Carl Bildt. 3 agosto, 2019

ESTOCOLMO– Nuestro hombre, la nueva biografía de 600 páginas de Richard Holbrooke escrita por el periodista norteamericano George Packer, es un libro magistral, no solo por lo que dice sobre el propio diplomático estadounidense, sino también por cómo describe la evolución de la diplomacia de Estados Unidos en términos más generales.

De Holbrooke, Packer nos cuenta que “dedicó tres años de su vida a una guerra pequeña en un lugar oscuro sin ninguna consecuencia a largo plazo más allá de sí misma”. Aquí, debo confesar cierta parcialidad. Mientras trabajaba para poner fin a esa guerra espantosa en Bosnia (el “lugar oscuro” de Packer) en los años noventa, llegué a conocer bastante bien a Holbrooke. Y, después de eso, nos cruzamos periódicamente, en especial en el contexto de la guerra en Afganistán, que se ha prolongado casi una década desde que Holbrooke murió.

La vida de Holbrooke en la función pública comenzó en los campos de arroz del delta del río Mekong en Vietnam a comienzos de los años sesenta, cuando Estados Unidos se involucró en una guerra que, obviamente, no entendía. Holbrooke, funcionario del servicio exterior joven y extremadamente ambicioso que trabajaba en el desarrollo rural, podía ver que las realidades en el terreno eran mucho más complicadas de lo que quienes tomaban las decisiones en Washington estaban dispuestos a reconocer.

Obviamente, los instintos de Holbrooke eran correctos. Las manos experimentadas en Washington buscaban una mayor escalada, con la convicción de que un bombardeo indiscriminado y un creciente número de muertes enemigas harían el milagro. Poco esfuerzo se dedicó a crear un estado creíble que pudiera sostenerse después de que hubiera terminado la guerra. Y, al poco tiempo, generaciones más jóvenes de estadounidenses habían tomado las calles para protestar por lo que parecía una guerra sin sentido.

El presidente de entonces, Richard Nixon, y su asesor de seguridad nacional Henry Kissinger luego abandonarían el asunto desastroso después de un “intervalo decente” para concentrarse en el gran desafío de controlar a China y a la Unión Soviética.

La lección de la guerra de Vietnam prendió, al menos por un tiempo. Si bien el presidente de Estados Unidos Ronald Reagan ordenó la invasión de Granada en 1983, no había ninguna necesidad de una ocupación prolongada de ese país. Y, luego del bombardeo de los cuarteles de los marines estadounidenses en Beirut, Reagan rápidamente se retiró del Líbano.

El consenso era que no debía haber más pantanos. Estados Unidos debía mantener los pies secos y concentrarse en cuestiones de grandes potencias.

Sin embargo, después del fin de la Guerra Fría y del colapso de la Unión Soviética, el mundo parecía volverse más complicado. La comunidad internacional no podía ignorar el caos en Somalia y el genocidio en Ruanda. Y luego estaba Bosnia, con sus “disputas antiguas”. Todos esperaban que el problema simplemente desapareciera; pero, por supuesto, eso no pasó.

Así las cosas, Estados Unidos tuvo que desestimar su política de abandono indiferente e ignorancia voluntaria. El conflicto en Bosnia exigía una diplomacia real. No se resolvió con bombas, sino con diplomáticos que habían ascendido del estiércol del delta del Mekong a “las copas de los árboles” en Washington.

Holbrooke, junto con el asesor de seguridad nacional del presidente Bill Clinton, Anthony Lake, consideró que se necesitarían acuerdos difíciles y dolorosos. La diplomacia finalmente condujo a la paz; y Clinton, que muchas veces estaba ocupado en otras cosas, terminó aplaudiendo el aporte positivo a su legado presidencial.

Para Packer, la historia de Holbrooke también es una historia sobre “el fin del siglo estadounidense”. Desde el punto de vista histórico, este punto de la narrativa del libro es exagerado. Pero, sin dudas, la vida y la carrera de Holbrooke efectivamente coincidieron con un período en el cual las ambiciones de Estados Unidos ocasionalmente excedían sus capacidades.

Aun así, incluso en áreas donde Estados Unidos no alcanzó sus objetivos, las cuestiones podrían haber sido peores si ni siquiera lo hubiera intentado.

Se puede debatir interminablemente sobre si Estados Unidos es bueno en las cosas que Holbrooke quería que fuera bueno, como las guerras de contrainsurgencia. Packer, por su parte, concluye que no lo es “porque no tenemos el conocimiento y la paciencia”.

Son muy pocos los estadounidenses, sostiene, que están dispuestos a “dedicar los años necesarios para entender la naturaleza del conflicto”. Estados Unidos prefiere que sus guerras sean “rápidas y decisivas” porque “el poder de fuego nos gusta más de lo que queremos admitir”.

Hasta que colapsó en su puesto en el 2010, Holbrooke intentó aplicar todo lo que había aprendido durante su carrera al conflicto en Afganistán. Pero, una vez más, se topó con los mismos obstáculos de Washington que habían estado allí desde Vietnam.

“Los estadounidenses”, escribe Packer, “nunca fuimos buenos a la hora de manejar la cuestión interna de otros países. Somos pésimos imperialistas. Somos demasiado caóticos y distraídos —demasiado democráticos—. No tenemos el conocimiento, la perseverancia, el respaldo público, la clase de élites con el deseo y la capacidad de dirigir un imperio”.

Y así, como ilustra Nuestro hombre, Estados Unidos simplemente avanza a los tumbos. La guerra en Afganistán continúa, aunque la administración Trump parece estar esperando un “intervalo decente” antes de abandonar el conflicto.

Y Bosnia sigue siendo un lugar problemático. Los políticos que representan a sus tres nacionalidades están constantemente peleando e intentando socavar al otro. Muchos de sus jóvenes quieren irse a buscar un futuro mejor en Alemania u otra parte. Aun así, si bien Bosnia no se ha convertido en otra Suiza, tiene paz. En los últimos 25 años, la violencia interétnica se cobró menos vidas allí que en los suburbios de París.

Por eso, le debemos mucho a la diplomacia estadounidense y, particularmente, a Richard Holbrooke. El mundo es un lugar mejor como resultado de su servicio, y Packer ahora nos ha brindado un monumento digno de su carrera y de la época histórica en la que la llevó adelante.

Carl Bildt: fue primer ministro y ministro de Relaciones Exteriores de Suecia.

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