Carlos Arguedas R.. 17 julio

En tiempos singulares y penosos, tiempos de estupor, hay temas que bajo otras circunstancias pasarían por significativos e importantes, y ahora parecen inútiles o frívolos.

Entonces, es preferible superar nuestras reservas, y, parafraseando a Montaigne, pensar que no hay asunto tan vano que no merezca un sitio en esta historia.

Mark Strand, escritor de cuna canadiense fallecido hace cosa de un lustro, en una poesía suya, dice a su compañera que escogió salir esa noche para celebrar cuán buena había sido la vida y cómo culminó en ese instante.

No obstante su regocijo, le pide que recite “todo lo que ha sido apartado” de su felicidad, y termina: “Dime que no he vivido en vano, que las estrellas / no morirán, que las cosas permanecerán como son, / que durará lo que he visto, que no nací en pleno / cambio, que lo que he dicho no ha sido dicho para mí”.

La lectura constante de esta hermosa poesía confunde al aficionado que soy. ¿A quién se dirige el poeta en el curso de ella? ¿Abandona el monólogo con su compañera, cambia el destinatario de su discurso y lo transforma en un ruego, en una oración?

De un estado exultante, ¿lo sustrae de improviso la nostalgia, no del pasado, sino de los dones del mundo que son mudo testimonio de su efímera vida y que quizá le sobrevivirán? ¿Qué indescifrable enigma es no haber vivido en vano?

La poesía, he oído decir, potencia la interpretación. Es lo que tiene de ilimitado y fascinante. Al contrario, el oficio que practico, el derecho, sigue un camino opuesto, trata de fijar el sentido y, en esta ruta, limita la imaginación.

El autor es exmagistrado.