Iván Molina Jiménez. 4 abril

La producción de libros en Costa Rica se inició en la década de 1830, después de que las primeras imprentas fueron introducidas al país. Estos talleres se concentraron en la publicación de informes oficiales (elaborados por las diferentes dependencias estatales), obras religiosas y textos escolares.

Aunque no disponían de departamentos especializados, también vendían al menudeo parte de lo que producían. Fue preciso esperar hasta 1856 para uno de estos establecimientos, El Álbum, inaugurara su propia librería, donde ofrecía predominantemente libros importados.

Tal modelo empresarial fue adoptado por las tipografías fundadas posteriormente, entre las cuales destacaron las abiertas, entre finales del siglo XIX e inicios del XX, por inmigrantes europeos como Antonio Font, Vicente Lines, Antonio Lehmann y Avelino Alsina.

Desde 1831, la impresión de libros por parte del sector privado enfrentó la competencia estatal, cuya imprenta se convirtió en uno de los establecimientos más importantes de su tipo, no solo en el país, sino también a escala centroamericana.

Procesos. Al desarrollo de la actividad tipográfica contribuyeron decisivamente cuatro procesos: primero, la expansión de un sistema educativo mayoritariamente público y que, para finales del siglo XIX, había colocado a Costa Rica entre los países más alfabetizados de América Latina.

Segundo, el crecimiento y la diversificación del Estado, cuyas oficinas y departamentos debían elaborar y publicar informes periódicamente, como parte de una cultura de rendición de cuentas, y producir materiales impresos afines con sus responsabilidades.

Tercero, la constitución de círculos de políticos, intelectuales y escritores interesados en dar a conocer sus puntos de vista y sus creaciones literarias, tendencia que adquirió fuerza en las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX.

Cuarto, el asentamiento, en suelo costarricense, de exiliados procedentes de otras partes de América Latina, quienes aprovecharon la libertad del país de acogida para publicar en contra de los regímenes que forzaron su destierro.

Editoriales. Transitar de la imprenta a la editorial fue un proceso dificultado por la pequeñez de la población del país, que apenas alcanzó en 1928 el medio millón de habitantes (de los cuales casi una quinta parte tenían cinco años o menos).

Pese a esta limitación, que incidía en el tamaño y la diversificación del mercado cultural, al finalizar la década de 1910 empezaron a desarrollarse las primeras casas editoras, en correspondencia con la corriente global de modernización de la industria editorial que por entonces recorría el resto de América Latina.

Esa transición, en el caso costarricense, se desarrolló a partir de tres variantes principales: imprentas que adoptaron el nombre de editoriales, como fue el caso de Falcó & Borrasé (1917); gestores culturales que impulsaron sus propios emprendimientos editoriales, como lo hizo el escritor Joaquín García Monge con una compañía editorial que llevaba su nombre (1918); y círculos de intelectuales que crearon su propia editorial, como el Centro Intelectual Editor de Costa Rica (1921).

Adicionalmente, desde la década de 1920, algunas entidades públicas, como la Secretaría de Educación y la Municipalidad de San José, empezaron a consignar sus nombres institucionales como pies editoriales.

Innovaciones. Las innovaciones referidas se profundizaron y ampliaron en la década de 1940, cuando el Partido Comunista de Costa Rica, fundado en 1931 y renombrado Partido Vanguardia Popular en 1943, abrió su propia editorial, llamada Vanguardia, en 1946.

Además, la Universidad de Costa Rica, establecida en 1940, prácticamente desde un inicio empezó a utilizar su nombre como pie editorial y, más tarde, en 1947, inauguró la Editorial Universitaria.

Por último, una organización internacional, el Instituto Interamericano de Ciencias Agrícolas (IICA), que inició operaciones en Turrialba en 1943, comenzó a utilizar su propio nombre como pie de sus publicaciones.

Cobertura. Para finales de la década de 1940, ya se había establecido la estructura básica de la modernización de la actividad editorial. Este proceso se consolidó a medida que el Estado empezó a expandirse y a diversificarse, y nuevas organizaciones y entidades, privadas e institucionales, fueron fundadas o empezaron a operar en el país.

Un factor decisivo en impulsar este desarrollo fue el incremento en la cobertura educativa, sobre todo, en el caso de la enseñanza secundaria, que ascendió del 8,6 % al 62,1 % entre 1950 y 1979 (cálculo basado en las personas de 13 a 17 años que asistían al colegio).

También fue fundamental el crecimiento de la educación universitaria, cuya cobertura se elevó, en ese mismo período, de un 1,3 % al 14,5 % (proporción calculada con base en la población de 18 a 24 años matriculada en la enseñanza superior pública y privada).

Liderazgo. El mercado editorial, a partir de 1950, se expandió por la demanda de libros de texto para atender todos los niveles educativos, por el afán de los nuevos graduados universitarios de difundir el resultado de sus investigaciones académicas y por los esfuerzos de los creadores literarios por publicar sus obras.

Igualmente, a esa demanda contribuyó el interés de distintos grupos, organizaciones y círculos de intelectuales y políticos por dar a conocer sus diagnósticos de los problemas del país y sus propuestas para resolverlos.

También la democracia costarricense favoreció ese crecimiento, ya que la estabilidad política y el liderazgo –entre otros– en los campos de la paz, los derechos humanos y los asuntos ambientales, convirtieron al país en base de diversas organizaciones internacionales que empezaron a publicar sobre esos temas.

Potencia. Como resultado de todos esos procesos, la actividad editorial creció y se diversificó, tanto por la creación de editoriales propiamente dichas, como porque instituciones y organizaciones, públicas, privadas e internacionales, también incursionaron en la producción de libros (vea recuadro). De estas últimas, 69 entidades terminaron por crear sus propias editoriales: 32 privadas, 24 estatales y 13 internacionales.

En el siglo XXI, Costa Rica se ha convertido –parafraseando el título del editorial de La Nación del 22 de diciembre de 1975– en una pequeña potencia regional en el campo editorial. En el 2016, concentró el 35,1 % de todos los libros con ISBN publicados en América Central. Además, se ubicó en tercer lugar, a escala latinoamericana, entre los países que más obras publica con ISBN por 100.000 habitantes, y en el primer lugar en el valor de exportación de libros per cápita.

Lejos de ser casual, tal liderazgo es resultado de la acumulación de condiciones favorables para el desarrollo de la actividad editorial desde la década de 1950. Asimismo, evidencia la sinergia establecida entre esta industria, un sistema educativo predominantemente público y una democracia cuyo propio desarrollo incentivó la producción y publicación de libros por parte de diversas organizaciones de la sociedad civil e instancias públicas, privadas e internacionales.

El autor es historiador.