Raghuram G. Rajan. 27 enero

CHICAGO– Hacia finales de la década pasada, la globalización —la reducción de las barreras para los flujos transfronterizos de bienes, servicios, inversión e información— estuvo bajo una fuerte presión. Los políticos populistas en muchos países acusaban a otros de diversas injusticias económicas y presionaban para reescribir los acuerdos comerciales. Los países en desarrollo han dicho durante décadas que las reglas que gobiernan el comercio internacional son profundamente injustas. Pero ¿por qué surgen hoy quejas similares de los países desarrollados que formularon la mayoría de esas reglas?

Una explicación simple, pero inadecuada, es la “competencia”. En los años sesenta y setenta, los países industrializados se concentraban en abrir los mercados externos para sus productos y fijar las reglas en consecuencia. Desde entonces, las cosas han cambiado. Las economías emergentes, especialmente China, se volvieron mucho mejores a la hora de producir bienes, y las viejas reglas dictan que los países desarrollados deben mantener sus mercados abiertos a los productores de otras partes que son hoy más productivos.

Para un observador cínico, los esfuerzos actuales de los países desarrollados por reformular las reglas parecen un intento, ya no para nivelar el campo de juego, sino para impedir la competencia. Una razón por la que los productores de los mercados emergentes son competitivos es porque les pagan menos a los trabajadores (por lo general, porque esos trabajadores son menos productivos). Por lo tanto, el Acuerdo de Estados Unidos, México y Canadá (T-MEC, el TLCAN renegociado) limitaría la ventaja de México al exigir que entre el 40 % y el 45% de los componentes automotores sean fabricados por trabajadores que ganen, por lo menos, $16 por hora (en el 2023). También exige una variedad de protecciones laborales, que incluyen una mayor representación sindical para los trabajadores mexicanos, que serán monitoreados por inspectores norteamericanos. Lo que parece un buen acuerdo para los trabajadores mexicanos impuesto por negociadores norteamericanos comprensivos también podría ser considerado un esfuerzo por parte de Estados Unidos por limitar la cantidad de empleos industriales en México.

Pero los empleos industriales vienen trasladándose a los mercados emergentes desde hace décadas. ¿Por qué, entonces, la mayor preocupación actual? Para reemplazar los empleos industriales perdidos, las economías desarrolladas han creado empleos en el sector de los servicios, que van desde el reparto de baja tecnología hasta la investigación y desarrollo de alta tecnología. El trato implícito que había gobernado el comercio era que los países desarrollados mantendrían sus mercados abiertos a las exportaciones industriales de los países en desarrollo, que a su vez estarían abiertos a las exportaciones de servicios de los países industrializados.

Desafortunadamente, no todos en los países desarrollados han podido pasar a buenos empleos en el sector de los servicios. Los mejores están principalmente en las grandes ciudades, donde profesionales bien calificados han podido prestar servicio en mercados globales mientras que las ciudades pequeñas, por ejemplo, en el medio oeste de Estados Unidos y en el norte de Inglaterra, no se han recuperado económicamente de la partida de los grandes empleadores industriales. En definitiva, la devastación de estos lugares, y la frustración de quienes viven en ellos, alimentó los movimientos políticos que colocaron al presidente estadounidense, Donald Trump, en su cargo y los que sacarán al Reino Unido de la Unión Europea. Las ex comunidades industriales que quedaron atrás tienen hoy voz en la ciudad capital y la intención es que regrese la industria.

