Víctor Ramírez. 11 julio

Cuando la efervescente marea demagógica, violenta y sediciosa de hace unos días comenzó a subir, algunos se frotaron las manos: diputados y dirigentes de varios partidos políticos, líderes sindicales, púberes colegiales y transportistas agresores se metieron al unísono a la misma cama y unieron sus almas, sus voces y sus cuerpos.

Durante esa frígida cópula colectiva, gozaron durante unos minutos el radiante espectáculo de sentirse dueños del destino de la nación como promotores y domadores de la anarquía y el caos. Algunos de esos dirigentes deben haber soñado que surgirían como héroes entre los escombros del gobierno, la sociedad y la democracia costarricenses.

En una sociedad democrática como la nuestra (como todas, imperfecta) la tarea debe hacerse respetando los mecanismos y las instituciones establecidas en la Constitución.

Esa espuria, repentina e insospechada alianza fue una auténtica orgía a plena luz del sol, en la cual nadie sabía quién es quién ni qué pretendía. Cada uno buscaba su propio, mezquino y atolondrado beneficio; unos habrán pensado que ese estado de conflicto podría distraer la atención de sus propias transgresiones; otros trataron de convertir los problemas de su pequeño feudo en causa nacional; los dirigentes políticos y sindicales de esa efímera sociedad fueron presa de la más antigua de las enfermedades de la democracia: la demagogia.

No importó que sus ideas fueran diametralmente distintas; los unía, entre otras cosas, la necesidad de buscar revancha por sus heridos egos políticos y el convencimiento de que en río revuelto obtendrían beneficios electorales.

Tétrico espectáculo. Terminado el casual y vergonzoso encuentro, cada uno salió de puntillas del cuarto sin volver a ver atrás. Pareciera que no se percataron de que las paredes de la alcoba eran de vidrio y que todos estábamos viendo ese cínico y tétrico espectáculo.

El irredento Albino Vargas volvió a salivar con fuerza al ver volcados los portones de la presidencia de la República, al ver a un puñado de jóvenes vivir su cuarto de hora y repetir falsedades y banalidades, al ver a unos pocos traileros impedir violentamente el libre tránsito a los costarricenses, al ver caer al ministro de Educación por acusaciones abiertamente falaces y difamatorias, y al escuchar a cobardes irresponsables hablar de golpes de Estado.

Fascinado por ese espectáculo, pidió a su pequeña audiencia aplaudir de pie esas gestas. Albino Vargas volvió a soñar que al fin su hora había llegado; que su derrota de hacía pocos meses no era más que un pequeño traspié y que iba a articular la insurrección nacional anhelada desde siempre.

Y Fabricio Alvarado, iluminado por sus cantos celestiales, se unió al coro demagógico.

Nos volvió a sacar del atolladero una sociedad civil inteligente, recia, independiente y prudente que ha repudiado este asalto a nuestros derechos.

Toda sociedad posee muchas desigualdades, ilegalidades e injusticias, y un país libre y vibrante debe luchar cada día para reducirlas. Esta es siempre una tarea inacabada.

En una sociedad democrática como la nuestra (como todas, imperfecta) la tarea debe hacerse respetando los mecanismos y las instituciones establecidas en la Constitución. Lo contrario sería entronizar la anarquía, el caos, el temor y la incertidumbre por grupúsculos que se arrogan, sin ningún derecho ni legitimidad, la representación de la sociedad.

¿No han pensado Albino y los suyos que el camino que han escogido también podrían elegirlo algunos enemigos suyos e intentar imponer por la fuerza, como ellos, sus agendas?

Salvados por la sensatez. Nos volvió a sacar del atolladero una sociedad civil inteligente, recia, independiente y prudente que ha repudiado este asalto a nuestros derechos, el sector más sano de la prensa tradicional e independiente que ha desnudado esta orgía y un gobierno que, aunque tardíamente, decidió que debían prevalecer la ley, las garantías individuales y la sensatez.

¿Aprenderán al fin la lección estos viejos, y nuevos, demagogos y despistados, o tendrá la sociedad civil, un día de estos, que recetarle a este pequeño grupo de personas la misma medicina que hasta la fecha, impunemente, les han hecho tomar, a la fuerza, a los demás costarricenses?

El autor es analista político.