alegría para unos pocos bienaventurados. Pero el ser humano ha perdido la esperanza.

El fin de la espera. Después de todo, la vida es un plazo, y lo propio de todo plazo es expirar. Así que nos limitamos a aguardar a la señora de la guadaña como quien aguarda un trámite burocrático engorroso con el que hay que cumplir sí o sí. Hasta la muerte ha perdido su magia, su encanto, su inherente poesía. Ni siquiera nos suscita curiosidad.

Ya no existe el homme révolté de Camus. Para hacer una revolución es preciso el entusiasmo y la alegría. Nos hemos instalado en nuestra condición absurda como una morsa que se explaya, inerte y amorfa, en su peñón, aplastando con su monstruoso volumen a no pocas focas y cangrejos. Y ahí, despatarrada y exangüe, espera a que la muerte la haga comparecer a la convocatoria que nadie podrá esquivar.

Urge que el hombre recupere el gozo del ser. No del poseer, sino del ser. Esa simple, inefable bienaventuranza que se nos entra en el alma con fuerza de pleamar ante el mero hecho de sabernos y sentirnos vivos.

El gozo del ser, sí. Lo hemos perdido. Los paraísos farmacológicos, los paraísos del vicio, los paraísos sexuales, los paraísos adquisitivos, los paraísos del permanente desplazamiento a través del mundo (no por cambiar uno de castillo va a cambiar de fantasmas), los paraísos políticos, los paraísos guerreros, los paraísos que nos prometía la voluntad de poder nietzscheana, los voluptuosos paraísos que nos muestra la película La gran comilona (Marco Ferreti, 1973), los paraísos del poder, los paraísos que nos venden algunos mercaderes de edenes y nirvanas… todos esos nos fallaron. Resultaron falsos, inhabitables, gratos por no más que algunos días. Necesitamos paraísos más sólidos y duraderos.

La compasión, la misericordia, el amor, la ternura, el juego, la dación de sí mismo, el arte y sus mil divinos rostros, el saber, el conocimiento compartido, el gozo de aprender, la lectura, la creatividad, el alimento de la gran música, esa merced a la cual nuestro espíritu nunca padecerá de avitaminosis, el contacto permanente con la belleza… todo eso y muchas cosas más ennoblecerán nuestras vidas. Tenemos opciones, tenemos vida, tenemos conciencia: debemos honrarlos.

El autor es pianista y escritor.