Jacques Sagot. 19 septiembre

Fue mi amiga y tuve el privilegio de colaborar con ella en diversos montajes operísticos y recitales, en Costa Rica como en los Estados Unidos. Y lo digo así, prima facie, porque me honra haber hecho música con ella, porque me dignifica, me enaltece y me hace sentir más pleno como artista.

Lupita González fue una fuerza de la naturaleza. No tiene sentido valorar su legado musical como lo haríamos en el caso de cualquier otro músico. ¿Puede alguien calificar la “voz” de las cataratas del Niágara, del monte Everest, del volcán Krakatoa?

Era un torrente, y su presencia escénica suscitaba la devoción en la sala. Todo lo tenía Lupita, absolutamente todo. “Puede llegar tan lejos como ella quiera”, me dijo en cierta ocasión el maestro Hoffman, quien venía de dirigirle una serie de arias de los más famosos musicals de Broadway.

Una voz telúrica al tiempo que exquisitamente lírica. Después del último telón de Aida, salía llorando, transida, conmocionada, posesa por su personaje, y su llanto era inextinguible.

Ambos participábamos en el Festival de Flagstaff, bellísima ciudad cercana al Gran Cañón del Colorado. Compartimos cartel, pero Lupita, por supuesto, se tragó al público, a la orquesta, al teatro, al crítico… todos quedamos rendidos ante la evidencia de un talento superior, de un auténtico fenómeno de sobredotación.

El maestro Hoffman siempre se expresó de ella encomiásticamente. Entre muchas otras obras, le dirigió el Requiem de Verdi, donde, en el crispante, expuesto si bemol agudo y pianissimo que subraya la palabra requiem de la sección Et lux perpetua, se le quebró un poquito la voz… nimio accidente que remedió con total solvencia en la repetición del domingo. También le dirigió obras tan demandantes como las Cuatro últimas canciones de Strauss y la “Muerte de amor” de Tristán e Isolda, de Wagner, donde la soprano debe sobrepujar a una orquesta avasalladora.

Proyección internacional. Junto con Melico Salazar, Zelmira Segreda, Íride Martínez y Enrique Granados —no olvidemos que este último fue durante muchos años el barítono de planta de la Ópera del Teatro Colón de Buenos Aires: duélale a quien le duela, nadie le puede quitar lo bailado—, Lupita es la voz costarricense que más proyección internacional ha tenido.

Una voz telúrica al tiempo que exquisitamente lírica. En los años ochenta, cuando trabajaba yo como pianista de ensayos de la Compañía Lírica Nacional, tuve la fortuna de estar muy cerca de ella en la producción de Aida, El trovador y Norma.

Después del último telón de Aida, salía llorando, transida, conmocionada, posesa por su personaje, y su llanto era inextinguible. Ahí llegábamos a verla al camerino Gloria Waissbluth y yo, y la abrazábamos, y nos estremecíamos con ella, y no lográbamos serenarla, ni secar el hontanar de sus lágrimas: estaba completamente identificada con el dolor de esa heroína a la que venía de prestar su voz, su sangre, sus lágrimas, sus huesos… ¡La totalidad de su ser!

Mientras viva, jamás olvidaré la experiencia. Lupita moría con Aida cada noche. Fue en el Melico Salazar, la dirección escénica estuvo a cargo de Carlos Luis Vásquez y la musical recayó en la experta batuta de Raúl Domínguez. Igualmente tectónica, fue su Leonora en El trovador, y si su Norma generó menos entusiasmo, ello solo se debió a la inflexibilidad de los tempos impuestos por el director.

En una ópera de esta naturaleza, la orquesta debe limitarse a “pegársele” a la cantante como si de plastilina se tratara, como un material flexible, dúctil, infinitamente elástico. No se puede cantar Bellini a tempo de metrónomo. Aun así, fue una versión memorable.

Geniales interpretaciones. Luego tuve el honor de acompañarla en un recital en el Kennedy Center, en Washington, una de las más prestigiosas salas de los Estados Unidos, en setiembre de 1992.

