Joschka Fischer. 6 julio

BERLÍN– La pandemia de covid‑19 está ingresando en su segunda fase, mientras los países reabren gradualmente sus economías y relajan, o incluso anulan, estrictas medidas de distanciamiento social.

Pero a menos que aparezca una terapia o vacuna eficaz y de acceso universal, la transición a la “normalidad” será más una aspiración que una realidad.

Para colmo, conlleva el riesgo de generar una segunda oleada de contagios en los niveles local y regional, e incluso en una escala mucho mayor.

Es verdad que las autoridades políticas, los profesionales de la salud, los científicos y la población en general han aprendido mucho de la experiencia de la primera ola.

Aunque una segunda ola de contagios no será igual a la primera. La respuesta no se basará en un confinamiento total que paralice la vida económica y social, sino más bien en reglas estrictas, pero selectivas en lo referido al distanciamiento social, el uso de mascarillas, el teletrabajo, las videoconferencias, etcétera.

Pero según la intensidad de la próxima ola, es posible que en los casos más extremos todavía se considere necesario decretar cuarentenas locales y regionales.

Igual que la primera ola de la pandemia, la segunda fase significará un trío de crisis simultáneas. Al riesgo de que los nuevos contagios se salgan de control y la enfermedad vuelva a propagarse por el mundo, hay que añadir las consecuencias económicas y sociales ya iniciadas, y un conflicto geopolítico cada vez más intenso.

La economía mundial ya está en una recesión profunda, y la recuperación no será rápida ni fácil. Y esto, sumado a la pandemia, será un factor en la creciente rivalidad chino-estadounidense, en particular en los meses previos a la elección presidencial de noviembre en los Estados Unidos.

Como si el efecto desestabilizador de esta triple conmoción sanitaria, socioeconómica y geopolítica no fuera suficiente, no se puede ignorar el factor Trump.

Si el presidente estadounidense, Donald Trump, consigue otros cuatro años en el cargo habrá un drástico aumento del caos mundial; por otra parte, una victoria de su adversario demócrata, Joe Biden, por lo menos traerá más estabilidad.

La trascendencia de lo que está en juego en la elección presidencial de los Estados Unidos no podría ser mayor.

En vista del agravamiento de las crisis mundiales, no es exagerado decir que la humanidad se aproxima a una encrucijada histórica.

Es probable que la recesión económica no alcance a apreciarse en toda su magnitud hasta los últimos meses del año, momento cuando, casi con certeza, caerá como otro shock, porque el mundo ya no está acostumbrado a contracciones tan drásticas.

Desde un punto de vista psicológico, y también en los hechos, estamos acostumbrados al crecimiento continuo.

¿Podrán los países más ricos de Occidente y Asia manejar una recesión profunda, general y prolongada, o incluso una depresión?

Aun si billones de dólares en paquetes de estímulo resultaran suficientes para eludir un derrumbe total, la pregunta es qué vendrá después.

En el peor escenario (que no es imposible), Trump obtiene la reelección, la segunda ola de la pandemia es global, el derrumbe de las economías no se detiene y la nueva guerra fría en el este de Asia se pone caliente.

Pero aun sin suponer lo peor, la triple crisis será el heraldo de una nueva era, que demandará la reconstrucción de los sistemas políticos y económicos nacionales y de las instituciones multilaterales.

Incluso en el mejor escenario, no es posible un regreso al statu quo. El pasado quedó atrás; lo único que cuenta ahora es el futuro.

No nos hagamos ilusiones con respecto a lo que puede y debe venir a continuación. La pandemia ha generado crisis tan profundas y abarcadoras que el resultado inevitable será una redistribución radical del poder y de la riqueza globales.

Las sociedades que se hayan preparado reuniendo la energía, el conocimiento y las inversiones necesarias saldrán victoriosas; las que no consigan ver lo que viene se encontrarán entre las perdedoras.

No olvidemos que mucho antes de la pandemia el mundo ya atravesaba una transición hacia la era digital, con amplias implicaciones para el valor de las tecnologías tradicionales, las viejas industrias y la distribución mundial del poder y la riqueza.

Además, ya hay una crisis global aún mayor totalmente visible en el horizonte. Las consecuencias del cambio climático descontrolado serán mucho peores que cualquier cosa que hayamos visto, y para este problema no habrá vacuna que valga.

De modo que la pandemia de covid‑19 es un punto de inflexión real. Llevamos siglos basándonos en un sistema de economía política formado por Estados nacionales soberanos centrados en sus intereses, industrias dependientes de los combustibles fósiles (en el capitalismo y en el socialismo por igual) y el consumo de recursos naturales finitos.

Este sistema está cada vez más cerca de llegar al límite, y un cambio radical es inevitable.

La tarea ahora es aprender lo más que podamos de la primera ola de la triple crisis. Para Europa, que parecía haber quedado muy rezagada en términos económicos y geopolíticos, este momento representa una oportunidad inesperada de resolver sus obvias falencias.

Europa tiene los valores políticos (democracia, Estado de derecho e igualdad social), el conocimiento técnico y el poder de inversión necesarios para una acción decisiva en pos de sus principios y objetivos y los de la humanidad toda. La única pregunta es: ¿Qué están esperando los europeos?

Joschka Fischer: exministro de Asuntos Exteriores y vicecanciller de Alemania entre 1998 y 2005, fue durante casi veinte años uno de los líderes del Partido Verde alemán.

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