Jan-Werner Mueller. 13 septiembre

BERLÍN– La reciente Convención Nacional Republicana fue escandalosa por muchas razones, desde el mal uso de la Casa Blanca como un sitio de campaña (en violación de la Ley Hatch y de normas de larga data) y la mendacidad descarada de sus oradores hasta el desfile de los familiares de Trump.

En medio del espectáculo chabacano de la transformación del Partido Republicano en una subsidiaria de la Organización Trump, destacó un aspecto sorprendente: el partido no ofreció ninguna plataforma.

La única promesa de los republicanos, aparentemente, es “respaldar de manera entusiasta la agenda de Estados Unidos primero del presidente”.

En cierto modo, eludir una plataforma política puede leerse como una estrategia inteligente para aislar al partido de Donald Trump el individuo.

En caso de que Trump sea derrotado en noviembre, los miembros del establishment del Partido Republicano pueden desentenderse y decir que solo era un líder poco popular que perdió; los principios del partido se mantienen sólidos.

Sin embargo, una interpretación más factible es que la mezcla tóxica de polarización e hiperpartidismo en Estados Unidos ha alcanzado un nuevo nivel de concentración. Después de haber sido vaciado por completo, por lo menos uno de los principales partidos políticos del país ya no cumple su función democrática básica.

Esa función requiere que los partidos no solo le ofrezcan una opción al electorado, sino que también determinen cómo se librarán las batallas políticas.

Al apelar a algunos grupos más que a otros, los partidos trazan líneas en la arena, y al centrarse en algunas líneas divisorias políticas por sobre otras, los partidos conforman coaliciones que podrían haberse visto bastante diferentes si se hubiera colocado el énfasis en otras cuestiones igualmente salientes.

El objetivo de la democracia no es forjar consenso sobre cada cuestión, sino más bien gestionar los intereses y compromisos en conflicto. Pero la democracia puede quebrarse cuando los partidos o los políticos demonizan o niegan abiertamente la legitimidad de otros contendientes por el poder.

Desde hace mucho tiempo estas tácticas son la especialidad de los populistas de derecha, que entablan guerras culturales en un esfuerzo por reducir todo el conflicto político a cuestiones de pertenencia.

Por lo tanto, en lugar de interactuar con los argumentos de sus oponentes, Trump simplemente desestima todas las críticas como “antiestadounidenses”.

Como han demostrado los cientificistas políticos Jacob S. Hacker y Paul Pierson, la inclinación del Partido Republicano por las guerras culturales le debe mucho al hecho de que su agenda de políticas económicas es profundamente impopular.

Al haber recortado impuestos para los ricos y fracasado por completo frente a la pandemia de la covid-19, Trump y su partido necesitan distraer a los potenciales votantes de cuestiones materiales.

Este “populismo plutocrático”, muestran Hacker y Pierson, es el resultado de la total incapacidad del Partido Republicano de generar nuevas ideas en materia de políticas.

Los republicanos simplemente han redoblado la apuesta con los recortes impositivos y una desregulación irracional, mientras demostraron ser incapaces de ofrecer alguna alternativa coherente para la Ley de Atención Médica Asequible (Obamacare) del 2010, que siempre están a punto de reemplazar por “algo fantástico”.

De la misma manera que el Partido Republicano ha depositado su identidad en manos de guerreros culturales en cadenas de televisión y sitios web de extrema derecha, también ha encargado el trabajo intelectual a grupos de expertos que, en su mayoría, están más comprometidos con sus donantes que con elaborar propuestas políticas ampliamente populares y eficaces.

Estos no son solo problemas estadounidenses, por supuesto. En Occidente, los partidos tradicionales han sido desafiados por advenedizos que suelen no ser amantes de los debates internos serios, mucho menos de abrazar una toma de decisiones democrática.

En Holanda, el partido populista de extrema derecha de Geert Wilders solo tiene dos miembros oficiales: Wilders y una fundación de la cual él es el único integrante.

De la misma manera, en el Reino Unido, el Partido del Brexit hace alarde de más de 110.000 “seguidores pagados”, pero en verdad es una compañía de responsabilidad limitada con cuatro oficinas y solo una “persona con control significativo” registrada: el defensor ubicuo del brexit y promotor serial de la polarización, Nigel Farage.

Sin duda, los partidos políticos no están debatiendo las sociedades. Pero se supone que deben generar nuevas ideas y planes de políticas, algo que es improbable que surja de una iniciativa individual o de una empresa familiar.

Mientras los partidos necesitan representar ciertos principios que comparten sus miembros, decidir sobre esos principios siempre será controvertido, y su defensa no sucede de manera automática.

El presidente Lyndon Johnson alguna vez observó que “lo que quiere el hombre de la calle no es un gran debate sobre cuestiones fundamentales; quiere un poco de atención médica, una alfombra en el piso, un cuadro en la pared”. Pero como el Partido Demócrata de Johnson aprendió por las malas, hasta “un poco de atención médica” puede convertirse en una cuestión de conflicto de principios.

La mejor manera de llevar a cabo estas contiendas no es únicamente con los adversarios partidarios propios, sino también en un debate interno abierto y pluralista.

Cuando las disputas se resuelven de esta manera, es más probable que los perdedores acepten la derrota y sigan siendo leales al partido. Por el contrario, las aclamaciones masivas como las que montó el Partido Republicano para Trump suelen conducir a algunos miembros del partido a la puerta de salida.

El sello de un partido que funciona bien es su capacidad para atraer gente con compromisos partidarios estables en el tiempo. Paradójicamente, el que permite a los miembros plantear críticas sin acusarlos de traidores finalmente infunde una lealtad más profunda.

El punto es no idealizar la democracia participativa en el interior de los partidos. Sin embargo, existe una razón por la cual las Constituciones de Alemania, España y Portugal, por ejemplo, prescriben el pluralismo partidario interno.

Al habituar a la gente a un debate democrático y obligarla a considerar que la otra parte podría tener un punto válido, este modelo representa lo que se ha perdido en una era de polarización.

Los partidos que son internamente autoritarios tienen más probabilidades de gobernar en consecuencia. Un sistema de partidos políticos que funciona correctamente no es suficiente para la democracia; es necesario.

Aunque el Estado no puede exigir a los partidos que realicen debates internos vigorosos, las leyes pueden y deben establecer lineamientos más sólidos para el pluralismo y la responsabilidad internos.

Las compañías de responsabilidad limitada y las empresas familiares ocupan su lugar en la sociedad, que nada tiene que ver con diseñar políticas públicas.

Jan-Werner Mueller: es profesor de Política en Princeton y miembro del Instituto de Estudios Avanzados en Berlín.

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