Sin embargo, esta explicación también es incompleta. Gran parte de la disputa de Estados Unidos con China, por ejemplo, no tiene que ver con la industria (la propia China está perdiendo empleos industriales a manos de países como Vietnam). Tiene que ver con los servicios. Si bien ocho de los diez principales exportadores de servicios son países desarrollados, la competencia de los mercados emergentes está en aumento —e impulsa una gran presión de las empresas en economías avanzadas para poner en práctica nuevas reglas comerciales vinculadas a los servicios—. Ostensiblemente, esto garantizará fronteras siempre abiertas para los servicios. Pero también será una oportunidad para proteger las ventajas de los productores de los países desarrollados dominantes. Por ejemplo, el T-MEC no exige ningún arancel sobre productos comprados electrónicamente, como la música o los libros, y garantiza que las empresas de Internet no sean responsables del contenido que producen sus usuarios. También intentó prorrogar la protección de patentes para algunos medicamentos, una cláusula que fue eliminada cuando la objetaron los demócratas en el Congreso.

Las elites en los mercados emergentes están respondiendo a su manera. La India introdujo nuevas reglas para limitar lo que plataformas extranjeras como Amazon y Walmart pueden vender online allí, justo antes de que Reliance, un gigantesco conglomerado indio, lanzó su propia plataforma de comercio electrónico.

En resumen, dos factores han incrementado el malestar por el comercio internacional y los acuerdos de inversión. La gente común en las comunidades rezagadas en los países desarrollados ya no quiere aceptar los acuerdos existentes. Quieren que los escuchen y que se protejan sus intereses. El viejo statu quo —las élites de los países desarrollados hacían la vista gorda ante la erradicación de la industria siempre que se expandieran los mercados para sus servicios— se ha vuelto insostenible. Al mismo tiempo, las élites de las economías emergentes quieren una porción del mercado global de servicios, y ya no están dispuestas a ceder terreno allí.

Como resultado de ello, ya no existen acuerdos comerciales fáciles. Las negociaciones comerciales se han vuelto ejercicios de política de poder, no de persuasión: amenazas de aranceles siderales para cerrar mercados, por ejemplo, y tácticas de ariete para imponerle reglas “más justas” a la parte más débil. Los veteranos de las negociaciones comerciales pueden decir que siempre ha sido así. Una diferencia es que la gente en los mercados emergentes ejerce un mayor compromiso democrático que en el pasado. Cuando el director de la cámara de empresarios mexicana compara las cláusulas laborales y de monitoreo del T-MEC con la guerra entre México y Estados Unidos (cuando México perdió California), los votantes mexicanos escuchan.

Por tanto, todo éxito que tengan los países ricos a la hora de establecer reglas onerosas para otros podría resultar pírrico. Por un lado, no resulta claro que haya un consenso sobre esas reglas, incluso dentro de los países desarrollados. Para ilustrar, existe presión en Estados Unidos para hacer que las plataformas online se hagan responsables del contenido. Consagrar esas reglas controversiales en acuerdos comerciales no hará más que lograr que esos acuerdos sean más frágiles. Es más, esos pactos sentaron un mal precedente. En el futuro, los consumidores dominantes del mundo serán los ciudadanos más ricos, más jóvenes y más numerosos de las economías emergentes. Quienes les están endilgando hoy a los países más débiles acuerdos desventajosos no deberían sorprenderse cuando algún día les devuelvan el favor.

¿Cómo deberían responder, entonces, los países desarrollados a las presiones internas para hacer que el comercio sea más justo? Para empezar, es razonable exigir que los países en desarrollo reduzcan marcadamente los aranceles, a una norma aceptable internacionalmente. Y las barreras no arancelarias o subsidios discriminatorios que favorecen excesivamente a sus productores deberían cuestionarse en la Organización Mundial del Comercio. Pero ir mucho más allá de estas medidas —para intentar imponer preferencias propias a los sindicatos, regulación de las plataformas online y duración de patentes en otros países— no hará más que minar el consenso para el comercio. Los acuerdos comerciales menos intrusivos de hoy pueden ser más beneficiosos para el comercio mañana.

Raghuram G. Rajan: exdirector del Banco de la Reserva de la India, es profesor de Finanzas en la Escuela de Negocios Booth de la Universidad de Chicago y autor, más recientemente, de “The Third Pillar: How Markets and the State Leave the Community Behind”.

© Project Syndicate 1995–2020