Yanis Varoufakis. 20 abril

ATENAS– Mis reuniones con el fundador de WikiLeaks, Julian Assange, siempre tuvieron lugar en la misma habitación pequeña. Como saben los servicios de inteligencia de varios países, visité a Assange en la Embajada de Ecuador en Londres muchas veces, entre el otoño del 2015 y diciembre del 2018. Lo que esos fisgones no saben es el alivio que sentía cada vez que me iba de allí.

Quería reunirme con Assange por el profundo aprecio que siento por el concepto original de WikiLeaks. Cuando de adolescente leí 1984, de George Orwell, a mí también me inquietaba la perspectiva de un Estado vigilante de alta tecnología y su potencial efecto en las relaciones humanas. Los primeros escritos de Assange —particularmente, su idea de utilizar la propia tecnología de los Estados para crear un inmenso espejo digital que pudiera mostrar a todos lo que estaban haciendo— me colmaron de esperanza de que, en conjunto, podríamos derrotar a Gran Hermano.

Cuando conocí a Assange, esa primera esperanza ya se había desvanecido. Rodeados por bibliotecas abarrotadas de literatura ecuatoriana y publicaciones del gobierno de Ecuador, nos sentábamos y conversábamos hasta bien entrada la noche. Un dispositivo sobre un estante de la biblioteca emitía un ruido blanco agobiante para contrarrestar los aparatos de escucha. A medida que iba pasando el tiempo, la sala claustrofóbica, la cámara muy mal escondida que me apuntaba desde el cielorraso, el ruido blanco y el aire rancio solo me producían ganas de salir corriendo a la calle.

Los detractores de Assange han estado diciendo durante años que su confinamiento era autoinfligido: se escondía en la Embajada de Ecuador porque huyó tras el pago de una fianza en el Reino Unido para evitar responder por acusaciones de ataque sexual en Suecia. Como hombre, siento que no tengo ningún derecho a expresar una opinión respecto de esas acusaciones. Las mujeres deben ser escuchadas cuando denuncian un ataque. Solo la violencia que los hombres han infligido a las mujeres durante milenios es más vil que la falta de respeto y la humillación a la que son sometidas las mujeres cuando hablan.

Recuerdo decirle a Julian que, de haber estado en su lugar, habría querido enfrentar a mis acusadoras, y escucharlas cuidadosa y respetuosamente, sin importar si se presentaron cargos oficiales o no. Me respondió que él también quería eso. “Pero, Yanis”, dijo, “si yo fuera a Estocolmo, me dejarían incomunicado y, antes de que tuviera la posibilidad de responder a toda acusación, me habrían despachado en un avión rumbo a una cárcel de máxima seguridad en Estados Unidos”. Para dejar sentada la idea, me mostró el ofrecimiento de sus abogados a las autoridades suecas de ir a Estocolmo si le garantizaban que no sería extraditado a Estados Unidos bajo cargos de espionaje. Suecia nunca tuvo en cuenta la propuesta.

Durante los años que pasó Assange en la Embajada de Ecuador, en circunstancias que las Naciones Unidas consideraron una “detención arbitraria”, muchos amigos y colegas se burlaban de su miedo, y me fustigaban por creer en él. En setiembre pasado, la historiadora e intelectual feminista Germaine Greer resumió esa idea en una radio pública australiana: “No será extraditado a Estados Unidos”, dijo burlonamente, culpando a los abogados de Julian de engañarlo haciéndole sentir miedo a una extradición mientras cobraban las regalías de su libro.

Ahora Julian está languideciendo en Belmarsh, una célebre cárcel de alta seguridad inglesa, en una celda sin ventanas en el sótano, con menos aire fresco y menos luz que antes. Sin posibilidad de recibir visitas, espera la extradición a Estados Unidos. “Déjenlo que se pudra en el infierno”, es una respuesta frecuente de gente buena en todo el mundo que se enfureció ante la difusión por parte de WikiLeaks de correos electrónicos de Hillary Clinton antes de la elección presidencial de Estados Unidos en el 2016, que insufló aire fresco a las velas de Donald Trump. ¿Por qué, preguntan, Assange no ha difundido nada fulminante sobre Trump o el presidente ruso, Vladimir Putin?

Antes de que explique por qué sus detractores deberían reconsiderar su postura, permítanme dejar sentada mi frustración personal por su apoyo al brexit, sus ataques imprudentes a sus críticas feministas, su editorialización a favor de Trump y, más importante, sus comunicaciones con la gente de Trump. Yo le manifesté esta frustración en la cara varias veces.

Pero castigar a WikiLeaks por no publicar filtraciones que dañen a todos los bandos por igual es no entender la situación. WikiLeaks se creó como un buzón digital donde todo denunciante podía depositar información que fuera verdadera y cuya revelación resultara de interés público. Esa es la única obligación de WikiLeaks. Por naturaleza, no puede controlar quién filtra qué; su tecnología impide, a Assange inclusive, conocer la identidad de un denunciante. Si esto significa que la mayoría de las filtraciones incomodarán a las potencias occidentales, ese es el gran servicio, aunque imperfecto, que nos brinda WikiLeaks, un servicio que, para mi frustración, se vio disminuido por la editorialización de Julian.

Los acontecimientos recientes demuestran que su situación actual no tiene nada que ver con las acusaciones suecas o con su papel al ayudar a Trump contra Clinton. Ahora que Chelsea Manning está nuevamente en prisión por negarse a confesar que Assange la incitó, o la ayudó, a filtrar pruebas de las atrocidades de Estados Unidos en Irak y Afganistán, la mejor explicación de lo que está sucediendo surge de boca de Mike Pompeo, el primer director de la CIA de Trump y hoy secretario de Estado estadounidense.

Pompeo describió a WikiLeaks como “un servicio de inteligencia hostil no estatal”. Tiene toda la razón. Pero es una descripción igualmente precisa de lo que todo medio periodístico que se precie de tal debería ser. Como han advertido Daniel Ellsberg y Noam Chomsky, los periodistas que no se oponen a la extradición de Assange a Estados Unidos podrían ser los próximos en la lista negra de un presidente que los considera el “enemigo del pueblo”. Celebrar su arresto y hacer la vista gorda al continuo sufrimiento de Manning es un regalo para los mayores enemigos del liberalismo.

Además del liberalismo, la persecución de Assange por el complejo industrial y de seguridad de Estados Unidos tiene otra víctima: las mujeres. Ninguna mujer, en Suecia o en cualquier parte, recibirá justicia si ahora lo encierran en una prisión de máxima seguridad por revelar crímenes contra la humanidad perpetrados por hombres desagradables con uniforme o sin él. El continuo sufrimiento de Manning no le sirve a ningún objetivo feminista.

De manera que esta es la idea: juntemos fuerzas para impedir la extradición de Assange de cualquier país europeo a Estados Unidos para que pueda viajar a Estocolmo y darles a sus acusadoras la posibilidad de ser oídas. Trabajemos juntos para empoderar a las mujeres, protegiendo a la vez a los denunciantes que revelen un comportamiento infame que gobiernos, ejércitos y corporaciones preferirían esconder.

Yanis Varoufakis: exministro de Finanzas de Grecia, es profesor de Economía en la Universidad de Atenas.

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