Rubén Hernández Valle. 6 junio

Somos un pueblo ingrato, que no recuerda ni reconoce los grandes aportes al desarrollo de nuestra sociedad hechos por distinguidos ciudadanos.

Un claro ejemplo es el del Dr. Gerardo Trejos Salas, padre del derecho de familia costarricense y autor intelectual de la sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (Corte-IDH) sobre la fecundación in vitro. Él fue quien promovió la denuncia ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) y convenció a los jueces de que la Convención Americana sobre Derechos Humanos (CADH) consagra uno fundamental: procrear. Dado que la esterilidad de uno de los cónyuges es, desde el punto de vista médico, una enfermedad, es necesario reconocer a tales parejas la posibilidad de someterse a la fecundación in vitro para hacer realidad su derecho a tener hijos.

El alegato de la CIDH ante la Corte, y luego la sentencia de esta, se basan fundamentalmente en los argumentos esgrimidos por Gerardo en la denuncia. Por ello, siempre que escribo sobre esa sentencia, la denomino Trejos Salas vs. Costa Rica y no Artavia Murillo vs. Costa Rica, como es conocida oficialmente.

El 3 de junio se oficializó la fecundación in vitro en el ámbito de la seguridad social costarricense. A pesar de que en la ceremonia se citó el nombre de otras personas con alguna participación en el proceso, se omitió referirse al más importante.

Terquedad positiva. Sin la tozudez de Gerardo para llevar el asunto ante la Comisión, de convencerlos a lo largo de cinco años de su tesis jurídica, que nadaba a contracorriente, pues era un lugar común considerar en ese momento en Costa Rica, y en otros países latinoamericanos, que la fecundación se produce jurídicamente al unirse el óvulo con el espermatozoide, nada se habría logrado. La sentencia de la CIDH terminó con el mito basado en la más moderna evidencia científica en la materia.

Desde el punto de vista médico, debe reconocerse el decisivo papel que desempeñó el Dr. Gerardo Escalante López, pionero de la técnica en el país y quien suministró el soporte científico para los alegatos de Gerardo ante la Comisión. Uno y otro se alimentaron recíprocamente y consiguieron lo que en los momentos iniciales parecía imposible: que la Comisión, y luego la Corte, legalizaran la técnica de reproducción asistida en Latinoamérica.

Nos dejó temprano. Gerardo murió lamentablemente hace algunos años, en plena madurez intelectual, cuando todavía tenía mucho por aportarle a la cultura jurídica nacional. También hizo sus pinos como diputado, cargo desde el cual consiguió, a mediados de los años noventa, la aprobación de la ley que puso término a la injustificada pensión que recibían los diputados por el solo hecho de haber alcanzado una curul.

El capítulo preliminar del Código Civil también fue redactado por Gerardo, y él luchó en la Asamblea Legislativa para que fuera agregado al más que centenario conjunto de normas, que data de la época de oro de los liberales. Asimismo, publicó varios libros sobre asuntos jurídicos, políticos y culturales, que tienen la rara virtud entre los abogados de estar escritos en una prosa ática y fecunda.

Por todas esas razones, y otras que dejo en el tintero, quiero rendir un sencillo, pero sentido homenaje a mi amigo entrañable, de quien aprendí tantas lecciones de vida.

El autor es abogado constitucionalista.