Paola Subacchi. 24 marzo

VENECIA – ¿Es la Nueva Ruta de la Seda de China un tren que Italia no podía darse el lujo de perder, como dijo el ministro de Finanzas italiano, Giovanni Tria? El primer ministro, Giuseppe Conte, también pensaba que Italia debía montarse en ese tren, con el argumento de que el plan de infraestructura chino de miles de millones de dólares es una oportunidad para su país.

El gobierno italiano ya se unió a la iniciativa BRI (por su siglas en inglés) durante la visita del presidente chino, Xi Jinping, con lo que Italia se convirtió en el primer miembro fundador de la Unión Europea o país del G7 en hacerlo. Eso abrirá el camino para la inversión china en los sectores de infraestructura, energía, aviación y telecomunicaciones de Italia. Pero sumarse a la iniciativa BRI conlleva serios riesgos y, probablemente, también perjudique las relaciones con la UE y Estados Unidos.

Es verdad, un compromiso comercial más profundo con China es una decisión más que sensata para Italia, donde el crecimiento del PIB ha sido bajo o se mantuvo estancado desde fines de los años 1990 y, según se prevé, se desacelerará del 1 % en el 2018 al 0,2 % este año. China, por otro lado, hace alarde de ser la segunda economía más grande del mundo después de Estados Unidos. Es el mayor exportador, un inversor externo cada vez más relevante y gradualmente está reequilibrando su modelo de crecimiento hacia la demanda doméstica.

Si tenemos en cuenta la proyección de que el comercio anual entre China y los países de la iniciativa BRI va a superar los $2,5 billones en los próximos diez años, tener lazos bilaterales más estrechos con China podría impulsar las exportaciones de Italia. Las exportaciones italianas a China alcanzan hoy unos 13.000 millones de euros ($14.700 millones) al año, mientras que las importaciones rondan los 29.000 millones de euros.

Es más, una alianza con China atraería los flujos de capital adicional que Italia tanto necesita, dado el préstamo restringido de sus bancos. Mientras que Italia ha recibido alrededor de 14.000 millones de euros en inversión china desde el 2000, las empresas chinas invirtieron $10.500 millones en 55 países de la iniciativa BRI, solamente en los primeros diez meses del 2018, y han firmado contratos por proyectos de la BRI por un valor superior a los $80.000 millones.

De todos modos, existen varias razones imperiosas por las cuales Italia no debió recorrer esa ruta de la seda bilateral con China y, en cambio, profundizar el compromiso con la iniciativa como parte de la Estrategia para China 2016 de la UE.

Para empezar, los intereses de Italia tal vez no estén alineados con los de China. La iniciativa BRI es una estrategia de desarrollo para abrir los mercados extranjeros a las empresas chinas, canalizar recursos a través de centros financieros internacionales y propiciar el uso internacional del yuan. Todavía está por verse de qué manera esos objetivos pueden cuadrarse con los de Italia.

Una segunda razón relacionada es que Italia corre el riesgo de ser el socio menor –particularmente porque la economía de China es más de seis veces más grande-. La economía italiana también es más débil. La deuda pública representa el 130 % del PIB y las empresas en problemas, entre ellas la aerolínea de bandera Alitalia, necesitan una reestructuración y una recapitalización. Es difícil ver de qué manera una alianza con China podría ser equilibrada y recíproca.

Otras preocupaciones son operativas. Varios años después de que China lanzó la iniciativa BRI, su marco general sigue estando mal definido, con objetivos nebulosos y una gobernanza opaca. En lugar de estar apuntalada por organizaciones multilaterales lideradas por los chinos, como el Banco Asiático de Inversión en Infraestructura (AIIB) o el Nuevo Banco de Desarrollo, la iniciativa BRI descansa en acuerdos bilaterales con China y en asociaciones directas y empresas conjuntas con compañías chinas, muchas de las cuales son propiedad del Estado.

Cuarto, Italia es institucionalmente débil, con muchas instituciones privadas y públicas muy mal gestionadas, un sistema tributario disfuncional y una corrupción generalizada. El país se ubica en el puesto 53 en el índice de corrupción de Transparencia Internacional, muy por debajo de las economías principales de la UE.

Italia, por lo tanto, quizá no esté en posición de pedirles a los socios chinos que cumplan las reglas y los estándares de la UE. La UE, por ejemplo, teme que la titularidad estatal de muchas empresas chinas distorsione los mercados y la competencia.

Finalmente, el espionaje cibernético y otras jugarretas por parte de actores chinos podrían socavar la credibilidad de las empresas italianas en industrias como tecnología de la información y de las comunicaciones, infraestructura y defensa.

Desafortunadamente, el euroescepticismo de muchos ministros prominentes del gobierno italiano les ha impedido ver esos riesgos, y el hecho de que Italia necesita todos los amigos que pueda conseguir en Bruselas. Subirse al tren chino no ha sido algo bueno tampoco para Washington. La advertencia de la administración del presidente estadounidense, Donald Trump, con la cual muchos miembros del gabinete de Italia tienen una estrecha afinidad, ha sido muy clara. Si Italia la ignora, será a riesgo propio.

Todo el episodio de la iniciativa BRI, por supuesto, puede resultar una tempestad en una tetera que termine en un subterfugio de último momento que fastidie a China y desagrade a la UE. Pero más allá del desenlace, no se trata simplemente de un altercado causado por un gobierno italiano sin ningún plan sustentable a largo plazo. Por el contrario, es la última señal de la tensa rivalidad global entre Estados Unidos y China.

Es verdad, Estados Unidos tiene antecedentes de reprender a los aliados cuando piensa que se acercan demasiado a China, como hizo la administración Obama cuando el Reino Unido se sumó al AIIB en el 2015. En aquel momento, Estados Unidos tal vez sobreactuó sus temores frente al ascenso de China y la necesidad de una gobernanza equilibrada de las instituciones multilaterales.

Pero el compromiso estadounidense entonces fue constructivo en comparación con la confrontación abierta de hoy entre Estados Unidos y China en el gobierno de Trump. “Con nosotros contra China o con China contra nosotros” es el mensaje implícito de Trump a Italia y al resto del mundo. Esto no es un buen presagio para un reequilibrio pacífico del orden económico global. Italia haría bien en andar con pies de plomo.

Paola Subacchi es profesora de Economía Internacional en la Universidad Queen Mary de Londres y directora fundadora de Essential Economics. Es la autora, más recientemente, de “The People’s Money: How China Is Building a Global Currency”.

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