Zhang Jun. 23 agosto

SHANGHÁI– El rápido ascenso económico de China durante las últimas décadas ha asombrado al mundo. No obstante, las razones detrás del éxito del país a menudo se mal entienden y se mal interpretan.

El ascenso de China se atribuye ampliamente a su capitalismo de Estado mediante el cual el gobierno, al estar dotado de grandes activos, puede ir tras la consecución de una política industrial de amplio alcance e intervenir para mitigar los riesgos. Por consiguiente, China debe su éxito, primordialmente, al “control” que tiene el gobierno sobre la totalidad de su economía.

China ha recorrido un largo tramo en el camino de la reforma y la apertura. Pero no debe subestimar los desafíos que se avecinan, y mucho menos olvidar cómo, en primer lugar, llegó tan lejos.

Esta explicación es fundamentalmente errónea. Es cierto que China se ha beneficiado de tener un gobierno con la capacidad de ejecutar políticas integrales y complementarias de manera eficiente. Al contar con líderes que no están sujetos a cortos ciclos electorales, característicos de las democracias occidentales, la cúpula central de China puede involucrarse en una planificación visionaria e integral a largo plazo, ejemplificada por los planes quinquenales del país.

Además, el poder del Estado chino ha reforzado una capacidad que eclipsa la que tienen la mayoría de las economías en desarrollo y en transición. Un Estado fuerte, y la estabilidad social y política que lo sustentan, han sido fundamentales para permitir el rápido avance de China en áreas como educación, salud, infraestructura e investigación y desarrollo.

Sin embargo, es revelador que China utilice su planificación a largo plazo y su robusta capacidad de ejecución, no para afianzar el capitalismo de Estado, sino para avanzar en la liberalización económica y la reforma estructural. Es esta estrategia a largo plazo, que ha permanecido inquebrantable, a pesar de algunos tropiezos y desviaciones a corto plazo, la que se encuentra en el corazón del rápido crecimiento económico de décadas de duración de este país.

Curiosamente, los elementos de esta estrategia provienen directamente de los países avanzados. En los últimos 40 años de normalización diplomática con Estados Unidos, el capitalismo al estilo estadounidense ha ganado una sólida posición en China, sobre todo entre las élites intelectuales y empresariales del país. Por lo tanto, si bien el gobierno de China ha otorgado siempre una alta prioridad a la estabilidad, también ha trabajado en mejores prácticas mundiales en muchas áreas, incluidos el gobierno corporativo, las finanzas y la gestión macroeconómica.

Sin embargo, este proceso de liberalización económica y reforma estructural también es exclusivamente chino, en la medida en que ha enfatizado la competencia y la experimentación local, que a su vez apoyan la innovación institucional de abajo hacia arriba. El resultado es una especie de federalismo fiscal de facto, y un potente impulsor de la transformación económica.

Los frutos de este enfoque son irrefutables. En la última década, han surgido una cantidad de gigantes financieros y tecnológicos privados chinos que, a diferencia de sus contrapartes estatales, han logrado establecerse como líderes mundiales en innovación. La lista Fortune Global 500 del 2019, que clasifica a las empresas según sus ingresos operativos, incluye 129 compañías chinas, en comparación con 121 de Estados Unidos.

Entre las firmas Fortune 500 de China se encuentran los gigantes del comercio electrónico Alibaba, JD.com y Tencent, la compañía detrás de la popular aplicación móvil WeChat. El gigante tecnológico Huawei logró subir 11 lugares desde el año pasado, a pesar de la campaña del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en contra de esta compañía. Y, Xiaomi, fabricante de teléfonos inteligentes que tan solo tiene nueve años de funcionamiento, entró en los anales de la historia como la empresa más joven en llegar a formar parte de la lista.

El espectacular crecimiento de estas empresas, y la prosperidad y competitividad que han ayudado a fomentar, primordialmente no se hizo realidad debido a las políticas industriales de arriba hacia abajo, sino que se facilitó debido a la liberalización económica y la innovación de abajo hacia arriba. En una época en la que Estados Unidos acusa a China de utilizar herramientas capitalistas de Estado, como por ejemplo subsidios para las empresas nacionales y barreras de entrada para las empresas extranjeras, con el propósito de obtener una ventaja injusta, vale la pena destacar la medida en la que este país no debe su éxito económico a dichas políticas.

Esto no sugiere que los propios líderes de China no deberían también tomar nota de sus programas de reforma que aún están sin terminar. Tras tres décadas en las que las tasas de crecimiento del PIB fueron de dos dígitos, una desaceleración era inevitable. Sin embargo, incluso a la par de que el gobierno central de China acepte una disminución en el crecimiento anual, este gobierno debe permanecer alerta y seguir comprometido con el abordaje de los factores estructurales que están agravando la tendencia, tales como el aumento del costo de las finanzas y la disminución del rendimiento del capital.

Paralelamente, el gobierno de China debe continuar alentando el emprendimiento privado y la innovación (y ya se ha comprometido a hacerlo), al mismo tiempo que debe reforzar su sistema de cuasi federalismo competitivo. Además, también debe acelerar la reforma de su gobernanza, tal como prometió, con el propósito de garantizar que el país pueda mantenerse al día con una mayor liberalización del mercado.

China ha recorrido un largo tramo en el camino de la reforma y la apertura. Pero no debe subestimar los desafíos que se avecinan, y mucho menos olvidar cómo, en primer lugar, llegó tan lejos. Como dice un proverbio chino: “En un viaje de 100 millas, las 90 primeras no son más que la mitad del camino”.

Zhang Jun: decano de la Escuela de Economía en la Universidad Fudan y director del Centro de Estudios Económicos de China, un centro de pensadores con sede en Shanghái.

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