Jacques Sagot.   4 agosto, 2019

El ser humano se ha convertido en una criatura profundamente solitaria. ¿Siempre lo fue? No al punto que lo es hoy. Cierto, todos hemos oído hablar de la soledad ontológica, de la “separatidad existencial” (Fromm), del hombre insular, aislado, del hombre-insecto de Kafka. Pero la soledad se ha transformado en la sustancia misma de nuestra existencia. Actuamos en y desde ella. Aún más: nos hemos convertido en nuestra soledad.

Unamuno establecía una diferencia radical entre soledad y solitariedad. La segunda es un aislamiento voluntario, provisional, por medio del cual el ser humano elige quedarse a solas consigo mismo para la contemplación, la reflexión y favorecer los procesos creativos (Beethoven separado del mundo durante un mes mientras componía el “Credo” de su Missa solemnis); esa de la que hablaba Fray Luis de León: “¡Qué descansada vida la del que huye del mundanal ruido y sigue las escondidas sendas por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido!”.

Esta soledad es un espacio acotado, libremente escogido y no tiene por propósito otra cosa que una posterior reinmersión en el mundo de los hombres, a fin de compartir con ellos la obra que requirió el silencio y el recogimiento para su gestación.

Esa no es problemática y, antes bien, debería ser cultivada por todo ser humano, como una especie de calistenia espiritual, un ejercicio para la higiene del alma (quien no puede quedarse a solas consigo mismo no es más que un esclavo de sus fantasmas, sus demonios, las voces internas que lo habitan y atormentan, esas que urge silenciar a través del barullo, de una sociabilidad frenética y estrepitosa).

Cosa muy diferente es la soledad. Esa no se elige. Es ella quien, infortunadamente, nos toma a nosotros por residencia. Es una atmósfera. Nos rodea, nos contiene y, paradójicamente, nos asfixia. Deviene un elemento constitutivo de nuestro ser: nos constituye. Somos nuestra soledad.

Un grillete, una cadena que arrastramos miserablemente, a veces sin siquiera ser conscientes de ello. La llevamos con nosotros, como nuestro peso, por doquier andamos. Y no es condición de posibilidad para la gran creación, para la obra imperecedera (Beethoven, Fay Luis de León), ni siquiera para el reencuentro sereno y conciliador con nosotros mismos. No genera nada. Es estéril, yerma... tan solo un nombre más para el dolor. En el sentido más puro del término: una tragedia y una máscara de la muerte.

Diferencia. Max Scheler, padre de la antropología filosófica, hablaba de tres tipos de soledad: la soledad física (un hombre perdido en medio del desierto), la soledad social (un hombre en una ciudad con doce millones de habitantes donde nadie habla su lengua y no tiene un solo amigo), finalmente la soledad moral (un hombre inserto en un cosmos humano en el que, a pesar de tener innúmeros amigos y familia abundosa, tuviese que nadar a contrapelo de la sociedad, esto es, de sus axiologías ética, estética, política, religiosa).

Como decía Ortega y Gasset, “ser diferente es, siempre, ser indecente”. Quienes optan por ser diferentes, tendrán que cargar con el sambenito de la indecencia. Serán señalados, marginados, mirados con recelo. Son las piecitas que han decidido salirse del enorme engranaje que muele a los seres humanos, esos individuos que renuncian a seguir siendo tuercas, piñones, poleas, y en un acto de suprema dignidad y valentía le dicen “no” a la maquinaria: no serán ya molidos por sus implacables “indentaciones”, tal Charlot, en Los tiempos modernos.

En el tercer caso, el hombre no está físicamente solo (eso es obvio), y tampoco socialmente (no carece de interlocutores, no está confinado a lo que Unamuno llamaba “el monodiálogo”)... pero la soledad moral es, acaso, más difícil de sobrellevar que las otras dos. Íntima, secreta, sordamente solo está, quien la padece. Una soledad “con sordina”, sotto voce.

