Stephen Grenville. 3 julio

SÍDNEY– El anuncio de Facebook sobre la creación de una nueva moneda digital, la libra, produjo una oleada de respuestas, escépticas, críticas o directamente hostiles. Es comprensible, dada la reputación de ligereza de Facebook en relación con los datos de los usuarios y la privacidad personal. Pero el temor de la opinión pública no impedirá a la empresa que cierta vez prometió “moverse rápido y romper cosas” seguir con sus planes, y es posible que destruya economías nacionales enteras en el proceso.

Todavía no se sabe exactamente cómo funcionará la libra. Por más que fue promocionada como revolucionaria, puede terminar siendo otra variación de esquemas de pago que ya existen. Apple Pay, PayPal, WeChat y otros servicios ya ofrecen métodos de pago básicos, que incluyen comodidades pensadas para atraer a clientes y empresas. Pero, en definitiva, estos servicios solo son un eslabón adicional en la cadena de canales de pago preexistentes, que en última instancia se conecta con el sistema bancario convencional.

Aun si la libra se limita a competir con estos jugadores establecidos, Facebook puede sacarle mucho provecho, no solo en cuanto a comisiones de transferencia y cambio de divisas, sino también en cuanto a recolección de datos. La acumulación de detalles sobre pagos y transacciones de la inmensa base de usuarios de la red social sería en sí misma un premio fabuloso.

Pero, por supuesto, la libra se promociona como mucho más que eso. Como señaló un ejecutivo de Facebook: “Queremos que enviar dinero sea tan fácil como enviar un mensaje de texto”. Ya que la libra sería una especie de dinero privado vinculado a una canasta de divisas cuantiosa estables, ¿qué puede suceder en la práctica?

Si la gente de Argentina pudiera pasarse de los pesos a una canasta de monedas estables con un simple toque en el teléfono inteligente, ¿no se volcaría en masa a ese activo seguro al primer indicio de problemas en la economía local? Un análisis estándar basado en la idea de los “mercados eficientes” no nos ayuda a responder esa pregunta porque en un mercado perfecto esos flujos se corregirían a sí mismos.

Según esta teoría, si la población argentina abandonara sus tenencias de la moneda local, el peso se devaluaría, pero entonces aparecerían arbitradores que lo sostendrían; el peso volvería a su valor inicial, y todo acabaría bien. En vez de ser una amenaza para la estabilidad financiera, la eliminación de fricciones en los flujos internacionales de divisas crearía un “mercado eficiente” por excelencia.

Por desgracia, el mundo real no funciona así. Durante un brote local de pánico, lo más probable en un sistema desprovisto del equivalente a una garantía de depósitos es que los flujos internacionales de capitales se muevan según la lógica de una corrida bancaria.

Cuando los depositantes temen que un banco quiebre, los más prudentes retiran el dinero. Si el banco quiebra, se evitan una pérdida; si sobrevive, solo tienen que volver a depositar el dinero, por muy poco costo. Pero cuando una cantidad suficiente de depositantes se comportan de manera prudente y retiran sus fondos, el banco quiebra.

El mismo tipo de profecía autocumplidora puede producirse en una economía nacional. Si una devaluación del peso parece inminente, todos sus poseedores racionales se apresurarán a cambiarlo por otra moneda estable que tengan a su alcance, y al hacerlo causarán exactamente la depreciación acelerada que temían.

En el mundo actual, esos traspasos masivos entre monedas son raros porque las transacciones internacionales con divisas tienen fricciones considerables. Incluso con las principales monedas, la diferencia entre los tipos de cambio comprador y vendedor suele rondar el 10 % (para clientes minoristas).

También hay grandes comisiones por transferencia, como las que cobra Western Union a las remesas de trabajadores extranjeros. Si bien grandes jugadores del sector financiero pueden efectuar transacciones desestabilizadoras (y lo hacen), como ocurrió cuando en el 2013 el temor al fin de la política monetaria expansiva de la Reserva Federal de los Estados Unidos causó un “berrinche” en los mercados, esos flujos de divisas siguen supeditados a normas regulatorias.

No sabemos bien qué puede suceder si toda la gente tuviera de pronto acceso a un método barato y desregulado para pasarse de una moneda local volátil a una canasta de monedas seguras. Pero los riesgos son obvios. Países con un largo historial de devaluaciones, como Argentina, y cualquier país mediano con tipo de cambio flotante serían muy vulnerables a fugas de capitales.

Los proponentes de la teoría de los mercados eficientes siempre han defendido que se reduzcan las fricciones en las transacciones, con el objetivo de maximizar el alcance y los beneficios del mecanismo de precios. Pero hasta ahora, lo que nos salvó de las consecuencias desastrosas de flujos internacionales de divisas irrestrictos fueron las ineficiencias del sistema vigente.

Comisiones exorbitantes y normas antilavado (la obligación de los bancos de “conocer a sus clientes”) generaron fricción suficiente para que las corridas cambiarias internacionales sean un fenómeno infrecuente.

Pero si Facebook introduce transacciones internacionales irrestrictas para el público general, las corridas se volverán comunes. Los gobiernos no tendrán otra opción que intervenir para introducir alguna otra forma de fricción en el sistema.

Una solución parcial sería un pequeño impuesto universal a las transacciones financieras como el que propuso hace 50 años el premio Nobel de economía James Tobin. Un “impuesto Tobin” no resolvería todas las cuestiones relacionadas con la privacidad y la estabilidad financiera, pero puede desalentar flujos especulativos a corto plazo sin debilitar los incentivos a transacciones más beneficiosas, por ejemplo, la inversión extranjera directa.

Los gobiernos de todo el mundo llevan décadas discutiendo el impuesto Tobin. Ahora que la nueva libra asoma en el horizonte, es hora de convertir las palabras en acción (antes de que lo haga Facebook).

Stephen Grenville: exvicegobernador del Banco de la Reserva de Australia, es miembro no residente del Lowy Institute en Sydney.

© Project Syndicate 1995–2019