José Ricardo Chaves.   15 mayo

Quizá sea el momento cultural que vivimos, inmerso en una niebla informativa que todo lo invade, la razón que explica el exceso de memoria en tantos ámbitos, al grado que su necesario compañero, el olvido, sea mal visto y hasta calumniado.

Como hongos en humedad, proliferan los museos de la memoria, las crónicas de toda suerte de victimismos, el recuento minucioso de los daños y los regaños. Si el sueño ha de acompañar a la vigilia para un sano vivir, si periodos de oscuridad son tan necesarios como los de luz, ¿por qué ese énfasis neurótico en la demasiada memoria?

El síndrome de Funes. Borges, siguiendo a Nietzsche, imaginó en uno de sus cuentos a su memorioso personaje, Funes, quien, tras caer de un caballo, quedó tullido y registraba minuciosamente cuanto acontecía, tanto que dejó de pensar para tan solo grabar el detalle, pues, como bien señala el autor argentino, pensar es olvidar la minucia y la diferencia, generalizar, abstraer o, en palabras del alemán, otorgarle continuidad y permanencia a la perpetua ruptura y fragmentariedad de todo.

La condición física de Funes, su incapacidad o dificultad de movimiento, es metáfora de su condición mental de recordarlo todo.

En este sentido, la ficción de Borges ilustraba la tesis nietzscheana en Sobre la utilidad y los perjuicios de la historia para la vida cuando decía: “Imaginemos el caso extremo de un hombre que careciera de la facultad de olvido y estuviera condenado a ver en todo un devenir: un hombre semejante no creería en su propia existencia, no creería en sí, vería todo disolverse en una multitud de puntos móviles, perdería pie en ese fluir del devenir; como el consecuente discípulo de Heráclito, apenas se atreverá a levantar el dedo. Toda acción requiere olvido, como la vida de todo ser orgánico requiere no solo luz, sino también oscuridad. (…) Es posible vivir y aun vivir felizmente, casi sin recordar, como vemos en el animal; pero es del todo imposible poder vivir sin olvidar”.

La verdadera “curación” no viene del recordar en sí, sino del olvidar después de haber recordado, ya no de una forma inconsciente o traumática, sino como una liberación del peso muerto del pasado.

Freud el memorioso. Parte de este entusiasmo moderno por la memoria, se lo debemos al psicoanálisis, que ha hecho del recuerdo de lo reprimido, esto es, de lo que alguna vez fue consciente, elemento estratégico de su acción terapéutica, de su arqueología del alma. Solo se recuerda lo olvidado, aquello que acecha en el fondo oscuro de la memoria, como un lagarto viscoso. Por esto, en rigor, Funes no recuerda, tan solo registra.

Lo que suele dejarse de lado es que la verdadera “curación” no viene del recordar en sí, sino del olvidar después de haber recordado, ya no de una forma inconsciente o traumática, sino como una liberación del peso muerto del pasado, esto es, de las cadenas de la memoria, las que, sin importar si son de oro o de hierro, siempre encadenan.

La consecuencia ética de este olvido terapéutico es el perdón, el gran bálsamo liberador para quien lo recibe, pero, sobre todo, para quien lo otorga de corazón.

Las dos alas del vuelo. No se crea por lo dicho que abogo por el simple olvido (que de simple nada tiene), sino que afirmo que ambos, memoria y olvido, son igualmente necesarios para los individuos y los pueblos.

Un exceso de memoria produce parálisis, como a Funes; la constante evocación de un evento puede resultar dañina para un sujeto o una colectividad, aunque las razones argumentadas para tal rememoración sean bienintencionadas, pues, como sabemos, el camino al infierno está empedrado de las mejores intenciones.

Afirmo que ambos, memoria y olvido, son igualmente necesarios para los individuos y los pueblos.

Para muestra un botón: el asunto del Holocausto de la Segunda Guerra Mundial. Me he puesto a hacer el seguimiento, y no hay mes que en televisión no se estrene algún programa sobre el nazismo, en el supuesto de que tal estrategia impedirá el olvido y la repetición, cuando, a juzgar por lo que vemos día a día, lo que se produce es la saturación y el negacionismo. Lo que falta es dosificar y actualizar la memoria.

Hasta donde se pueda, ha de haber un delicado equilibrio entre la memoria y el olvido, pues así como un exceso de recuerdo paraliza, creando un pantano sentimental o, a largo plazo, una coraza de insensibilidad, el mucho olvido también es perjudicial, ya que el amnésico tiende a caer en una postura suprahistórica, en la cual toda acción se ve como ilusoria e innecesaria, en que el pasado y el presente son lo mismo y el cambio una mera apariencia.

Lo que falta es dosificar y actualizar la memoria.

Se cae, pues, en otra forma de inmovilidad, no en la física de la demasiada historia, sino en la metafísica del mucho olvido. Si la memoria por sí sola genera su propio exceso detallista, el olvido por sí mismo produce un vaciamiento disolvente.

El autor es escritor.