Thelmo Vargas. 7 septiembre

Llegan dos hijos a visitar a sus padres, como cada año lo hacen porque estudian lejos, y —dice la fuente— el padre y el hijo mayor, de unos 20 años, “en vez de abrazarse, empezaron a asestarse puñetazos uno al otro en los costados, en la espalda y en el pecho”.

Gritó la madre pálida y delgada: “Acaban de llegar los hijos, hace más de un año no los veíamos, y él, Dios sabe por qué, se pega con ellos a puñetazos”.

Así comienza la novela Tarás Bulba, de 1834, del escritor ucraniano Nokolái V. Gógol, quien desempeñó funciones públicas en San Petersburgo sin mayor entusiasmo.

La razón de esa peculiar forma de saludo era que el padre quería estar seguro de que su querido hijo estaba listo para enfrentar la vida dura, llena de luchas, que sobrellevaban los cosacos.

Pero la historia que me propongo contar comienza a finales de la década de los setenta, cuando a mi casa llegó en “el carro de don Fernando” (un largo rato a pie y otro andando), un poco cansado, un muchacho que fue parte de una cuadrilla de pintores de brocha gorda, que meses antes había pintado mi casa.

Me contó, con gran satisfacción, que recién se había hecho vendedor de libros, que tenía una linda colección que estaba seguro iba a gustarme y, además, que yo era la primera persona a quien visitaba en su nuevo trabajo. La colección era Los clásicos, publicada por Grolier en 1977, y me mostró dos o tres lindos volúmenes.

Comprar para guardar. Para entonces, yo trabajaba jornada completa y por las noches, dos días a la semana, daba clases en la UCR.

No tenía tiempo para otras lecturas que no fueran las directamente relacionadas con las ciencias económicas. Además, tenía el prejuicio de que comprar libros por metro lineal, para decoración, no para ser leídos, no era cachet.

“¿Cuánto vale?”, le pregunté. “Doce mil colones (o algo así)”, me respondió. “¡Está carilla!”, le dije. “Pero, don Thelmo, se permite pagarla a plazo, hasta 12 meses”.

Lo pensé unos instantes y sentí que no podía decepcionar a quien me había seleccionado para su primera venta. Ese sentimiento se sobrepuso a todas mis posibles objeciones. Un par de días después recibí los 20 libros que conforman la colección, bellamente empastada en color verde con letras doradas y que, en total, tiene unas 10.000 páginas de lectura. (Para los decoradores de interiores: ¡Mide 80 centímetros de largo!).

Se trata de obras clásicas —Platón, Sócrates, Suetonio, Séneca, Dante, Shakespeare, Carlyle, Goethe, Lope de Vega, Quevedo, Dostoyevski, Tolstoi, Gógol, historiadores de Indias, la vida y obra de los “más excelentes” pintores, escultores y arquitectos (Da Vinci, Miguel Ángel, Giotto, etc.) y otro tanto más— a las que les asigné un sitio especial, de difícil acceso, en mi biblioteca, porque sabía que por un buen tiempo no iba a leerlas.

Son obras clásicas, que llegaron para quedarse y podían esperar a que alguien, en algún momento futuro, las desempolvara y disfrutara.

Claro que toda obra poética se degrada al pasarla a otro idioma. Por ejemplo, La divina comedia, de Dante Alighieri, fue escrita en cuidadosos versos en italiano y, al pasarla al español, pierde mucho de su encanto.

Una solución para el lector exigente es aprender italiano, porque, además, para los viejos el esfuerzo que implica aprender otro idioma constituye un eficacísimo entrenamiento para el cerebro, lo cual, entre otras cosas, ayuda a combatir el alzhéimer.

Si, además, eso le faculta para de viva voce en el baño cante Volare, O sole mio, Il mondo y Arrivederci Roma, ni que decir.

Tiempo para disfrutar. Mi jubilación me abrió espacios que antes no tuve, y pude meterme con más frecuencia en mi biblioteca a consultar todo lo que quisiera: cómo llegó la producción de íconos a Bielorrusia, dónde floreció el arte románico, qué pasó en Costa Rica en la década de los cuarenta, qué factores hacen que en unos momentos la conducta óptima del animal sea el egoísmo y en otros el altruismo o cómo preparar platillos cuyo ingrediente principal es el ajo.

La pandemia de la covid-19, que limitó la interacción social al mínimo necesario, favoreció la lectura de más y más temas, en particular los que llegaron para quedarse. Y eso he hecho.

Por mera curiosidad, recién consulté en la Internet si la colección de libros objeto de este comentario (Los clásicos, de Grolier) estaba disponible en compraventas y encontré que en el sitio mercadolibre.com la ofrecen, completa e incompleta, a precios que van desde $5.000 hasta $1.100. El precio de una, $1.350, está muy cerca de lo que pagué hace más de cuarenta años, en colones convertidos a dólares al tipo de cambio de entonces. Asimismo, ofrecen 12 meses para pagar, mediante cargos a tarjetas de crédito.

¿Será que aquel otrora pintor de brocha gorda se modernizó y ahora no tiene que tomar bus ni caminar de un lado a otro de las ciudades y pueblos para vender libros, sino que lo hace por la Internet?

Sea lo que sea, y esté donde esté, quiero agradecerle el haberme embarcado a comprar esa colección de libros que tanto disfruto.

El autor es economista.