Mark Leonard.   11 noviembre

BERLÍN– Después del colapso del comunismo en Europa en 1989, muchos soñaron con construir un continente unido y libre del cual la Unión Europea iba a ser su núcleo medular. Sin embargo, 30 años después, los europeos despiertan y se despabilan ante una nueva realidad.

En Europa occidental, los líderes políticos vetan una mayor ampliación del bloque por temor a que los europeos orientales no estén listos para acoger los valores liberales. Y, en Europa central y oriental, existe un creciente resentimiento hacia Europa occidental por su respuesta frente a la migración y a otros problemas.

Los cambios históricos profundos tienden a aparecer primero en la cultura popular y solo posteriormente en la política formal.

Estas dinámicas se exhibieron plenamente el mes pasado en las rondas de clasificación para el torneo de fútbol de la Eurocopa 2020, durante las cuales un partido entre Inglaterra y Bulgaria se convirtió en una competencia entre dos nociones fundamentalmente distintas de identidad europea.

El partido, celebrado en Sofía, tuvo que postergarse dos veces para que los aficionados del equipo local recibieran advertencias en contra del comportamiento racista que adoptaron, que incluyó saludos nazis y cánticos racistas dirigidos hacia los jugadores negros de Inglaterra.

Después del partido, la opinión de la élite británica se unificó en una fiebre comunicacional que hablaba de justicia moral en contra de la percibida barbarie proveniente de los aficionados búlgaros. Teniendo en cuenta que el multiculturalismo se ha convertido en un elemento central de la historia nacional británica a lo largo de los últimos 30 años, muchas minorías étnicas temen que el racismo percibido en Europa continental sea un retroceso a una época fea de desigualdad y exclusión.

Por lo tanto, una de las ironías del episodio de la Eurocopa 2020 es que se cita como prueba adicional en apoyo de la decisión del Reino Unido de abandonar la Unión Europea. Según el campo de los partidarios a favor del brexit, poner fin a la migración automática desde Europa facilitará que las personas de la India, Bangladés, Pakistán y el Caribe se establezcan en el Reino Unido.

Sin embargo, visto desde el lado búlgaro, el proselitismo moral del Reino Unido aparenta ser hipócrita. Al fin y al cabo, los migrantes búlgaros y rumanos fueron blanco de la retórica racista durante la campaña del referendo del brexit del 2016.

Como muchos medios búlgaros han señalado, los hooligans racistas de Inglaterra fueron responsables del desastre mortal en el Estadio Heysel de Bélgica en 1985. Si el motivo detrás del brexit es preservar el carácter y personalidad de lo que es ser inglés por excelencia, los europeos orientales no representan una amenaza mayor que el multiculturalismo.

Era de imitación. En The Light that Failed, una mirada retrospectiva al legado de 1989, Ivan Krastev, del Instituto de Ciencias Humanas de Viena, y Stephen Holmes, de la Universidad de Nueva York, argumentan que la caída del Muro de Berlín marcó el comienzo de una era de imitación, en lugar de “el fin de una historia”.

Cuando los países del antiguo bloque soviético en Europa central y oriental comenzaron a intentar replicar la cultura, los valores y los marcos legales de Europa occidental, aquellos que soñaban con una Europa libre y unificada tenían mucho de que alegrarse.

La situación sin duda se ve retorcida para un espectador que viajara en el tiempo y viniera a visitarnos desde la realidad del año 1989.

El problema es que millones de personas en estos países se dieron cuenta de que si el objetivo era llegar a ser como los alemanes o los británicos, sería más fácil mudarse a dichos países, en vez de sufrir el doloroso proceso de transformar sus sociedades en simulacros de otras.

Como resultado, uno de cada cinco búlgaros, provenientes desproporcionadamente del segmento más liberal y mejor educado de la población, migró a Europa occidental.

Como muestran Krastev y Holmes, quienes no migraron y se quedaron en su país compararon de manera creciente sus propias perspectivas con las de la élite afortunada que se reasentó en otros países para vivir el sueño occidental y no así con las perspectivas que tuvieron sus padres.

Esto provocó frustración e ira generalizadas hacia la clase poscomunista de reformadores liberales en Europa central y oriental. Estas élites orientadas al occidente no solo no cumplieron con las expectativas poco realistas de la imitación occidental; también permitieron un éxodo masivo de talento

Temores de extinción. Cuando estalló la crisis de refugiados en el 2015, esta crisis alimentó los temores ya profundos de extinción demográfica entre las restantes poblaciones nacidas en los países poscomunistas. Y, como hemos visto en los últimos años, estas ansiedades han creado un ambiente político ideal para los políticos populistas y nacionalistas iliberales, como por ejemplo el primer ministro húngaro, Viktor Orbán, y el gobernante de facto de Polonia, Jarosław Kaczyński.

“Si bien el Este sigue siendo homogéneo y monoétnico”, escriben Krastev y Holmes, “el Occidente se ha convertido —como resultado de lo que los políticos antiliberales consideran una política de migración desconsiderada y suicida— en heterogéneo y multiétnico”.

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Debido a ello, la era de la imitación, con su aceptación tácita de la superioridad occidental, ha llegado decididamente a su fin.

Un similar proceso de imitación cultural a la inversa se exhibió en el partido de fútbol inglés-búlgaro y durante el período posterior. Ambas partes afirmaron estar moralmente consternadas por las acciones de la otra.

Si bien el Reino Unido ha pasado de tolerar implícitamente el racismo a celebrar el multiculturalismo en el transcurso de los últimos 30 años, también ha desarrollado una alergia a la libertad de circulación desde Europa Central y Oriental hacia su territorio.

Bulgaria, por el contrario, desea permanecer en la Unión Europea, pero está aterrorizada por los nuevos cambios demográficos impulsados ​​por la migración y los ingresos de los recién llegados de Oriente Próximo y de otros lugares.

La situación sin duda se ve retorcida para un espectador que viajara en el tiempo y viniera a visitarnos desde la realidad del año 1989. ¿Quién habría pensado que el Reino Unido estaría huyendo de la Unión Europea o que quienes defienden su salida basarían sus argumentos a favor en la diversidad étnica? Y, ¿cuántos europeos centrales y orientales habrían predicho que sus propios Gobiernos tratarían de reformular la Unión Europea como un proyecto iliberal?

Como suele frecuentemente ocurrir, los cambios históricos profundos tienden a aparecer primero en la cultura popular y solo posteriormente en la política formal. Por eso, debemos mirar el complejo legado del año 1989 no solo en las celebraciones formales que se llevan a cabo en Berlín, sino también en las graderías de un estadio de fútbol en Sofía.

Mark Leonard: es director del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores.

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