Contra las dos primeras formas de soledad, tenemos paliativos de todos conocidos, pero la tercera es, por el contrario, muy difícil de aliviar. Si el ser humano quiere ser coherente con su íntimo sentir, mantener su “integridad ontológica” (Heidegger), si quiere que la palabra y la acción sean en él hermanas gemelas, si no quiere caer en los dobles, triples o cuádruples discursos, deberá asumir que su existencia generará una disonancia más o menos perturbadora con su entorno.

Nunca será elegido Mister Congeniality, nunca será votado Míster Simpatía, nunca será homenajeado en los carnavales de fin de año. Aún más: es probable que, tarde o temprano, muera apuñalado por la espalda. Eso, o bien representar la comedia social, colgarse el antifaz y salir a la gran mascarada de la vida a repetir el libreto que su entorno le ha pautado, a fin de no irritar, ofender, perturbar a aquellos que constituyen su marco de referencia.

El precio de la autenticidad. En el fondo, todo se reduce al “Ser o no ser” shakespeariano. Hay un nombre para esto: autenticidad, y se paga un alto precio por ella. Si decidimos vivir para los demás, conformar con ellos consonancia perfecta —habitar el infierno de Sartre—, entonces tendremos que negarnos. Vivir enajenados, esto es, ajenos a nosotros mismos. Una especie de esquizofrenia. Escindidos, fracturados, en constante fingimiento: el actor que, después de haber interpretado mil veces el papel de Hamlet termina tomándose a sí mismo por el príncipe de Dinamarca.

Si optamos por constituir disonancia, viviremos de conformidad con nuestras axiologías íntimas, pero sufriremos la soledad moral de que hablaba Scheler. Nos miraremos todos los días al espejo y podremos decirnos con satisfacción: he sido coherente, entre mi pensamiento y mi acción existe continuidad. Inmenso gozo —quién lo duda— pero espérense al momento de salir a la calle: ahí los espejos serán las miradas de los demás, y la imagen que nos devolverán —censura, sanción— podría no gustarnos.

Sentido de pertenencia. Más que nunca, el ser humano parece experimentar la necesidad de filiación. De manera desesperada. Pertenecer a algo. Militar en algo. Puede ser una secta religiosa, la barra de un equipo de fútbol que corea desde las graderías el himno de su cuadro; asociaciones de alcohólicos o neuróticos anónimos, la sociedad de corazones solitarios; o clubes de filatelia, de montañismo, de ajedrez, de lectura, de fans de alguna figura mediática; o membrecías en gimnasios que se constituyen en microcosmos sociales, juntas vecinales, asociaciones de condóminos, terapias grupales... poco importa: el ser humano quiere ser integrante de algo: sentirse menos solo, saberse parte de una colectividad que lo legitima, que lo corrobora. Lo experimenta como necesidad vital, impostergable. El átomo, en su vertiginosa soledad e indefensión, quiere integrarse a un organismo.

Tengo para mí que muchas de las grandes militancias en las que se enrolan, de manera apasionada, algunas personas, son producto de una soledad profunda, raigal.

Al definirnos como saprissistas, masones, ecologistas, feministas, neotrotskistas, vegetarianos, testigos de Jehová o neoliberales, independientemente del mérito intrínseco de todas estas causas o adhesiones religiosas, estamos diciendo: “No estoy solo”.

He ahí, a mi modo de ver las cosas, lo que subtiende buena parte de nuestras beligerancias (sin duda no todas). De nuevo: no cuestiono en modo alguna su validez ideológica, tan solo exploro lo que hay detrás del gesto de adscripción del individuo a un grupo humano.

Vagamos en estado de intemperie metafísica. Vacíos y solos como nunca. Quizás es tan solo una crisis de crecimiento, quizás es un signo anunciador del fin de la aventura humana sobre la tierra. Veremos que nos depara esa inhóspita, temible comarca que llamamos futuro.

El autor es pianista y escritor.