Óscar Arias Sánchez. 1 junio

Dentro de todos los dones que le fueron transmitidos al ser humano, el más excelso es el de hacer aparecer, como magia siempre cierta y no por eso menos increíble, nueva belleza. El artista es también un prodigioso demiurgo, sobre sus hombros carga el peso del mundo que imagina y que, poco a poco, vuelve realidad. Como un prestidigitador, el artista transforma el gris cotidiano en algo resplandeciente y perfecto.

Pobres son los pueblos que no gozan del arte. Tienen sed y hambre de espíritu y de belleza. Pobres son los pueblos que miden su riqueza en monedas, su historia en batallas y su futuro en conquistas, pero no tienen arte. Tienen bancos, pero no museos; cañones, pero no pinturas; proclamas, pero no melodías. Pobres son los pueblos vacíos de espíritu porque el arte es emanación natural del sentir humano, no se le piensa ni se le planifica, solo se contempla y se agradece.

Creo que un pueblo inundado de arte y cultura, de estatuas, de pinturas, de esculturas, de música, de poesía, son signos distintivos que nos indican que como naciones estamos valorando al ser humano, estamos atesorando sus frutos, estamos disfrutando la belleza que el hombre y la mujer son capaces de crear. Un pueblo inundado de arte y de cultura es un pueblo inundado de amor al ser humano.

Introducirlo a nuestra cotidianidad. Decía Gibrán Jalil Gibrán, al ser consultado sobre la belleza: “¿Dónde buscaréis la belleza, y cómo la encontraréis, a menos que ella misma sea vuestro camino y vuestra guía? ¿Y cómo hablaréis de ella a menos que sea la urdidora de vuestro discurso?”.

Yo también creo esto. Creo que tenemos que introducir el arte y la cultura en medio de nuestra cotidianidad. Tenemos que empezar a pensar en el arte no como adorno, sino como vivencia; no como superficialidad, sino como insondable búsqueda en lo más profundo de nuestro ser.

El arte es la manifestación menos natural, pero más necesaria del sentimiento de una colectividad. Somos animales sociales, como adivinaba Aristóteles, y esa sed social nos impulsa a una comunicación de ideas voraz que aprovecha todo posible mecanismo para expresarse. El arte es un código de comunicación, de los más antiguos y universales que existen. Por eso nunca puede estar desligado de la vivencia popular, sino todo lo contrario: se nutre de ella y en ella encuentra su origen y su destinatario.

El artista no descubre el mensaje que comunica cifrado en alguna constelación: lo lee en los rostros de la gente, en sus formas de comportarse, en sus refranes, en sus anécdotas. El artista crea, es cierto, pero su creación es, antes que nada, la interpretación de la realidad que lo rodea.

Nos fue legado el privilegio de ser instrumento de la expresión renovada de las maravillas que lo no construido alberga en su seno. Nos fue concedida la gracia del nacimiento constante a través de la partitura del músico, las manos del escultor, de la pluma del escritor y del pincel del pintor.

Maestro de la belleza. El martes 28 de mayo se entregaron los Premios de Cultura en el Teatro Nacional. Con orgullo de amigo, he leído que el Premio Magón 2018 le fue concedido a José Sancho. El Premio Magón 2018 honra a este maravilloso artista nacido en Puntarenas, quien dijo alguna vez que él no sabía lo que era la belleza. Sus palabras son humildes porque, sin duda alguna, él nos ha enseñado a ver y a celebrar la belleza en Costa Rica.

Nos ha enseñado que la belleza se encuentra en nuestra propia tierra, en las plantas y los animales que conocemos desde niños, en las profundidades de nuestros mares y en las alturas de nuestros bosques. Nos ha enseñado que la belleza se encuentra en la forma curva de un perezoso colgado de un árbol, en la arquitectura de una flor o en el perfil de un mapache encogido. Nos ha enseñado que la belleza se exhibe no solo en las paredes relucientes de las galerías de arte, o en los silenciosos pasillos de los museos, sino también en el centro de una rotonda, sobre el césped de un parque o en medio de los bulevares. José Sancho ha hecho de nuestro país su galería, nuestro pueblo es el público y el dueño de sus obras.

Recuerdo cuando en el 2010 donó una escultura llamada Columna arboriforme al parque de la Paz. Cuando promoví la creación del parque de la Paz, durante mi primera administración, lo hice pensando en que Costa Rica necesitaba no solo espacios de recreación, sino también espacios que tuvieran un significado, que enviaran un mensaje a nuestro pueblo y al mundo.

El mensaje de este parque es el mensaje de la paz. Para Costa Rica, que José Sancho donara el diseño de esta obra, fue en sí mismo un hecho maravilloso, pero haberlo donado al parque de la Paz fue un hecho sublime ya que enviaría el mensaje de la paz desde lo alto de un árbol rojo, con el portento de un vigía que divisa una tierra mejor en el horizonte.

A José Sancho dedico estas palabras del educador y artesano estadounidense Calvin Woodward: “¡Bendita sea la mano que modela con talento y gracia! Bendita sea la mente culta! Cuando el trabajo del corazón emana, ambas son en todo hermanas”.

El autor es expresidente de la República.