Nina L. Khrushcheva. 28 julio

MOSCÚ– La reciente declaración del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, sobre que cuatro congresistas demócratas de color —Ayanna Pressley, Alexandria Ocasio-Cortez, Ilhan Omar y Rashida Tlaib— deberían “regresar” a sus países fue un recordatorio más de su descarado racismo y sexismo. (Tres de ellas nacieron en Estados Unidos y la cuarta se convirtió en ciudadana de Estados Unidos cuando aún era menor de edad). Sin embargo, dicha declaración también resalta los perfiles en ascenso de las mujeres en el ámbito de la política, una tendencia que continuará, sin importar si aterroriza a hombres inseguros como Trump.

Hace un siglo en Europa, las sufragistas más destacadas, como Inessa Armand, Rosa Luxemburgo y Clara Zetkin, no tenían más remedio que buscar hombres poderosos para validar sus aspiraciones. Uno de ellos fue el líder soviético Vladimir Lenin, quien abogó por la eliminación de “las viejas leyes que colocaban a la mujer en desigualdad en relación con el hombre”. Armand, supuestamente, se involucró románticamente con Lenin, y Zetkin lo entrevistó sobre “el asunto relativo a las mujeres” en 1920, tras su discurso de 1919 sobre las “tareas del movimiento de mujeres trabajadoras en la República Soviética”.

A juzgar por el número cada vez mayor de mujeres en el escenario político —y dado que dicho número incluye a fascistas, liberales, verdes y socialistas— los días de la supremacía masculina están contados.

Si bien este abordaje fue comprensible, también fue comprobadamente ineficaz. Lenin insistió en que solo el socialismo, con su promesa de igualdad para todos, podría liberar a las mujeres. “Dondequiera que se conserva el poder del capital”, declaró en ese discurso, “los hombres conservan sus privilegios”.

Pero, si bien más del 80 % de las mujeres en la Unión Soviética de entre 15 y 54 años tenían empleos (según cifras de 1983), pocas habían cursado una carrera. Durante la era estalinista, a las mujeres explícitamente se les dijo que regresaran al “frente familiar”. Mi propia abuela se vio obligada a abandonar su puesto de educadora después de que mi abuelo, Nikita Khrushchev, fue nombrado jefe del Partido Comunista de Ucrania en 1937. Se suponía que ella serviría de ejemplo para otras esposas de funcionarios políticos que trabajaban fuera del hogar.

Hoy, no solo hay muy pocas mujeres en el gobierno del presidente ruso Vladimir Putin; sus roles son en gran parte ceremoniales. En un país donde el abuso doméstico mata, en promedio, a una mujer cada 40 minutos, una enmienda que despenaliza algunas formas de violencia doméstica fue fácilmente aprobada por la Duma (parlamento ruso) en el 2017, y luego fue promulgada por Putin.

Por el contrario, si bien muchas democracias europeas quedaron rezagadas en comparación con los avances soviéticos con respecto al sufragio femenino —Bélgica, Francia e Italia, por ejemplo, no concedieron a las mujeres el derecho al voto pleno hasta la década de los cuarenta— dichas democracias llegaron a ser mucho más propicias para el ascenso profesional de la mujer.

Hace cuarenta años, la primera ministra británica Margaret Thatcher, a pesar de que a menudo fue inflexible y dogmática, ayudó a romper el proverbial techo de cristal. Y, en los últimos 15 años más o menos, la escalera del ascenso femenino ha llegado cada vez más alto y es más concurrida que nunca. Angela Merkel, desde que se convirtió en la primera mujer elegida canciller de Alemania, en el 2005, pasó a figurar como la tercera en la lista de cancilleres con mayor cantidad de años en el puesto. Es probable que otra mujer, Annegret Kramp-Karrenbauer, ministra de Defensa de Alemania, sea su sucesora en el 2021.

Dalia Grybauskaitė, la Dama de Hierro de Lituania, quien se convirtió en la primera presidenta de su país en el 2009 (dejó el cargo este mes), tiene opiniones de centroderecha, pero no está afiliada a ningún partido político. La conservadora Erna Solberg, primera ministra de Noruega desde el 2013, logró un equilibrio entre el libertarismo y el estado de bienestar. Yulia Timoshenko llegó al cargo de primera ministra dos veces, en medio de un ambiente político plagado de machismo.

