Daniel Zovatto. 19 octubre, 2019

El superciclo electoral latinoamericano entró este mes en la recta final, con un maratón conformado por tres elecciones —Bolivia, Argentina y Uruguay—, en dos de las cuales los mandatarios Evo Morales y Mauricio Macri buscarán la reelección.

Bolivia inicia hoy, seguida por Argentina y Uruguay, el domingo 27. A finales del año, 15 de los 18 países de la región habrán celebrado elecciones presidenciales en un período de tan solo 36 meses (2017-2019) gestando una reconfiguración del mapa político latinoamericano cuyas tendencias trataremos en la parte final de este artículo.

Agenda llena. La agenda electoral 2019 es intensa: en solo ocho días tendrán lugar tres elecciones presidenciales. Evo Morales (Movimiento al Socialismo), empujado por el crecimiento económico y la reducción de la pobreza, va hoy por su cuarto mandato consecutivo frente a una oposición fragmentada.

La derrota sufrida por Morales en el referendo del 2016 le había cerrado la posibilidad de una nueva postulación. Pero, ayudado por Justicia —bajo su influencia—, forzó una interpretación de la Constitución que lo habilitó a aspirar a seguir en la presidencia.

Los últimos sondeos dan cuenta de una gran polarización entre Morales —quien encabeza la intención de voto en la primera vuelta— y el expresidente Carlos Mesa, principal candidato opositor (Comunidad Ciudadana).

Hay encuestas para todos los gustos, desde las que anticipan una contienda reñida entre Morales y Mesa, y la necesidad de ir a una segunda vuelta, hasta las que vaticinan un triunfo contundente de Evo en la primera ronda.

Como vemos, todos los escenarios están abiertos en los comicios más reñidos que Evo ha enfrentado en sus 13 años en el poder. El apoyo de los indecisos (15 %) será clave para definir si Evo gana en primera vuelta o si deberá ir a un balotaje.

En Argentina, las elecciones del 27 de octubre tendrán lugar en una profunda crisis económica y social, y en un escenario de polarización política. La amplia victoria del binomio opositor Alberto Fernández-Cristina Fernández de Kirchner (Frente de Todos) sobre Mauricio Macri-Miguel Ángel Picheto (Juntos por el Cambio) obtenida en las primarias del 11 de agosto, debilitó al presidente y dejó a Fernández, según las últimas encuestas, como el favorito para ganar la presidencia en primera vuelta.

El mismo 27 de octubre, los uruguayos efectuarán las elecciones generales más inciertas y competitivas desde 1989. El Frente Amplio muestra un significativo desgaste después de tres períodos consecutivos de gobierno (15 años) y una economía en problemas.

Las internas, llevadas a cabo el 30 de junio, definieron a los candidatos de las cuatro principales fuerzas políticas: Daniel Martínez (Frente Amplio), Luis Alberto Lacalle Pou (Partido Blanco), Ernesto Talvi (Partido Colorado) y el exgeneral Guido Manini Ríos (Cabildo Abierto).

De momento, Martínez lidera las encuestas de cara a la primera vuelta, con una intención de voto que oscila entre el 33 % y el 40 %, seguido de Lacalle Pou, con entre un 25 % y un 28 %. En un distante tercer lugar, aparecen Talvi y Manini Ríos, con una intención de voto que va del 10 % al 13 %.

Las encuestas señalan asimismo que habrá necesidad de ir a un balotaje el 24 de noviembre y que, en la segunda vuelta, Lacalle Pou tiene buenas posibilidades de vencer a Martínez. También anticipan que el nuevo Congreso será más plural y ningún partido obtendrá mayoría en ambas cámaras.

Tendencias. Los resultados de estas elecciones definirán las principales tendencias y características del nuevo ciclo político y su impacto en la reconfiguración geopolítica regional.

En los tres casos, la competencia está polarizada y existe mucha incertidumbre en escenarios abiertos con finales reservados. En los tres países, las fuerzas políticas de izquierda son las favoritas para ganar las primeras vueltas. En cambio, existe menos claridad acerca de si habrá necesidad de ir a una segunda, y, si así fuera, qué sucederá en esta.

Pese a la incertidumbre, arriesgo pronóstico: giro al centroizquierda de Argentina con el triunfo de Fernández en primera vuelta. Giro al centroderecha en Uruguay, con la victoria de Lacalle Pou en segunda vuelta. Y, salvo una gran sorpresa, reelección de Evo (la tercera consecutiva) en Bolivia, en la primera vuelta.

Me pregunto: una derrota de Macri, ¿estaría anticipando el retorno de gobiernos progresistas y el fin del ciclo político de centroderecha y derecha que él mismo inauguró en el 2015 en América del Sur? No necesariamente.

Lo que observo, más que el regreso de una ola de gobiernos progresistas, es un un voto de enojo, un voto de castigo a los oficialismos (tanto de derecha como de izquierda) y, por consiguiente, la sustitución de los ciclos largos de gobierno de las décadas pasadas por ciclos más cortos debido al fuerte desgaste que afecta a los mandatarios al tener que gobernar en contextos crecientemente complejos y, en un cuantioso número de países, sin contar con mayoría propia en los Congresos.

En otras palabras, más que el inicio de un nuevo ciclo político vinculado al eje derecha-izquierda, lo que veo es la prevalencia de un voto de castigo contra los oficialismos (con independencia de su signo político) y, consecuentemente, una tendencia favorable a la alternancia y a la heterogeneidad ideológica.

En efecto, en 7 de las 12 elecciones presidenciales celebradas dentro del superciclo (2017-2019), ganó la oposición (Chile, Colombia, México, Brasil, El Salvador, Panamá y Guatemala); solo en tres países hubo continuidad oficialista (Ecuador, Costa Rica y Paraguay); y en otros dos (Honduras y Venezuela), el triunfo del oficialismo fue forzado mediante procesos electorales caracterizados por reelecciones consecutivas con elevados niveles de irregularidades.

Resumiendo: en este nuevo escenario regional, los mandatarios deberán concentrar su energía en recuperar la confianza ciudadana y aprender a gobernar en contextos mucho más complejos, de incertidumbre y volatilidad, y producir resultados rápidamente para dar respuesta a las expectativas y demandas de la población.

En caso contrario, como ya observamos en varios países de la región (las recientes crisis en Perú y Ecuador son ejemplo de ello), la frustración ciudadana podría generar mayor crispación social, una acelerada pérdida de apoyo popular y graves crisis de gobernabilidad.

El autor es director regional de IDEA Internacional.