Unos días después, repetimos el recital en el Auditorio Andrés Bello, del Banco Interamericano de Desarrollo. Lupe estiraba cada frase melódica como si de fondue se tratase; las estiraba, sí, hasta casi romperlas; era filato tras filato, y yo me limitaba a mirarla, respirar con ella y adherírmele hasta en la menor de sus inflexiones.

Cada frase se adelgazaba y dilataba peligrosa, peligrosísimamente… pero ni una sola vez dejó que la línea muriera o se fracturase. Ahí estuvo de nuevo la entusiasta y solidaria Gloria Waissbluth. Fueron bellísimas aventuras, experiencias musicales para ser atesoradas y colocadas solemnemente en el museo íntimo de la hermosura que todos llevamos dentro.

Pero Lupita era también una magnífica directora coral y una excelsa preparadora de voces. Su talento pedagógico no iba a la zaga de su virtuosismo como intérprete.

La última vez que la vi —hará de esto unos cuatro años— me dijo: “Aquí estoy, Jacques, tratando de poner a cantar a toda Costa Rica”. Llegó a formar un dúo inmensamente productivo con la también cantante, directora y productora Beverlyn Mora. Estaban abocadas a la ópera de cámara, un repertorio que está aún por ser enteramente descubierto en Costa Rica.

En lugar de planear una sola megaproducción hollywoodense al año y gastarse todo el presupuesto en el montaje de un título oneroso, como lo son casi todos los de Rossini, Donizetti, Bellini, Verdi, Puccini, Gounod, Bizet, Saint-Saëns (para no hablar del repertorio alemán y ruso, que hemos desatendido con olímpico desdén), en lugar de quemar todos los petardos en cuatro noches de rutilantes fuegos de artificio, es posible ser menos faranduleros, más realistas, más pragmáticos, pecar menos de hybris y montar seis títulos de Monteverdi, Händel, Scarlatti, Purcell, Rameau, Lully, Pergolesi, Cimarosa, Gluck, Haydn o el temprano Mozart.

El proyecto final. Calendarizar tres para el primer semestre y otros tres para el segundo y crear una auténtica temporada operística. Sería una magnífica escuela vocal para nuestros jóvenes cantantes. Es un repertorio terriblemente demandante, que expone al intérprete y exige de él una limpieza de emisión, afinación y el dominio perfecto de la sutil filigrana belcantista.

Costa Rica tendría seis óperas al año, en lugar de un monumental, pretencioso, dispendioso y faraónico mamarracho anual. Y en esto estaban trabajando Lupita y Beverlyn…

Esta y no otra es la vía que Costa Rica debe tomar, si quiere remediar el subdesarrollo operístico que la aqueja desde tiempos ancestrales (la ópera es, junto con el lied y la música de cámara, el repertorio más rezagado de nuestra cultura musical).

Fue bello haberte acompañado, siquiera unos pasitos, por la infinita vereda del canto, del arte, de la belleza, Lupe. Te evoco y te recuerdo con enorme orgullo, ese que nos hace sacar el pecho e inhalar más plenamente.

Fue bello conocerte, sí, acercarme a tu fluctuante, convulso, atormentado mundo interno, ese que supiste siempre disimular con tu espléndida sonrisa en mi bemol mayor. Te veo sonriente, siempre sonriente, bromeando, riendo a tus propias expensas, ajena a todo primadonismo, simple, irreductible como un diamante.

Había que tomarte o dejarte: eras una mujer de una pieza. Pero el mundo te tomaba: inspirabas cariño espontánea, naturalmente. Mi translúcida, infinitamente fuerte e infinitamente frágil Lupita. Pero ¿sabes qué? No hay que temerle a la fragilidad: es cuando estamos frágiles que los estratos más puros de nuestro ser emergen a la superficie. Entonces somos capaces de verdaderos milagros, de crear una belleza que ni siquiera sospechábamos, y que jamás hubiera aflorado bajo la aplastante máscara del gladiador.

Hasta siempre, amiga. Que tu cielo esté hecho de música pura, de canto inextinguible, de esa diáfana luz que tan generosamente derramaste sobre nosotros.

El autor es pianista y escritor.