La liberal conservadora Kersti Kaljulaid tiene el título de ser la primera jefa de Estado de Estonia, en el 2016, así como la persona más joven en asumir la presidencia de dicho país. Y, el mes pasado, la socialdemócrata Mette Frederiksen fue elegida la primera ministra más joven de Dinamarca y la segunda mujer en ocupar el cargo. Al mismo tiempo, otra poderosa mujer política, la nacionalista Pia Kjærsgaard, cofundadora del Partido Popular Danés, renunció a su puesto de presidenta del Parlamento de Dinamarca después de ocupar el cargo durante cuatro años.

A su vez, otro partido de extrema derecha, el Rally Nacional de Francia (antes el Frente Nacional), también tiene una mujer líder, Marine Le Pen, quien en el 2011 tomó la posta de su padre, Jean-Marie Le Pen, con el objetivo de ampliar el atractivo del partido y hacer que las opiniones extremas de su padre sean más aceptables.

Asimismo, a la ex primera ministra británica Theresa May se le encomendó la tarea de limpiar el desastre creado por su antecesor masculino, David Cameron. Después de haber convocado al referendo por el brexit para apaciguar a los euroescépticos en su Partido Conservador, la única opción que tuvo Cameron cuando la votación no arrojó los resultados que él esperaba fue dimitir. May, quien también se oponía a salir de la Unión Europea, recibió la misión de hacer que, de alguna manera, dicha salida funcionara. (No pudo, así que no llevó a cabo dicha misión).

Durante su mandato como comisaria de competencia de Europa, Margrethe Vestager, de Dinamarca, tomó medidas audaces para controlar a la industria big tech. La exministra de Finanzas francesa Christine Lagarde, quien fue la primera directora gerenta del Fondo Monetario Internacional, elegida en el 2011, ahora será confirmada como la primera mujer presidenta del Banco Central Europeo. Y la protegida de Merkel, Ursula von der Leyen, asumirá el cargo de primera presidenta de la Comisión Europea.

En cuanto a Estados Unidos, aunque la exsecretaria de Estado Hillary Clinton perdió frente a Trump en el 2016, sentó un precedente y obtuvo más votos que su contrincante. Las elecciones de mitad de período del 2018 trajeron un número récord de mujeres al Congreso de los Estados Unidos, incluidas aquellas cuatro congresistas que han estado en la mira de Trump. Y dos de los cinco candidatos favoritos para enfrentarse a Trump en las elecciones del 2020 son mujeres.

Ninguna de estas necesita la validación de los hombres. Sin embargo, eso no significa que no agradecerían el apoyo de los hombres, ya sea político, personal o incluso artístico. Por ejemplo, Philipp Stölzl está en proceso de llevar al escenario una adaptación contemporánea del Rigoletto de Giuseppe Verdi en Austria. En su opinión, Rigoletto —obra en la que un bufón de la Corte intenta poner fin a las actividades licenciosas de su poderoso empleador— es la ópera ideal para la era del movimiento #MeToo. Quizás por eso una mujer, la directora de ópera australiana Lindy Hume, trae su propia adaptación a Seattle el próximo mes.

En el mundo de hoy, al igual que en Rigoletto, los hombres continúan teniendo un poder desproporcionado, que a menudo utilizan para impedir que las mujeres ganen más. Pero, a juzgar por el número cada vez mayor de mujeres en el escenario político —y dado que dicho número incluye a fascistas, liberales, verdes y socialistas—, los días de la supremacía masculina están contados. No es de extrañar que estemos siendo testigos de una violenta reacción en contra de dicha situación proveniente de “machos alfa”, como por ejemplo Trump.

Nina Khrushcheva: profesora de Asuntos Internacionales en The New School. Su libro más reciente (con Jeffrey Tayler) es “In Putin’s Footsteps: Searching for the Soul of an Empire Across Russia’s Eleven Time Zones”.

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