Yalena de la Cruz. 19 enero

Sería deseable decir que el matrimonio es una cuestión de amor. Lamentablemente, la historia no nos permite afirmarlo.

Durante siglos, hubo matrimonios arreglados entre las monarquías europeas; era asunto de poder y de deber. El matrimonio morganático impedía ocupar el trono al varón casado con una plebeya, y obligó a abdicar a Alfonso XIII (con negación de la sucesión a Jaime de Borbón) y al rey Eduardo VIII, quien ya coronado renunció a su investidura para casarse con la —¡además!— dos veces divorciada Wallis Simpson.

Por suerte para el amor, hubo cambios en la realeza: Felipe de Borbón contrajo nupcias con Letizia Ortiz, divorciada y plebeya; el príncipe Guillermo, con la plebeya Kate Middleton, sin impedimento para llegar a reinar; Enrique de Sussex, con Meghan Markle, divorciada, plebeya, no británica y afrodescendiente. Por cierto, también estuvieron prohibidos los matrimonios interraciales.

Conveniencia y obligación. Pero no solo en las monarquías hubo matrimonios por conveniencia. Todos conocemos historias de personas que fueron obligadas a casarse, de mujeres a las que se les escogió marido, de varones gais casados para guardar las apariencias y terminaron divorciados y desclosetados, e incluso, algunos de ellos, declarándose transgénero, como el atleta olímpico Bruce Jenner, hoy llamada Caytlin.

A los matrimonios arreglados o por conveniencia se suma una atrocidad ferozmente combatida por la Unicef: el matrimonio de niñas, frecuente en el África subsahariana y en Asia meridional.

Otro horror es el de los matrimonios para reparar el delito de violación: se absuelve al violador cuando se casa con la víctima y esta termina revictimizada.

De seguro usted conoce de adolescentes obligados a casarse porque la muchacha quedó embarazada: había que tapar la vergüenza social en un mundo que prohibía el coito prematrimonial.

No falta en esta lista de matrimonios por conveniencia quien se ha casado solamente “para no perder el tren”: el mandato social obligaba a contraer matrimonio “antes de los treinta”.

Por supuesto, existen también personas que se casaron por amor. ¡Enhorabuena! Es lo deseable: unir dos vidas en el amor, en la ilusión, en la esperanza. Todos conocemos matrimonios así realizados: unos terminan en divorcio y otros envejecen juntos, año tras año acrecentando su amor…

Duración. En cuanto a duración, las estadísticas costarricenses evidencian que, en el 2018, uno de cada dos matrimonios terminó en divorcio.

Resumiría así los anteriores párrafos: aunque muchas parejas contraen matrimonio por amor, otras lo han hecho por tradición, obligación, interés o deber, y no siempre la unión ha sido duradera.

Por otro lado, el matrimonio religioso obedece a una cuestión de fe. Quien se casa bajo la fe de su religión (católica romana, ortodoxa rusa y ortodoxa griega, evangélica, judía, islámica, budista, hinduista, sintoísta, etc.), acepta las reglas que su credo le impone.

Mientras la Santa Sede no informe lo contrario, bajo el catolicismo romano, el matrimonio es un sacramento para varón y mujer, y debe recibirse una sola vez, excepto cuando uno de ellos fallece (caso en el cual la persona viuda puede volver a casarse bajo el rito religioso), y permitido solo a seglares.

En Costa Rica, desde 1888, la existencia del matrimonio civil ha permitido la coexistencia del acto civil y de los ritos religiosos en un patrón que también ha venido cambiando: las estadísticas nacionales dan cuenta de que en 1985 los matrimonios católicos duplicaron los civiles, mientras que en el 2018, los civiles triplicaron los católicos. Según datos del INEC, en el 2014 nacieron 29.500 niños cuyas madres tenían una relación de unión libre y 21.908 niños cuyas madres estaban casadas.

En cuanto a familias, hijos criados con solo papá o solo mamá, mamá con padrastro o papá con madrastra, abuelos, tíos, homoparentales y tantas otras formas más, fueron evidenciadas en el Censo de Hogares del 2011 (INEC): nuestra sociedad está formada por familias diversas, unidas en distinta forma: de hecho, religiosa y civil.

Sin derecho. Pese a su existencia real, los homosexuales y las lesbianas han tenido vedado su derecho a casarse y formar legalmente una familia. Según datos del citado Censo, en el 2011 existían en nuestro país 1.114 hogares homoparentales; una cuarta parte de estos, con hijos siendo criados por dos mamás o por dos papás. Nueve años después, es de suponer que ese número haya aumentado.

Son familias de hecho, pero sin derechos, sin reconocimiento legal, muchas veces escondidas por temor a agresiones (recrudecidas en la última elección presidencial). Son familias que también han sufrido la discriminación o son ignoradas o marginadas hasta por sus familias, avergonzadas de tener un hijo gay o una hija lesbiana.

¡Cuántos muchachos echados de sus casas por atreverse a amar a alguien de su mismo sexo! ¡Tantos casos en el camino terminaron en suicidio ante el dolor y la incomprensión!

Viraje social. Pero nuestra historia cambió su rumbo. Con el pronunciamiento de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (opinión consultiva OC 24/17) y la interpretación de la Sala Constitucional sobre su carácter vinculante, el matrimonio igualitario será posible a partir del 26 de mayo.

Cada matrimonio igualitario dejará atrás la historia de atropellos, de ignorancia, de burla, de desprecio. Habrá un acto de orgullo al decir: sí, acepto. Acepto legalizar una unión de amor. Acepto legalizar una familia con orgullo. Acepto vivir la vida libremente, sin tener que esconderse, sin imposiciones, sin tener que remediar embarazos o violaciones, sin tener que pegar carrera porque el tren se va…

En este 2020, cada pareja del mismo sexo que decida casarse ejercerá un derecho en el ejercicio pleno de su libertad y reconocimiento de su dignidad humana. Con su empoderamiento y legalización, cada familia homoparental contribuirá a una trascendental transformación de nuestra sociedad.

Hacer uso del derecho al matrimonio igualitario es atreverse a disfrutar de las oportunidades plenas y decidirse a vivir en un mundo sin discriminaciones.

La autora es odontóloga.