Víctor M. Mora Mesén. 30 marzo

El aguacero en la plaza de San Pedro, el atardecer y la soledad del lugar evocaban el ánimo de muchos. Todo nos hablaba de nuestros sentimientos, miedos y angustias. Ver a aquel hombre mayor, vestido de blanco, cojeando mientras subía al lugar preparado en la plaza para dirigir una palabra al mundo, no dejó de ser conmovedor. Antes de su mensaje, la lectura del Evangelio, que también nos hablaba de miedo y desesperación.

Seguramente poco a poco lograremos controlar la pandemia, pero todavía tenemos mucho que hacer para controlar la locura que puede gestar nuestro cerebro enfermo de grandeza.

Las palabras del papa resuenan profundas en momentos como los que vivimos porque más que nunca estamos deseosos de reconfirmar nuestra esperanza e ilusión. La pandemia es como la tormenta que azotó la barca del relato evangélico. Llegó con una fuerza imprevista y nos dejó a todos con una sensación de impotencia. Jesús duerme mientras las olas y el viento hacen temblar a todos. El papa nos hace notar un detalle de la narración, Jesús duerme en la popa, donde se siente con fuerza el choque del oleaje, donde se corre más riesgo. Él no tiene miedo porque su confianza en la fuerza de Dios le da una serenidad que nosotros no tenemos.

La palabra de Jesús trae la calma y, con ella, la pregunta que nos inquieta. “¿Por qué tienen miedo?”. Podríamos hacer una lista enorme, comenzando por nuestra salud, nuestro futuro económico, los problemas del futuro y miles de cosas. Preocupaciones válidas y reales. Pero ninguna responde con sinceridad a la pregunta más decisiva que entra en el alma: “¿Por qué se sienten solos?”. ¿No es acaso lo que se presupone en el grito desesperado de los discípulos cuando se atreven a confrontar a Jesús con su reclamo: "¿Acaso no te preocupas por nosotros?”. Nos sentimos solos, es cierto, pero porque hemos vivido siempre con la idea de conquistar el mundo si nos lo proponemos. En momentos como los que experimentamos, esa pretensión se desvanece por los simples hechos.

Acompañados. El papa Francisco nos recordó que no estamos solos, hay tantos que se preocupan por nosotros en los hospitales, en el servicio de limpieza, en el trabajo para que otros tengan que comer, los que arriesgan su vida para llevar alivio, tantas personas religiosas que acompañan a los enfermos, a las familias o a los muertos. No estamos solos porque hay quienes trabajan para hacer planes y protocolos en aras de ayudarnos a salir de la crisis. Tantos usan su conocimiento para producir una vacuna o entender mejor la enfermedad que nos ataca. Tantos que no duermen para que otros lo puedan hacer. Hay tantos que rezan y otros ponen todo su cuidado para que no enfermemos. Hay tantos más, anónimos, quienes con su compañía y cercanía nos hacen sonreír y aliviar nuestras penas.

Como Jesús, muchos están en popa, encarando los golpes que nos atemorizan. Su palabra nos da ánimo para ver que la tempestad será domada si hay disposición, caridad, fe y esperanza. Un virus ha puesto en evidencia lo que antes no se veía: hay gente buena en esta tierra. No existen solo los que, petulantes, piensan que todo se arregla con la violencia y el odio. El virus puede ser llamado “enemigo”, pero en realidad no lo es de nadie, es solo un organismo vivo más, como tantos otros millones. En el virus no hay ideología ni deseo de riquezas ni limitaciones de fronteras ni estados ni razas ni edades. Ni siquiera tiene consciencia de que hace el mal.

Nosotros, en cambio, actuamos con voluntad y premeditación. Cuando seguimos nuestros instintos burdos y queremos conquistar el mundo, lo hacemos deliberadamente y asumimos la violencia de la palabra, las armas o la injusticia como medios eficaces para sentirnos grandes. Un microbio, sin ninguna pretensión más que mantenerse con vida y reproducirse, nos ha desvalijado los intereses mezquinos que parecían regir el universo diseñado a nuestra torcida imagen.

