Lauren Hendricks. 24 mayo

WASHINGTON, D. C.– En Honduras, El Salvador y Guatemala, las mujeres que buscan escapar de la pobreza abriendo pequeños negocios suelen descubrir que el éxito trae consigo más sufrimiento, no solo para ellas, sino también para sus hijos. Más allá de tener que lidiar con una cultura de machismo, una protección débil del Estado hace que las emprendedoras exitosas sean vulnerables a pandillas y milicias armadas. La dueña de una pequeña compañía de cosméticos lo dijo con estas palabras: “Siento que es mejor que mi negocio no progrese porque si crece seré víctima de extorsión”.

Una investigación reciente confirma esos temores. Women and Girls Empowered (WAGE), iniciativa con sede en Estados Unidos cuya misión es reducir las barreras legales, económicas y normativas para la actividad comercial femenina en los países pobres, recientemente realizó 27 grupos de sondeo en Honduras y El Salvador. Muchas de las barreras para el empoderamiento económico de las mujeres que se identificaron —como el acceso limitado al crédito, la falta de educación empresaria y financiera, los derechos de propiedad desiguales y la falta de conexión con las redes sociales y los mercados— están presentes a escala global.

Pero las mujeres en América Central enfrentan amenazas adicionales originadas en la violencia de las pandillas y la actividad criminal organizada. Las tasas de feminicidio —el asesinato de una mujer o de una joven por cuestiones vinculadas al género— han alcanzado niveles epidémicos. En Honduras, hubo 5,8 feminicidios por cada 100.000 mujeres en el 2016. En El Salvador, la tasa es apabullante: 10,2 por cada 100.000. Las pandillas también obligan a los niños a integrarse a ellas y someter a las niñas a abusos sexuales.

Para las emprendedoras, la amenaza de un daño físico se ve agravada por las exigencias de sobornos o “impuestos” por parte de las pandillas. Para evitar llamar la atención de estos grupos, las mujeres prescinden de vidrieras o carteles, y operan sigilosamente desde sus casas, donde ofrecen productos directamente a los clientes. Viajan a ciudades alejadas —muchas veces a altas horas de la noche— para vender sus mercancías, lo que aumenta el riesgo comercial y los costos de transporte. Todo esto limita el potencial de crecimiento de sus negocios.

Ahora bien, simplemente renunciar al negocio propio tampoco es una buena opción. Las pequeñas empresas siguen siendo una de las pocas vías disponibles para salir de la pobreza en América Central, especialmente para las mujeres, que enfrentan tasas de desempleo un 50 % más altas que las de los hombres, debido en parte a normas culturales que impiden trabajar fuera de la casa. Como le dijo una mujer salvadoreña a WAGE, “a mi marido no le gusta que yo trabaje. Si no le obedezco, corro el riesgo de que abuse de mí”.

Cuando la única opción para escapar de la pobreza implica ponerse un blanco en la espalda y en la de la familia, el futuro se ve lúgubre. Naturalmente, muchas mujeres centroamericanas desesperadas han huido de su casa —muchas veces descalzas y con los hijos a cuestas— en busca de seguridad y oportunidades en Estados Unidos. Pero por cada mujer que se va, muchas más quedan atrás, ya sea en su ciudad natal o en ciudades nuevas en el interior de su país, donde no les queda más que esperar que su flamante anonimato les ofrezca cierta seguridad.

La capacidad de ganar un ingreso decente y vivir de manera segura dentro de su propia comunidad es vital no solo para el bienestar propio, sino también para el desarrollo económico y la estabilidad política. Por eso, las iniciativas que buscan promover el crecimiento económico en América Central —o, para el caso, en cualquier otra parte— deben abordar claramente las necesidades de las mujeres emprendedoras.

Si bien no hay soluciones simples, se pueden tomar medidas alentadoras. En el centro de toda estrategia destinada a mejorar las condiciones de las mujeres emprendedoras en América Central deberían estar las instituciones de microcrédito (IMC) locales.

Las mujeres dependen de las IMC para mucho más que financiamiento de empresas nuevas. Según una investigación de WAGE, también buscan educación financiera y ayuda para la planificación de emergencia, para facilitar una huida rápida si fuera necesario; todo de manera discreta.

Las IMC deberían prestar atención a las necesidades de las emprendedoras y adaptar sus servicios según corresponda. Por ejemplo, deberían ofrecer productos financieros que les permitan a las mujeres ahorrar en secreto, lejos de la mirada entrometida de sus maridos, los socios de sus parejas o los miembros de pandillas. También ayudarían los productos de crédito que ofrezcan tasas de interés más bajas o fomenten objetivos específicos, como ahorros para emergencias de salud, incluidos ataques físicos.

Los consumidores globales también tienen un papel que desempeñar a la hora de mejorar las perspectivas económicas de las mujeres en América Central. Unas 300 compañías internacionales operan solamente en Honduras, en sectores que van de los textiles a la electrónica. Los compradores de sus productos, en Estados Unidos y otras partes, deberían utilizar la fuerza de sus billeteras para persuadir a esas empresas a promover un cambio en las comunidades donde operan.

Presionadas por sus clientes, las empresas internacionales que operan en América Central deberían usar su influencia para exigir que los gobiernos locales y nacionales eliminen la corrupción que permite la impunidad y sancionen leyes que protejan a las mujeres y a los niños. Al mismo tiempo, deberían crear alianzas con las IMC y organizaciones de la sociedad civil para crear iniciativas de responsabilidad social empresarial que respalden directamente a las comunidades locales, especialmente a las mujeres.

Los gobiernos extranjeros, empezando por Estados Unidos, deberían respaldar el progreso en la región, incluso a través de un suministro continuo de ayuda. Los investigadores han demostrado que, en medio de sacudidas económicas severas, la ayuda extranjera puede contribuir significativamente a la prevención del conflicto. Dado el efecto poderoso que esto tendría en los flujos de inmigrantes, Estados Unidos debería estar motivado para fortalecer sus esfuerzos para ayudar a reducir la pobreza y la violencia en América Central.

Como están dadas las cosas hoy, las mujeres en la región enfrentan una elección imposible entre escapar de la pobreza y mantenerse a salvo; en muchos casos, no alcanzan ninguna de las dos cosas. Tienen el impulso para fundar pequeñas empresas, mejorar el bienestar de sus familias, alimentar el crecimiento económico local y fortalecer la estabilidad regional. Pero necesitan apoyo. Y nosotros debemos dárselo.

Lauren Hendricks: es vicepresidenta ejecutiva de la Grameen Foundation, miembro del Consorcio WAGE.

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