Velia Govaere Vicarioli. Hace 3 días

La verdadera ética descansa en el coraje de transgredir la letra de una norma cuando es la única forma de salvar su espíritu.

Escribas y fariseos pontifican aristotélicas distinciones para validar el castigo de la Contraloría contra Rocío Aguilar. En nombre de la preservación de la letra de la ley, primó en muchas plumas la idolatría perversa de la forma sobre el contenido.

¿Era acaso preferible anteponer el procedimiento sin miramiento de las consecuencias? Se alaba unánime la decisión de doña Rocío de apuntalar la confianza crediticia del país, cuando ya no estaba a tiempo de lograr el debido permiso legislativo para hacerlo. Pero ahí termina el consenso y comienza el atolladero de abundantes conciencias reacias al riesgo.

Cuando todo camino implica algún peligro, es más fácil quedarse en la comodidad del dolce far niente que enfrentar la intemperie de una decisión sin resguardo.

Ninguna controversia genera el burócrata que a un infante cierra las puertas de la Red de Cuido cuando su madre logra ganar mil colones más de la línea establecida. Ninguna discusión se habría generado si doña Rocío se hubiera simplemente lavado las manos sin tomar una decisión controversial, pero salvadora. No lo hizo. Se ensució las manos y nos salvó el pellejo, mientras nosotros, ingratos, en vez de hacerle un monumento, nos debatimos, interminables, en discusiones bizantinas.

Prejuicio ancestral. Si una imagen culturalmente abusiva asigna el coraje a una vestimenta de tradición varonil, nada desmiente mejor ese prejuicio ancestral que las elegantes faldas de doña Rocío.

En estos tiempos de decaimiento pesimista, se cruzó en mi horizonte visible un rayo de esperanza que llevaba ese nombre de mujer. Pasado el ruido de su partida, conviene entender la complejidad de los escenarios a los que se enfrentaba.

Hermoso habría sido que el gobierno hubiera asumido una conducta autocrítica, y aceptara su poca altura cuando descolgó a doña Rocío de discusiones directamente vinculadas con la Hacienda pública, como las negociaciones con camioneros, la Caja y las universidades.

La desfachatez con que el ministro de la Presidencia confesó que en ningún momento se le consultó a Hacienda el acuerdo con la Caja, contrasta con la tranquilidad con la que se afirmó, casi al mismo tiempo, que doña Rocío contó siempre con el respaldo del Ejecutivo.

Esto no significa que ella poseyera la infalibilidad pontificia. Humana, al fin, tenía sus propias debilidades. En ocasiones, ella misma confesaba necesitar más tiempo para estudiar los temas. Pero descolgarla de una conversación de su competencia, si bien era potestad innegable del Ejecutivo, también denotó cálculo político en el manejo oportunista de su persona: útil en unos casos, estorbosa, en otros. Eso no pudo serle gratificante.

La realpolitik. Ella ya no está, pero el tablado sigue. El capítulo que destacó su grandeza también mostró la cara fea de la realpolitik. Ese rostro de pragmatismo impenitente nos seguirá acompañando un par de años más y es uno de los elementos que deberá tener en cuenta Rodrigo Chaves, su sucesor.

El nuevo ministro, de impecable trayectoria y atestados, describió sus responsabilidades: recuperar la confianza, asegurar el equilibrio macroeconómico y generar empleo. Las dos primeras van de la mano. No habrá confianza en el sector productivo y en los acreedores sin una disciplina fiscal que restaure una Hacienda pública sana.

En eso se ha producido una creciente toma de consciencia. El ejercicio legislativo ha probado una extraña capacidad de incidencia en el manejo de concertación y diálogo transformativos. El Ejecutivo, en sus resultados, aunque así fuera por la fusta de la Contraloría que puso coto a sus acuerdos con la Caja, ha mantenido el rumbo fiscal.

El empleo, en cambio, coloca a Chaves como el protagonista idóneo en la materia más creativa de una fiscalidad propositiva de inversión, crecimiento económico y superación de asimetrías territoriales.

Él conoce las leyes tributarias brasileñas, uruguayas y chilenas que, al mismo tiempo que elevaron las cargas impositivas, estimularon la inversión territorial, fomentaron la investigación y los encadenamientos productivos y otorgaron beneficios fiscales a cambio de la generación de empleo.

Esos son animales tributarios de ecosistemas políticos ajenos a nuestra cansina, pero obviamente necesaria cantaleta de solamente “más ingresos y menor gasto público”. Existe un peligro implícito en ajustes fiscales peligrosamente acelerados. Se trata también de la calidad del gasto que, en Costa Rica, conllevaría un remozamiento holístico del desempeño de la gestión pública.

Discursos opuestos. Ufanos de la inversión educativa seguimos atorados, pese a todas las advertencias y a todas las evaluaciones, en una deficiente calidad docente apuntalada por la extorsión sindical.

Orgullosos de nuestro sistema de salud pública, sigue la Sala Constitucional siendo el instrumento último para salvar vidas. Y las madres que quieren incorporarse al mercado laboral deben cuidarse de no ganar suficiente para que sus hijos no sean expulsados de la Red de Cuido. Pero los grandes arroceros pueden seguir manteniendo privilegios a costa de los consumidores más humildes.

Podría seguir el inventario interminable de desgarros funcionales del tejido institucional que sostiene a duras penas nuestra convivencia armoniosa. Costa Rica vive tiempos de ruptura. Estamos urgidos de reformas, pero cortamos las cabezas de quienes se amarran la falda y no temen al riesgo. Así, no llegaremos muy lejos y serán tormentas sociales las que nos despierten de la modorra.

La experiencia de don Rodrigo brindará todos sus frutos solo si cuenta con un respeto que doña Rocío no siempre tuvo. Se necesita valor, y no solo en Hacienda. En estos tiempos de incertidumbres internacionales, cuestionamientos institucionales, crisis fiscales, desaceleración económica y agotamientos políticos, no existe nada más peligroso que la aversión al riesgo.

La autora es catedrática de la UNED.