Jeffrey D. Sachs. 8 enero

NUEVA YORK- La orden del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, de asesinar al general Qasem Soleimani mientras se encontraba en una misión oficial en Irak fue ampliamente aclamada por el Partido Republicano jingoísta de Trump.

Los asesinatos de funcionarios, clérigos y periodistas extranjeros sancionados por el Gobierno son comunes en la actualidad. Sin embargo, hay algo especial en la sed de sangre de Estados Unidos contra Irán. Es una obsesión de 40 años que ahora ha llevado a ambos países al borde de la guerra.

Estados Unidos, ignorando esta historia, y dirigido por un presidente emocionalmente desequilibrado que cree que puede cometer un asesinato a plena luz del día y salirse con la suya, evidencia el trauma psicológico.

La fijación estadounidense en Irán se remonta a la Revolución islámica, en 1979, cuando estudiantes iraníes tomaron la embajada estadounidense en Teherán y retuvieron a 52 personas durante más de un año. Esa experiencia traumática ha hecho psicológicamente imposible que los políticos estadounidenses calibren las políticas de su país. Es la razón, por ejemplo, de que Trump amenazara con destruir 52 objetivos en Irán, incluidos sitios culturales, uno para cada rehén de 1979, si la República Islámica tomaba represalias por el asesinato de Soleimani.

Trump reclama el derecho de asesinar a un líder en un país extranjero y de cometer crímenes de guerra si ese país busca venganza. Esta criminalidad es ampliamente aplaudida en Estados Unidos. Refleja un tipo de trastorno de estrés postraumático del sistema político, al menos de la derecha. Es similar a las imprudentes guerras iniciadas después de los ataques terroristas del 11 de setiembre del 2001.

El desorden psicológico de Trump se suma a la furia. Recordemos que se jactaba de que podía dispararle a alguien en la Quinta Avenida “y no perder ningún voto”. Su orden de asesinar a Soleimani evidencia que está decidido a poner a prueba esa propuesta.

Lo que la mayoría del público y gran parte de la élite política estadounidense no comprenden es que Estados Unidos ha cometido muchos más crímenes contra Irán que viceversa. Ha creado deliberadamente e imprudentemente un enemigo sin otra razón que sus propias acciones equivocadas. Consideremos los hitos desde principios de la década de los cincuenta del siglo pasado.

Primero, junto con el Reino Unido, derrocó el gobierno de Irán en 1953, después de que el primer ministro elegido democráticamente, Mohammad Mosaddeq, intentó privatizar el petróleo de Irán, que era explotado por el Imperio británico.

Estados Unidos reemplazó la democracia por el régimen autoritario de Mohammad Reza Pahlaví​​​, el sah, respaldado por el Savak, su brutal agencia de inteligencia y policía secreta durante el cuarto de siglo de 1953 a 1978. Los estudiantes iraníes se apoderaron de la embajada de Estados Unidos en Teherán después de que el depuesto sah fue admitido en Estados Unidos para recibir tratamiento médico.

Al año siguiente, Estados Unidos armó y alentó al Irak de Sadam Huseín a invadir Irán, desencadenando una guerra de casi una década, la cual se saldó con la vida de unos 500.000 iraníes. A partir del 2014, unos 75.000 iraníes aún estaban siendo tratados por lesiones producto de los ataques químicos de Sadam.

Estados Unidos también golpeó objetivos civiles. En 1988, el Ejército derribó el vuelo 655 de Iran Air —fácilmente identificable como un Airbus A300 si Estados Unidos hubiera tomado las precauciones adecuadas— y mató a las 290 personas a bordo. Y en 1995, Irán quedó sujeto a severas sanciones económicas que nunca se eliminaron, solo se endurecieron con el tiempo.

No hay ninguna razón por la cual Irán y Estados Unidos no puedan estar en paz. Al construir sobre el acuerdo nuclear del 2015 y sus muchos intereses comunes, todavía es posible una nueva relación.

Esto continuó incluso después del 11 de setiembre, aun cuando Irán apoyó la invasión de Afganistán liderada por Estados Unidos para deponer a los talibanes, y también apoyó al nuevo presidente respaldado por Estados Unidos, Hamid Karzai. Sin embargo, en enero del 2002, George W. Bush aseguró que Irán era parte del “eje del mal”, junto con el Irak de Sadam y Corea del Norte.

Del mismo modo, en lugar de presionar a todos los países de Oriente Próximo, incluido Israel (poseedor de aproximadamente 80 ojivas nucleares), para que cumplan el Tratado de No Proliferación Nuclear y apoyen los esfuerzos para establecer una región libre de armas nucleares, se lo impuso exclusivamente a Irán.

Luego, en el 2015, bajo el mandato de Barack Obama, conjuntamente con el Reino Unido, Francia, China, Rusia y Alemania, se negoció un acuerdo con Irán en virtud del cual el gobierno islámico estuvo de acuerdo en poner fin a su programa nuclear a cambio del levantamiento de las sanciones económicas.

El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas respaldó por unanimidad el pacto, conocido formalmente como Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA, por sus siglas en inglés). Pero para el secretario de Estado, Mike Pompeo, el JCPOA fue un acto de apaciguamiento.

Trump se apartó unilateralmente del acuerdo en el 2018, el único firmante que lo hizo, y luego endureció drásticamente las sanciones contra Irán.

El propósito de medidas más estrictas no es promover un cambio en el comportamiento de Irán, sino aplastar su economía en un intento por desestabilizar el régimen. Irán se encuentra ahora en una crisis económica inducida por Estados Unidos, con un descenso del PIB del 14 % entre el 2017 y el 2019 y una inflación del 36 % en el 2019 (ambas, según estimaciones recientes del FMI), y una grave escasez de medicamentos y otros bienes indispensables. Mientras tanto, a pesar de retirarse del JCPOA, Trump insiste en que Irán debe cumplir sus términos.

Estados Unidos, ignorando esta historia, y dirigido por un presidente emocionalmente desequilibrado que cree que puede cometer un asesinato a plena luz del día y salirse con la suya, evidencia el trauma psicológico de 40 años.

En este momento, el mundo debería recordar las sabias y duraderas palabras de un tipo muy diferente de presidente de los Estados Unidos. En junio de 1963, pocos meses antes de ser víctima de un asesino, John F. Kennedy se dirigió al Parlamento irlandés: “Debemos recordar que no hay enemigos permanentes. La hostilidad hoy es un hecho, pero no es una ley vigente. La realidad suprema de nuestro tiempo es nuestra indivisibilidad como hijos de Dios y nuestra vulnerabilidad común en este planeta”.

No hay ninguna razón por la cual Irán y Estados Unidos no puedan estar en paz. Al construir sobre el acuerdo nuclear del 2015 y sus muchos intereses comunes, todavía es posible una nueva relación. Pero, tras la represalia de Irán, es especialmente urgente que la Unión Europea no siga a la imprudente administración de Trump en una escalada que podría resultar en una guerra.

Jeffrey D. Sachs: profesor de Desarrollo Sostenible y de Política y Gestión de la Salud en la Universidad de Columbia, es director del Centro de Desarrollo Sostenible de Columbia y de la Red de Soluciones de Desarrollo Sostenible de la ONU.

Copyright: Project Syndicate, 2020.