Rodrigo Oreamuno B.. 23 febrero

Chile y Uruguay son dos países por los que muchos costarricenses sentimos especial afecto. La fortaleza de sus instituciones democráticas, sus bajos índices de corrupción y, en general, el desarrollo social alcanzado por ambos, merecen nuestro respeto.

A Chile le agradecemos la formación de profesores, especialmente en la década de los 40 del siglo anterior, quienes fortalecieron los cuadros docentes del Liceo de Costa Rica y, posteriormente, se convirtieron en la columna vertebral de la recién fundada universidad. También hemos recibido de ese país grandes beneficios en las artes, particularmente en el teatro y la literatura.

Por Uruguay, varios costarricenses sentimos una especie de identidad, nacida de similitudes territoriales y poblacionales y de otras afinidades presentes y futuras.

Ambas naciones sufrieron grandes tragedias: el desmoronamiento de las instituciones sociales creadas en Uruguay en los años 20 por José Batlle y Ordóñez llevó a actos de terrorismo, liderados por los tupamaros que condujeron luego a un régimen militar. Producto de esos hechos, en poco más de una década, la población se redujo en una tercera parte.

La conmoción social ocurrida en Chile en los años 70 produjo el advenimiento de la dictadura de Pinochet, cuya superación requirió grandes ajustes nacionales, los cuales todavía producen, ocasionalmente, estallidos de inquietud social. Sin embargo, ambos lograron superar las graves situaciones que vivieron y ahora son las dos repúblicas más avanzadas de esta región del mundo.

Por ello, cuando se comparan las realizaciones de Costa Rica en los campos social y económico con las de esas dos naciones, inevitablemente se nos coloca en el tercer sitio.

Cuando superemos la horrible crisis causada por el coronavirus veremos resurgir la economía nacional con gran vigor. Esperamos que, una vez que el Poder Legislativo haya aprobado los textos legales necesarios para completar la negociación con el Fondo Monetario Internacional, nuestro país alcance la estabilidad financiera que, si bien habrá de ser reforzada en los años siguientes, nos alejará del peligro de la debacle.

Todo ello permitirá al gobierno que elijamos en febrero del 2022 encaminar a Costa Rica por nuevas rutas de prosperidad y desarrollo. ¿Será esa la ocasión para que, en vez de conformarnos con un tercer sitio, cuando se nos compare con Uruguay y con Chile, podamos aspirar a la medalla de plata y, quizás, a la de oro?

El autor es exvicepresidente de la República.