Jacques Sagot. 16 julio, 2020

Parece mentira, pero el principal problema que Donald Trump acarreó sobre la humanidad no es de orden social, político o económico. Es lingüístico.

Demuestra la lamentable insuficiencia de nuestro lenguaje, en particular de su arsenal de adjetivos. Usamos “idiota”, “estúpido”, “incompetente”, “arrogante”, y siempre nos quedamos con la sensación de no haber expresado cabalmente el sentimiento que este pobre diablo nos inspira. Trump ha puesto en evidencia las limitaciones semánticas del español, acaso de todas las lenguas de raíz indoeuropea.

Pero él no es el único incalificable, en la actual pasarela de mandatarios mundiales. Ahí están Daniel Ortega, Nicolás Maduro y Jair Bolsonaro (para mencionar únicamente a los más cercanos a nuestra latitud). ¡Cielo santo, qué galería de lujo, qué colección de übermenschen, qué pinacoteca de la estulticia, la petulancia y el descriterio!

La palabra que sobre todos ellos se erige es, me temo, ignorancia. Un militarote adiestrado en matar gente, un trailero que no sabe hablar en inglés y a duras penas consigue expresarse en español, un sátrapa y terrorista anacrónico carente de todo atestado académico y un donjuán wannabe, un megalómano, un espantajo que pareciese haber hecho del odio universal la meta de su vida.

Yo nunca había visto una manga de individuos tan carentes de luces universitarias, de cultura, de conocimiento, de clase, adueñarse de sus respectivos países, algunos de ellos (eso es lo más desalentador) por voluntad popular. Es como si la ignorancia monda y lironda se hubiese constituido en un requisito para ser mandatario.

Hambre de poder. Platón decía que convenía desconfiar de los hombres que anhelaban el poder y, más aún, de los que se aferraban a él. Según el más grande pensador de todos los tiempos, esa hambre de poder, en una función que por su inherente dificultad debería antes bien ser temida, denotaba ya, prima facie, a un espíritu desequilibrado o bien totalmente divorciado de la realidad.

Los esperpentos mencionados son todos animalitos adictos al poder. En lugar de buscar el poder que confiere el amor, invierten los términos, y buscan el amor que concede el poder. Mala cosa, pues bien sabemos que el amor inspirado por el poder no es tal.

No nos engañemos, esos pobres miserables querrían ser amados, ténganlo por seguro. Pero son tan torpes, tienen un grado de inteligencia interpersonal tan bajo y padecen de una arrogancia de tal magnitud que jamás lograrán otra cosa que el repudio del mundo.

Y sufren con ello, estoy seguro. La fachada de pavo real de Trump (¡cielo santo: el mero hecho de escribir su nombre acalambra mis dedos y me llena de náusea!) oculta el atávico deseo de ser ovacionado y multitudinariamente aplaudido.

Y créanme que va a sufrir con la paliza electoral que se le avecina. Por supuesto que sacará el pecho y se dejará decir alguna fanfarronada, pero en el fondo de su ser estará hecho añicos.

Hombres sin cabeza. Bolsonaro es una vergüenza para la Vía Láctea. ¿Cómo pueden esperar que yo admire o siquiera respete a un militar? ¡Es una especie zoológica completamente incompatible con nuestra cultura y tradición! Ese mero hecho basta para que lo descalifique como cerebro pensante.

En sus pocos meses al frente de Brasil ya quemó la mitad de la Amazonia y engañó a su pueblo en lo referente a la gravedad de la covid-19. Este es un error de magnitud criminal, ha costado 73.000 vidas. Bolsonaro debería renunciar y ponerse en manos de la justicia. Pero, claro, para eso se requiere cierta dignidad, y esa es una cualidad que él no posee.

Maduro tiene el nivel educativo de una ameba, y se limita a reciclar los jurásicos clichés de un comunismo anacrónico, obsoleto. Todo se reduce a un enorme complot de los Estados Unidos para apoderarse de su petróleo. Oírlo hablar resulta una experiencia perturbadora. Mejor se expresaría el más zafio carretonero de esos que todavía recorren las zonas rurales de Venezuela.

