Carlos Alberto Montaner. 20 abril

Cuba está detrás del horror venezolano. La Isla aprendió de los soviéticos el arte de controlar a una sociedad, aunque el 80 % de las personas se opongan al sistema impuesto. Basta el 0,5 % de la población adscrita a la contrainteligencia para conseguir la sumisión del conjunto.

La gente obedece por temor, no por amor, y mucho menos por razones ideológicas. En Cuba y en Venezuela, como en todo el ámbito del socialismo del siglo XXI, del que apenas quedan Bolivia y Nicaragua, solamente existe un puñado de descerebrados que se crean las consignas marxistas-leninistas.

Pero el problema no es ese. Al fin y al cabo, no es la primera vez que un territorio pequeño controla una nación mucho mayor y más rica. Esa es la historia del Reino Unido y la India. El problema es a lo que se dedica la colonia, más allá de ser explotada por la implacable metrópoli cubana.

La jefatura militar venezolana, encabezada por Nicolás Maduro, el títere elegido por La Habana, se dedica, primordialmente, al narcotráfico. De ahí obtiene miles de millones de dólares. Mas ahí no terminan los compromisos venezolanos con el delito. Les presta apoyo a los terroristas islamistas, a Irán y a todo aquel que esté contra Occidente. Es la manera que tiene de dignificar sus actividades delictivas. Las cubre con un manto ideológico “antiimperialista” de izquierda.

Unidad de criterio. Eso es lo que piensan John Bolton, Mike Pompeo, Elliott Abrams y los cubanoestadounidenses Marco Rubio y Mauricio Claver-Carone. Nunca había habido una unidad de criterio tan consolidada en Washington. Todos saben lo que ocurre en Venezuela y no ignoran la importancia de Cuba como el poder detrás del trono.

El problema es cómo enfrentarse a ese peligro. Han llegado hasta a pedirle a Raúl Castro que abandone a su presa venezolana. Parece que ese era el mensaje que llevaba el príncipe Carlos en su sorprendente viaje a Cuba disfrazado de turismo. Es lo que Abrams les trasmite a sus interlocutores de Cuba y Venezuela.

Pero es inútil. Cuba está dispuesta a pelear hasta el último venezolano. Primero porque lo necesita desde un punto de vista material. El sistema impuesto a los cubanos —el “capitalismo militar de Estado”— es absolutamente improductivo y requiere adosarse a otra nación para que lo sostenga y mantenga. Y, segundo, porque durante 60 años le ha dado resultado para controlar el poder y sabe que sus adversarios cambian o se cansan. Todo está en mantenerse firmes en la misma posición.

Medidas tácticas. Ante estos hechos, John Bolton, asesor de seguridad de Donald Trump, el 17 de abril pasado, en Miami, reveló las medidas que Estados Unidos adoptará contra Cuba, Venezuela y Nicaragua, las tres naciones que constituyen hoy el imperio del mal.

Como se sabe, Estados Unidos ha optado por sanciones económicas incluidas en la Ley Helms-Burton aprobada por el Congreso y el Senado durante la administración demócrata de Bill Clinton. Esa ley viene a decir que todo país que haga negocios con Cuba, en transacciones que involucren las propiedades de estadounidenses, confiscadas por la revolución comunista, enfrentaría demandas ante los tribunales de EE. UU.

Asimismo, limita las remesas y las visitas de los migrantes cubanoestadounidenses a los niveles que tuvieron durante el gobierno de George W. Bush hijo e impone un periodo de seis meses sin atracar en Estados Unidos a los barcos que toquen previamente suelo cubano.

Realmente, esas son razonables medidas tácticas de mantenimiento de una semihostilidad, pero no necesariamente conducen al fin de las dictaduras de Cuba y Venezuela. Si lo que se pretende es liquidar esos gobiernos enemigos de Estados Unidos, se impone el desarrollo de una estrategia, sometida a un calendario, para lograr esos fines antes de las elecciones del 2020, cuando pudieran volverse las tornas.

Clave del éxito. Para alcanzar esos objetivos es necesario alinear todos los factores importantes y eso solo lo puede hacer Estados Unidos si habla en serio cuando afirma que se “reserva todas las cartas”. Ningún actor internacional de primer orden (Canadá, el Grupo de Lima, la Unión Europea, la OTAN) le negaría a Washington su respaldo para eliminar a unos Estados forajidos dedicados al narcotráfico y a las conspiraciones antidemocráticas, y seguramente colaborarían en el empeño.

De lo contrario, si Washington opta por limitarse a enseñar los dientes y ser un “tigre de papel”, como teme y ha escrito Humberto Belli, no tiene sentido mortificar con más penurias a la sociedad cubana. En ese caso, Estados Unidos debe volver a la estrategia de contención: vigilancia, propaganda y denuncias precisas contra los transgresores de las leyes.

Naturalmente, la pistola caribeña seguiría amenazando las cabezas de todos, como ha ocurrido a lo largo de seis décadas.

[© FIRMAS PRESS]

Carlos Alberto Montaner es periodista y escritor, su libro más reciente es una revisión de “Las raíces torcidas de América Latina”.