Shlomo Avineri. 17 abril

JERUSALÉN– El último triunfo electoral de Benjamín Netanyahu, que le valió un quinto mandato como primer ministro de Israel, es, por donde se le mire, un logro notable para él y su partido, el derechista Likud. Parece que las graves acusaciones de corrupción no disminuyeron el apoyo de su base electoral, y es evidente que sus estrechas relaciones con el presidente estadounidense, Donald Trump, y con el presidente ruso, Vladimir Putin, realzaron su posición en el país.

Está claro que Trump colaboró con la campaña de Netanyahu echando a la basura décadas de políticas estadounidenses. No solo retiró a Estados Unidos del acuerdo nuclear con Irán, negociado por su predecesor, Barack Obama, también trasladó la embajada estadounidense a Jerusalén y, pocos días antes de la elección, reconoció la soberanía israelí sobre los Altos del Golán.

Muchos deplorarán las tácticas trumpianas de Netanyahu —alentar el miedo y el odio a enemigos reales e imaginarios, deslegitimar a la prensa y atacar al sistema judicial—, pero funcionaron. Esto y la innegable habilidad de Netanyahu para las campañas lo ayudaron a contener el desafío que le presentó el nuevo partido Azul y Blanco encabezado por Benny Gantz, un ex jefe militar respetado, pero políticamente inexperto.

Como era de esperar, la mayoría de los analistas se concentraron en las cualidades personales de Netanyahu para explicar lo que a muchos les pareció una victoria improbable. Pero hay importantes razones estructurales para la permanencia del Likud en el poder: la economía israelí florece, la inflación no supera el 2 % y el desempleo está en mínimos históricos.

También influyen ciertas tendencias más profundas que trascienden la política y la economía. La histórica naturaleza liberal y socialdemócrata del Estado judío se basaba en la cosmovisión de sus fundadores a principios del siglo XX. Líderes sionistas como Chaim Weizmann, David Ben Gurion y Golda Meir entrelazaron la idea secular de autodeterminación nacional para el pueblo judío con una visión de justicia social. Aunque la práctica exitosa de estos valores se vio a veces impedida por presiones externas e internas —en particular durante el período de inmigración en masa posterior a 1948—, siempre definieron la ideología de una sociedad que se veía a sí misma como judía y democrática.

Esa cosmovisión ya no es de todos los israelíes. El crecimiento de Israel, que pasó de ser una tierra pobre y rodeada de enemigos con 650.000 residentes judíos al momento de su fundación a convertirse en una próspera nación con casi ocho millones de habitantes, dio lugar a cambios demográficos que en forma gradual, pero decisiva, alteraron la estructura social y la política del país. Ya está a la vista la profunda incidencia de esos cambios.

Desde fines de los ochenta, Israel recibió un millón de inmigrantes venidos de la extinta Unión Soviética que enriquecieron la ciencia, la tecnología, la música y la cultura del país. Pero también trajeron consigo actitudes políticas que reflejan décadas de vida bajo el dominio soviético: aunque mayoritariamente seculares, muchos creen en un Estado fuerte con una estructura de liderazgo jerárquica y tienen poca paciencia a foráneos o enemigos —en este caso, los árabes—. Como me dijo en broma una de esas personas: “No quiero vivir bajo Putin, pero quiero que mi líder sea como Putin”.

En el difuso ethos socialdemócrata del movimiento laborista israelí vieron una variante de bolchevismo, y el kibbutz les recordó al koljós soviético. Por eso muchos se sintieron mucho más cómodos con el nacionalismo decidido de Netanyahu que con la izquierda partidaria del derecho palestino a la autodeterminación.

Del mismo modo, a los migrantes venidos antes desde el norte de África y Oriente Próximo (las comunidades mizrajíes y sefardíes que ya forman casi la mitad de la población judía de Israel), el ethos secular e igualitario del laborismo les resultó profundamente contrario a su religiosidad y a sus valores patriarcales. Para muchos, los kibbutzim implican la ruptura de la familia y la secularización forzada, y muchos trajeron consigo recuerdos de opresión en sus países de origen de mayoría árabe. Menájem Beguín, primer jefe de Gobierno israelí del Likud, aprovechó el resentimiento de estos inmigrantes contra la hegemonía del establishment de izquierda.

Sus descendientes, junto con los inmigrantes de la antigua URSS, todavía son la base del electorado del Likud. En vista de la alianza natural del Likud con los partidos judíos ortodoxos y ultraortodoxos, la derecha cuenta con una ventaja inherente que no desaparecerá cuando Netanyahu salga de escena. Israel no va camino de convertirse en una “democracia iliberal” a la manera de Hungría; sus estructuras y normas democráticas siguen firmes —aunque las pondrá a prueba el inminente intento del Likud de conferir a Netanyahu inmunidad contra las acusaciones de corrupción que enfrenta—. Pero las bases institucionales del anterior dominio de los sectores liberales y socialdemócratas se han debilitado considerablemente.

El Partido Laborista —que gobernó el país por décadas— sufrió la erosión general de las fuerzas de centroizquierda que hoy caracteriza a las democracias occidentales. Estas tendencias se ven reforzadas por la incapacidad de los dirigentes palestinos para convencer a muchos israelíes de que realmente están dispuestos a aceptar al Estado judío.

Al glorificar a atacantes suicidas y otros terroristas como “soldados de la nación” y conceder pensiones oficiales a sus familias, la Autoridad Palestina no ayuda a que más israelíes apoyen una solución de dos Estados. Tampoco es indicio prometedor de una futura paz con Israel la guerra civil latente entre la Autoridad Palestina en Cisjordania y el movimiento islamista Hamás, que controla Gaza.

Pero aun así, el partido Azul y Blanco de Gantz terminó casi cabeza a cabeza con el Likud, al obtener 35 de los 120 escaños de la Knesset (contra 36 para el Likud). Junto con un menguado Partido Laborista (6 escaños) y el pequeño partido de izquierda Meretz (4 escaños), Azul y Blanco podría organizar una vigorosa oposición a la coalición nacionalista y religiosa de derecha de Netanyahu, que controlará 65 escaños. Pero para recuperar el apoyo popular perdido en las últimas elecciones, los opositores a Netanyahu tendrán que encontrar alternativas coherentes a los ataques del Likud a la prensa y al sistema judicial. Las tendencias demográficas no son favorables a una alternativa de centroizquierda en el futuro inmediato, pero no es imposible: el electorado está partido justo al medio.

Shlomo Avineri: es profesor de Ciencias Políticas en la Universidad Hebrea de Jerusalén y fue director general del Ministerio de Asuntos Exteriores de Israel. Su libro “Karl Marx: Philosophy and Revolution” saldrá publicado este año en Yale University Press.

© Project Syndicate 1995–2019