Ortega es un adicto patológico al poder. Un nepotista, también. En el sentido estricto de la palabra, un enfermo mental. Y, de nuevo, su formación fue de guerrillero. Es un hombre de fusiles, pistolas, ametralladoras, puñales; un individuo peligroso y una amenaza constante para la frontera norte de nuestro país.

Y Trump (¡ugh!) es simplemente imponderable, inefable e indescriptible. Si yo fuera un ciudadano de los Estados Unidos le escribiría una carta al mundo entero para ofrecer disculpas por la clase de malandrín que le impuso al planeta a guisa de presidente de the most powerful nation in the world.

Más que un presidente, es un comediante, y de hecho es con toda seriedad que le recomendaría incursionar en la stand up comedy por finalizado su mandato. Es un campo en el que sin duda tiene futuro.

¡Dispersar con fuerzas militares una manifestación pacífica frente a la Casa Blanca, y todo para ir, a paso digno de Luis XIV, el pecho salido, el ceño fruncido, en actitud de matón de cantina, a tomarse una foto sosteniendo una biblia frente a una iglesia!

¿Qué necesidad tenía de tal desplante de violencia? ¡Pero si esa foto podían habérsela armado con Photoshop sin que su presencia física en el templo de marras fuese requerida! Ese simple gesto, ese descomunal gazapo, esa bofetada a la ciudadanía le va a costar, por sí sola, la reelección. A ningún pueblo le gusta que lo humillen, pero el ciudadano estadounidense es particularmente reactivo cuando lo intentan pisotear.

A todo esto, mi pregunta sigue abierta: ¿Qué fenómeno está ocurriendo en América que lleva sus hijos a adoptar ignorantes supinos, bestias espesas a guisa de presidentes? Trump, por ejemplo, pertenece más al mundo del entertainment que al de la política. Un entertainer malgré lui, eso es lo que es.

Showman. Los prevengo: echaremos de menos sus caballadas tan pronto salga del circuito mediático. Todo puede decirse de él, salvo que no haya sido un presidente entretenido. Y entre sus mil defectos, pantalonadas, arlequinadas y colombinadas, déjenme decirles que hay, después de todo, una cosa que le agradezco: haber retirado las fuerzas militares estadounidenses del infierno donde estaban apostadas. Es más de lo que se puede decir de George W. Bush. Mandó a matar a dos líderes iraníes: ese fue su peor exabrupto. Ha sido menos belicoso que sus predecesores inmediatos. Pero su palabra, su discurso, su lenguaje corporal son eminentemente violentos. Es que la violencia es multiforme y se manifiesta de mil maneras diferentes.

El gran problema de dictaduras como las de Ortega y Maduro (o la de Fidel en su momento) es que no fueron cortadas a tiempo. Ya cuando una o varias generaciones han vivido bajo una dictadura pierden el referente histórico de lo que era su país antes de la tiranía. No han visto ni vivido otra cosa que la dictadura, they don’t know any better, es lo mejor que conocen, y ante ese altar viejo y herrumbrado se prosternarán.

Los resistentes van menguando porque pertenecen a generaciones pretéritas, y el pasado histórico del país se va desdibujando. Ya hay gente que ha nacido, crecido y muerto bajo la doble dictadura de Chávez y Maduro, así como de la de Ortega. No conocen nada mejor: la apoyarán por un mero fervor patriótico.

Cuanto más tiempo esté una dictadura en el poder, menos contrincantes internos tendrá. Los jóvenes nacen ya adoctrinados en el culto al caudillo, y no son yesca en la que vaya a prender fuego una revolución. El tiempo juega del lado de los tiranos.

Todo esto es muy triste, y me llena de pesadumbre. Latinoamérica sigue siendo Macondo y los Estados Unidos encarnan cada vez más el prototipo social propuesto por las series de dibujos animados Los Simpsons y Padre de familia, donde el personaje más culto y razonable (lee a los clásicos y habla con acento inglés) es el perro Brian.

¿Qué les dice eso sobre la autopercepción que Estados Unidos tiene de sí mismo? Nunca, nunca, nunca me había yo sentido tan desmoralizado con el derrotero que mi continente parece adoptar. Ya veremos a qué nos conduce este inmenso derrape político, económico, social y cultural.

El autor es pianista y escritor.