Jorge Woodbridge. 29 mayo

La palabra crisis remite a la metamorfosis. Hoy, como en otras épocas de cambio, estamos en transformación y reinvención.

Tenemos una nueva realidad social, política, laboral y económica. Solo si evolucionamos como individuos y como sociedad, saldremos adelante. Es difícil creer que de las crisis del pasado no hayamos aprendido nada.

Lo preocupante es que la actual, producida por una pandemia, es disruptiva en todo el planeta y necesitamos adaptarnos a nuevas modalidades de trabajo y estudio, a exigir transparencia, innovación y creatividad.

Hay que contraer el gasto público; esa es una responsabilidad impostergable. Los ingresos del gobierno cayeron un 23 % y estamos endeudándonos por unos $3.000 millones para poder salir este año. Pero ¿qué haremos en el 2021?

No podemos seguir aumentando el gasto público y el tamaño del Estado. No podemos seguir endeudándonos. Ya no somos sujetos de crédito.

El triunfo de Rodrigo Carazo Odio, en 1978, generó grandes esperanzas sobre la austeridad y el orden en las finanzas públicas. Pero el cuadro fue otro, pues el nuevo gobierno no redujo los gastos y comenzó a endeudarse aprovechando la disponibilidad transitoria de crédito en el sistema financiero internacional.

La crisis se presentó en 1982. Un continuo deterioro fiscal demandaba ajustes urgentes en los gastos públicos y la negativa del gobierno a seguir las recomendaciones del Fondo Monetario Internacional (FMI) colocó al país en una situación riesgosa.

Más endeudamiento, crecimiento del déficit fiscal, aumento de los precios del petróleo, caída de las exportaciones, recesión internacional y problemas de liquidez derivaron en la imposibilidad de pagar a los organismos internacionales, a la banca y a los tenedores de bonos.

Es en esa coyuntura, el gobierno recurrió al Banco Central para financiarse a través de la emisión de letras del tesoro. Un mal paso cuyo resultado fue una inflación del 90 % y una devaluación incontrolable, con graves efectos sociales y económicos.

La contracción de la economía fue de un 10 % del PIB, la pobreza alcanzó el 54 %, el déficit fiscal llegó a superar el 11 %, el desempleo se duplicó y hubo desabastecimiento de alimentos.

Al no contar el Banco Central con divisas, el mercado negro se fortaleció y el tipo de cambio paso de ¢8,6 a ¢64 en el mercado oficial.

Crisis evitable si desde el principio el gobierno hubiera vendido las empresas públicas que tenía la Corporación de Desarrollo S. A. (Codesa), hija del Estado empresario fomentado por el gobierno de Daniel Oduber; si hubiera ordenado las finanzas públicas, si hubiera acabado con el proteccionismo y si hubiera salido a terceros mercados.

Crisis del 2008. El 15 setiembre del 2008 el gigante bancario Lehman Brothers se declaró en quiebra y desencadenó una crisis mundial de gran tamaño.

Entre el 2003 y el 2007, la economía de Costa Rica creció, en promedio, un 6,6 % anualmente y fue posible tener un superávit fiscal y reducir la deuda al 24,1 % del PIB. Gracias al bajo endeudamiento, no fue necesario recurrir a ninguna línea de emergencia y la economía se recuperó en el 2010, cuando registró un crecimiento del 5 % del PIB.

No obstante, en el 2009, se agotaron muchos grados de libertad que teníamos, principalmente en el campo fiscal. No cabe duda de que la crisis del 2008 tuvo consecuencias serias y nuestra economía cayó al -1 % después una mejora sostenida.

La crisis financiera global del 2008 se debió el colapso de la burbuja inmobiliaria de las famosas hipotecas de alto riesgo en Estados Unidos, donde representaban un gran porcentaje de las inversiones en las bolsas y mercados.

La Reserva Federal tuvo que inyectar recursos a los bancos e invertir en decenas de empresas para sacar adelante la economía. En el 2008, se juntaron bancos, medios, académicos, brókeres y las agencias calificadoras para empapelar el mundo entero de hipotecas basura originadas por la incapacidad de los deudores para pagar.

El Plan Escudo, con el cual se ayudó a familias, trabajadores, empresas y el sector financiero fue un alivio para estos; no obstante, la medida no fue temporal, sino permanente, y el aumento del gasto corriente incubó un problema fiscal futuro.

Covid-19. Debido a la crisis producida por la covid-19, todas las economías entrarán en recesión. Los mercados de valores se han desplomado, así como los precios de muchos commodities.

Será más seria que la depresión de 1929 por los costos sociales y económicos de la paralización de la producción mundial.

Las actividades económicas, religiosas, educativas, deportivas y sociales están en pausa. La covid-19 se convirtió en semanas en el cisne negro. El precio del petróleo cayó en virtud de la merma en la demanda y el exceso de oferta.

El miedo al futuro tiene paralizada la inversión, y la pandemia está erosionando la economía mundial. Se habla de una reducción del 2,5 % de la producción mundial.

Solo en abril, la variación interanual proyectada es de -17 % del PIB, que irá mejorando conforme vaya abriéndose la economía y logramos vencer la covid-19.

La contracción proyectada es de -6 % del PIB, solo comparada con la vivida en 1982. La diferencia es que ahora estamos más diversificados, pero con una deuda pública que supera el 60 % del PIB, la cual asfixia las finanzas públicas.

Está claro que la contracción económica en el 2020 superará el 4 % del PIB, eso significa un impacto de $2.500 millones y más desempleo, pobreza y desigualdad.

Aprendamos las lecciones de las crisis anteriores. Hay que contraer el gasto público; esa es una responsabilidad impostergable. Los ingresos del gobierno cayeron un 23 % y estamos endeudándonos por unos $3.000 millones para poder salir este año.

Pero ¿qué haremos en el 2021? Hoy, tenemos que apoyar a los más necesitados, lo que no se vale es que el sector público siga sin recortar gastos y sin buscar soluciones sostenibles.

Aprendamos de las lecciones de las crisis de 1982 y el 2008. La tarjeta de crédito está al tope y todos debemos sacrificarnos. Esta crisis definirá la nueva Costa Rica.

El autor es ingeniero.