Jacques Sagot. 15 mayo

Porque su literatura, sus personajes y predicamentos son más vigentes hoy que en los años en que fueron concebidos. Nosotros somos los Rodiones Raskolnikov, los Mishas Karamazov y los príncipes Mishkin del siglo XXI.

Porque su retrato de la miseria, el dolor y la pauperización de la Rusia imperial zarista preparó el advenimiento de la Revolución bolchevique de manera mucho más potente y avasalladora que Lenin, Stalin y Trotski juntos.

Porque fue tan grande su amor por el ser humano y tan profunda su misericordia que sentó al mismísimo Dios en el banquillo de los acusados, y lo hizo responder por el dolor del mundo, en el capítulo consagrado a “El Gran Inquisidor”, de Los hermanos Karamazov.

Es un proceso tremebundo, donde el Padre debe dar cuenta de su ausencia, su silencio, su pasividad, su indolencia, su no intervencionismo en la saga humana, su indiferencia, su sordera, su ceguera, en suma, por la gran pregunta: “Si Deus est, unde malum?”.

Porque sentía tanta misericordia, tanto amor, tanto respeto, tanta clemencia por sus personajes, que nos hace amar aun a los más depravados de ellos. Incluso a un viejo disipado, borrachín, promiscuo, charlatán, inmoral y débauché como Fiodor Karamazov sabe conferirle cierta simpatía, que hace que lo veamos con alguna benevolencia.

La única excepción en su vasta galería de personajes es la vieja extorsionista, agiotista, avara y usurera que Rodion Raskolnikov asesina en Crimen y castigo. Por una vez en su obra, declara que este odioso esperpento “carecía de toda virtud redentora o circunstancia atenuante”.

Personajes representativos. Porque todos sus protagonistas —“agonistas”, los habría llamado Unamuno— claman por lo mismo. Todos quieren ser amados de manera desesperada. Todos imploran a Dios y al mundo una absolución, un perdón, una redención que nunca llega.

Son Sísifos que cargan montaña arriba un fardo de culpa, de sed de amor, de hambre de condonación, de indulto, de liberación, el apetito de divinidad que tan dolorosamente escuece las fibras íntimas del hombre de nuestro tiempo.

Porque sus personajes nos habitan, se instalan en nuestras almas con muebles, valijas y todo. Porque nos colonizan e invaden, pero lo harán dulcemente y serán los más gratos huéspedes que jamás tendremos en nuestras vidas.

Seguirán viviendo en nosotros, y nosotros, a nuestra vez, nos convertiremos en ellos. Van a ensanchar ese humilde albergue que es nuestra alma, y convertirlo en un hotel, donde cada uno tendrá su habitación y se pasearán por nuestra conciencia con el donaire y la familiaridad de los más viejos residentes.

Porque en Crimen y castigo, Dostoyevski pone en boca del repugnante personaje Lujtin este acomodaticio paralogismo: “¿Qué pasaría si yo pusiera en práctica el consejo ‘ama a tu prójimo’? Partiría mi capa en dos, le daría la mitad a mi prójimo, y los dos quedaríamos medio desnudos. Como dice el proverbio ruso: ‘Si queréis cazar varias liebres a la vez, no cogeréis ninguna’. La ciencia me ordena que no ame a nadie sino a mí mismo, teniendo en cuenta que todo en el mundo está fundado sobre el interés personal.

”Si no amamos a nadie más que a nosotros mismos, nuestros negocios marcharán favorablemente y no tendremos necesidad de partir nuestra capa. La economía política añade que cuanto mayores son las fortunas particulares en una sociedad, o en otros términos, cuantas más capas enteras se encuentran, más sólidamente asentada se halla esta sociedad y tanto más felizmente organizada.

”Por consiguiente, trabajando únicamente para mí, trabajo también para todo el mundo, de lo que resulta que mi prójimo recibe un poco más de la mitad de mi capa, y todo esto, no por las liberalidades particulares e individuales, sino como consecuencia del progreso general”.

La novela fue publicada en 1866. Ayn Rand da a conocer en 1957 La rebelión de Atlas. En este bodrio —según encuestas, el libro más influyente en los lectores estadounidenses después de la Biblia—, postula las nociones de “egoísmo racional”, “egoísmo virtuoso”, “anarcocapitalismo”, “libertarianismo”, impugna el concepto de “altruismo” y la solidaridad de inspiración religiosa, se convierte en “evangelista” del minarquismo (disminución del Estado al mínimo de funciones), el individualismo y el capitalismo laissez-faire.

Valores revertidos. Lo que quiero señalar es que todo lo que Dostoyevski propone como patología, aberración, ruindad, cinismo y avaricia en 1866 es teorizado, legitimado y canonizado en 1957.

La historia del mundo no sea quizás otra cosa que un estudio comparado de la forma en que los valores han sido revertidos a través los tiempos.

Ayn Rand merece mi respeto. La filósofa era ciertamente astuta. Pero no comparto su filosofía política, y al lado de Dostoyevski tiene el efecto de una olomina junto a una ballena azul.

Porque lo esencial de José K. en El proceso de Kafka está ya prefigurado por Rodion Raskolnikov en Crimen y castigo.

Iré más lejos: Gregorio Samsa, el hombre-insecto de La metamorfosis, sería también inconcebible sin Raskolnikov. Son “vidas paralelas”, como las de Plutarco.

José K. es un Raskolnikov que no se atreve a llegar al asesinato, y es castigado injustamente. Pero el perfil sicológico —y aun los períodos de amnesia, de febril pérdida de la conciencia, de sueño súbito y profundo, de posible epilepsia— de ambos personajes es idéntico.

Experto en el horror humano. La crítica literaria no ha todavía justipreciado todo lo que Kafka le debe a Dostoyevski. Un paso más, y habría incurrido en plagio.

Porque Dostoyevski conoció el gélido destierro de Siberia, estuvo en un paredón de fusilamiento, vio directo a los ojos el negro cañón de los fusiles, y por cuestión de segundos no fue fusilado.

Así que, cuando habla de la muerte y de la vida (reencontrada in extremis, merced a un milagro en el sentido teológico de la palabra), yo aguzo el oído y subrayo, subrayo sin cesar sobre mi vieja edición en papel raído y amarillento.

Porque conoció el vicio, y supo retratar el infierno del alcohólico, el gehena del opiómano, el hades del ludópata. Logró trasladar a la hoja de papel virgen, blanca, casta, los horrores de la depravación, los más negros abismos, las más autodestructivas compulsiones.

Nadie supo jamás plasmar la pesadilla del vicioso con tan cruento realismo, sin emitir juicio, sin condenar, sin sentenciar, sin hacer las veces de juez tonante de sus personajes. Siempre: la misericordia, la misericordia que nace del amor por la condición humana.

Porque en lugar de escribir novelitas “edificantes” o “pedagógicas”, se armó del equipo del espeleólogo, y casco, foco, cuerdas, pico y provisiones en mano, descendió solo hasta el fondo de nuestras grutas subconscientes para proyectar sobre ellas algo de luz, y poder luego contarnos lo que ahí vio.

Recorrió miles de kilómetros de catacumbas, de galerías subterráneas, de chimeneas de volcanes extintos, de abismos poblados por larvas subconscientes, los monstruos viscosos que se arrastran bajo el límpido lapislázuli de nuestra razón cartesiana.

Porque vio cuán monstruosos, grotescos, perversos y patéticos somos y, aun así, persistió en amarnos. Nadie hundió tan hondo el bisturí en las capas histológicas profundas de nuestra alma. Por eso, y por mil razones más, hemos de leer a Dostoyevski.

El autor es pianista y escritor.