Símbolos poderosos. Aquel anciano vestido de blanco, prácticamente solo en la plaza vacía, nos señala el icono de una madre, Salud del Pueblo Romano (Salus Populi Romani) es su nombre. La pintura nos remite a lo esencial: la ternura de quien tiene el cuidado del desvalido, del que apenas nació. También, el papa venera una antigua escultura en madera, un crucifijo que tiene un profundo significado para Roma porque fue motivo de esperanza durante la peste. Y, de nuevo, otro símbolo nos mueve a pensar: el que fue injustamente condenado porque hizo el bien y dejó entrever la mezquindad de la corrupción de quienes enarbolan el poder político y religioso continúa siendo todavía un llamado urgente a cambiar nuestra forma de vivir.

Al final de la oración del papa y del mundo, un pedazo de pan, que nos recuerda y actualiza el amor incondicional de aquel que comparte el viaje de la existencia en nuestra barca histórica, se nos ofrece como oportunidad de bendición. El viejo hombre vestido de blanco caminando a duras penas, cargando la bella custodia que contiene el pan de vida eterna, llega al atrio de la imponente basílica para signar con la cruz a la ciudad y al mundo. Las campanas y las sirenas ensordecen con el anuncio de que la esperanza no muere y que el amor infinito que nos creó no nos abandona.

Llueve en la plaza de San Pedro y las gotas de agua parecen recoger el llanto de tantos que han perdido seres queridos. Las imágenes nos muestran el crucifijo mojado por las gotas, como queriendo decir que ese llorar triste ha sido acogido con benignidad. Dios se deja tocar por nuestro sufrimiento, nos ofrece consuelo y nos impulsa a descubrir la energía de la vida que no se apaga. Vuelven a la mente las palabras del papa: veamos alrededor, no estamos solos, nos acompañamos y nos servimos mutuamente.

No hay gigantes ni mosquitos. Paradójicamente, cuando nos sentíamos gigantes, la insignificancia nos ha hecho tambalear. Todo ello, sin embargo, es para bien. Ya se nos hacía imposible seguir caminando por los desiertos de la soledad y la indiferencia. ¿No es cierto que ya sentíamos asco de esa sensación de incomunicación que nos aturdía con solipsista silencio en medio del barullo de la publicidad y el frenético correr de las bolsas de valores del mundo?

Millones están en casa tratando de ser creativos como nunca antes lo fueron para trabajar y hablar con sus familiares, para cultivar el amor que comenzaba a trastabillar por el peso de la rutina y el asedio de la competencia desmedida. Lo que no generó el escándalo de los cañones, tanques, proyectiles, armas y ejércitos, lo hizo un microbio. Es tiempo de desempolvar nuestra conciencia y descubrir atónitos lo que significa ser controlados por las fuerzas que se imponen sobre nosotros. Es tiempo de reconocer que libertad es, sobre todo, ternura, amor, fraternidad.

Seguramente poco a poco lograremos controlar la pandemia, pero todavía tenemos mucho que hacer para controlar la locura que puede gestar nuestro cerebro enfermo de grandeza. Hay que cambiar el ritmo de la vida para que esta sea más armoniosa y llena de solidaridad responsable. No hay que ser como aquellos que buscan salvar sus bienes materiales a cualquier costo porque nuestro mayor deber es salvarnos a nosotros mismos de la locura de la separación y del odio.

Todavía nos persiguen los fantasmas del terrorismo, de los despotismos, de las injusticias en nombre de las ganancias desmedidas, de las luchas armadas, de la xenofobia, del racismo, de la indiferencia y de la falta de respeto. Pero no estamos solos en estas tormentas. En medio de todo ese caos, hay gente buena que siembra, como puede, semillas de un futuro diferente. La invitación es simple: también nosotros podemos ser como ellos, personas que acompañan y que no dejan solos a quienes los necesitan.

El autor es franciscano conventual.