Guiselly Mora. 23 marzo

Según la teoría económica del pura vida, las preguntas básicas sobre cómo organizar la sociedad tienen las siguientes respuestas: ¿Qué producir? Lo que ellos digan. ¿Cómo producir? Como ellos digan. ¿Para quién producir? Para quien ellos digan.

La teoría es seguida por una cuantiosa legión de biempensantes, para quienes el mercado funciona gracias a los salarios que ellos perciben.

La fuente de sus salarios son unas plantas de la especie Ex nihilo diminutus sembradas en macetas. Aunque las riegan constantemente y nunca las han visto florecer, a esa conclusión llegaron cuando dejaron de recibir el salario en efectivo y les entregaron una tarjeta plástica con la cual compran cuanto artículo se les ocurre sin reparar en gustos. La palabra deuda no existe en el léxico del puravidismo. El Banco Central, a falta de áreas verdes, cultiva las divisas mediante la técnica de hidroponía.

La teoría es seguida por una cuantiosa legión de biempensantes, para quienes el mercado funciona gracias a los salarios que ellos perciben. Supermercados, farmacias, tiendas de ropa, aerolíneas, lavandería y todo aquello, conocido por los puravidianos con el “espeluznante” nombre de “comercio”, es vilipendiado en las redes sociales aunque le adeudan muchas, muchísimas compras.

Los ingresos del resto de los costarricenses, unos 4,7 millones de personas, no cuentan en la economía del pura vida.

Esa es la razón por la cual están convencidos de que Costa Rica se desplomará si les tocan los salarios, ya sea porque las matas Ex nihilo diminutus no están en tiempo de cosecha o, como ahora, porque una cantidad considerable de tales funcionarios deben irse a sus casas a cuidarse para no contraer la covid-19, pues sus servicios no son necesarios por el momento —igual que los de camareros, mucamas, guías turísticos, animadores en actividades especiales, DJ, empleadas domésticas, cocineros, chefs, traductores, iluminadores de fiestas y un largo etcétera— o porque pueden desempeñarse de forma remota.

Los indeseables. La idea principal de esta doctrina netamente costarricense es que ojalá desaparecieran los 450 grandes contribuyentes, que no son, según su decir, otra cosa más que un lastre, pues se trata de “450 grandes evasores”, aunque es una verdad inobjetable que, junto con las grandes empresas territoriales, un monto cercano al 70 % de todo lo que recauda Tributación Directa procede de la actividad de estos empresarios. Pero como los puravidianos se mueven por fe no por vista, creen que los cajeros automáticos los llena la única "mano invisible” en la que creen.

“¡A esos 450 es a los que hay que apretar!”, demandan a voz en grito los promotores de la teoría económica del pura vida. Si bien puede certificar el ministro de Hacienda, Rodrigo Chaves, que para fiscalizar a esos 450 existe un departamento especializado, que no les quita el ojo de encima, pues de sus ganancias, si decidieran distribuir dividendos, le entregarían al Estado el 40,5 % anualmente.

¡De ahí sale el dinero para pagar a los del puravidismo! Pero ellos cierran los ojos por sus ideas acomodaticias. Ande yo caliente, y ríase la gente.

Esos empresarios, en el mejor de los casos —según la teoría aquí expuesta— deberían desaparecer porque “su deseo malvado y oculto” es imponerle a la sociedad (los del puravidismo) ideas “neoliberales”.

Querer sacrificios compartidos en momentos de crisis sanitaria y económica es hoy “neoliberalismo”. Los empresarios son “demonios, miserables, desgraciados, avariciosos”, escriben en las redes sociales sin desparpajo los mismos de siempre, quienes estiran el cuello para protestar desde las redes sociales sin contestar todavía la pregunta clave: ¿Por qué a los otros sí y a ellos no se les puede pedir un mínimo de solidaridad? El efecto de ese mínimo de solidaridad recaería sobre el otro 85 %.

Teoría fracasada. La teoría económica real, la del mundo de verdad, dice que si no hay empresas privadas, no hay impuestos; si no hay impuestos, o estos son insuficientes, el Estado debe recurrir a deuda, como lo está haciendo hoy, en lugar de recortar gastos.

Así, se forma una burbuja que tarde o temprano reventará. Llevamos muchos años con evidencia clara de que el puravidismo no funciona. Algo está mal en la ecuación porque en 20 años la pobreza no ha disminuido y el desempleo y la informalidad van en aumento. Y estos son los sectores que peor la van a pasar, como siempre.

El milmillonario podría optar por colocar su riqueza en certificados de inversión en los bancos, lo cual le producirá hasta un 15 % de interés sin lidiar con planillas, inspectores de Tributación, el riesgo propio de la actividad empresarial y la tramitomanía de los puravidistas. Pero se anima a correr el riesgo y, en consecuencia, contrata a quienes el Estado no tiene capacidad de acoger: nada más y nada menos que a 1,4 millones y pico de trabajadores. ¿Quién consume más? He ahí la matemática que los puravidianos no desean contestar.

De esta doctrina de mínimos beneficiarios, otro aporte a la ciencia económica es el principio de cómo acabar con la desigualdad: todos deben ser igualiticos, pero pobres. Un mundo sin “ricos” es el sueño de un sistema bajo el gobierno del puravidismo.

El sistema ha sobrevivido hasta ahora porque los teóricos de la economía del pura vida han ostentado el poder. Así, seguirá mientras nadie responda aquella pregunta que hace Zavalita en Conversación en La Catedral, de Mario Vargas Llosa: ¿En qué momento se jodió su país?

Rostros tristes. A los puravidistas no les importa cuándo se jodió aquel o este país, o el mundo por un virus. Mientras las matas productoras de dinero no sean atacadas por plagas de conciencia social o buen juicio, la mayoría de ellos dormirán en paz o verán Netflix, hay por estos días películas para todo gusto, incluso recorridos virtuales en Internet por los más reconocidos museos del mundo.

Al otro lado de la cerca, se acumulan los rostros tristes de padres y madres cuyo sustento no llegará a la casa, salvo por la “caridad” del Estado. Aplaudamos como focas y preguntemos quousque tandem abutere patientia nostra?

Esperemos que en el país surja un Cicerón que logre parar la catástrofe económica que acaban de sellar el Ejecutivo en acuerdo con el Legislativo para perpetuar la teoría del pura vida, deuda sobre deuda, y donde las penurias solo caben en los hogares de los empleados del sector privado.

gmora@nacion.com

Guiselly Mora es editora de “Opinión” de La Nación.