Dorelia Barahona. 3 octubre, 2019

Uno de los libros de Ciencias, cuando estaba en la escuela, se titulaba El campo. Era rojo y tenía un dibujo a todo color de una casa con gallinas, vacas y diferentes cultivos. Muy hermoso; mucho más que el dedicado a la ciudad, ilustrado con una serie de edificios monocromáticos. Ese es mi primer recuerdo de la naturaleza como imagen, desde mi ciudad.

Por lo general, pensamos en la naturaleza desde la palabra. Esa ha sido la manera de acercarnos a ella. Escribimos canciones, poemas, novelas y documentos valorando su existencia con cierta dosis de idealismo y mucho de razón, pero es siempre desde las palabras, desde el lenguaje simbólico que la imaginamos y la conocemos.

Somos parte de la naturaleza, y si nos dejamos influenciar por su mundo, como nos dejamos influenciar por un influencer de medios, nos daríamos cuenta de su diversidad y equilibrio.

Hablar de la naturaleza, es igual que conocerla para muchos seres urbanos. Como, seguramente, será para los habitantes de un medio natural especular sobre la ciudad.

Igual pasa con el arte. Se teoriza sobre el arte sin haber experimentado el arte, por lo menos con el objetivo de saber de qué se trata. La naturaleza es, pues, una diosa exquisita a la cual muchos aman y otros temen desde lejos.

Aristóteles decía que la naturaleza es la generación de lo que crece, o el elemento primero de donde emerge lo que crece. Esto no ha cambiado, de hecho, es allí donde buscamos referencias de la evolución con la confianza de encontrar las respuestas que necesitamos. Si estamos buscando algo que crezca y evolucione por su propia naturaleza, es allí a donde vamos.

Decía, también, que era la esencia de los seres que poseen en sí mismos un principio y una causa de movimiento. Lo que es igual a decir que el ser se comporta de una forma determinada por sus propios principios y causas, y no por agentes foráneos. De hecho, los seres humanos, si recordamos nuestras formas de organización, veremos en la naturaleza el original. Efectivamente, somos grandes copiadores de sus modos de organización y seguimos haciéndolo.

Es la diosa fisis, la materia, la maestra en autogenerarse y autogestionarse. Un sistema único, gran matriz de todo lo demás. Y ya es hora de cambiar nuestra relación con ella. Experimentarla es el primer paso.

Democracia natural. Costa Rica ha recibido un premio porque ha apostado por proteger la naturaleza. No es gratuito. En Costa Rica, se vive en la naturaleza, y esta manera de coexistir nos hace más democráticos. Pequeñas tribus sociales controlamos que nadie vaya más allá de lo permitido, para bien y para mal.

Lo fundamental es que el desarrollo material del capital va para otros lados del imaginario, no para la tala de bosques. Aunque existan problemas serios para disponer de la basura y cuidar el agua, el que tiene otras ambiciones migra o patenta videojuegos.

Experimentarla, porque la naturaleza también nos influye con su paisaje. Los usos de su compañía nos piden caminatas, siembras, almácigos, trasplantes, botas, capas, sombreros, semillas, palas, picos, arados, mecates, machetes, azadones, silencio, lunas, nubes, observación, coexistencia, sistematización, alegría, cansancio. Una lista que ya nos configura estéticamente y éticamente.

Muchos ya consumimos más naturaleza que centros comerciales, y nos vuelven a agradar ya no los modelos de vida de revista de consumo, sino los modelos que sobreviven mejor inmersos en ella.

Pensar diferente. Reconocer la influencia de la naturaleza en nosotros es darle la vuelta a la tortilla; pensar diferente a lo usual, que es decir cómo nosotros influenciamos a la naturaleza, moldeándola, explotándola y extinguiéndola, y, por supuesto, luchar contra eso.

Nuevas propuestas ecologistas hablan del derecho de la naturaleza a existir por sí misma. También aparecen nuevos proyectos de leyes como el derecho arbóreo, el derecho de los ríos y el derecho al paisaje, que muestran cómo el mundo está cambiando, devolviéndole a la naturaleza, y digo devolviéndole a la naturaleza y no dándole, porque ya el estatus lo tenía desde el origen de los pueblos: el de ser la despensa de la vida, la comida de todos nosotros.

Dejarse influenciar por la naturaleza no es solo cuestión de moda o miedo al final de la vida natural. Podemos buscar inspiración en su vocación de autogestión en sí misma gracias a sus propios sistemas regulatorios y productivos.

Como vemos, dejarnos seducir por su mundo es ir más allá de un neonaturalismo al estilo Thoreau, una posición política que ya Costa Rica como país lidera.

Dejemos de recordar a la naturaleza como resultado de una idealización aprendida, donde los seres humanos estamos fuera.

Somos parte de la naturaleza, y si nos dejamos influenciar por su mundo, como nos dejamos influenciar por un influencer de medios, nos daríamos cuenta de su diversidad y equilibrio.

Tradición dedicada al paisaje. Una vecina me decía lo molesto que es despertarse con los ruidos de los pájaros. En su caso, yigüirros cerca de su ventana. Hay gente que prefiere la radio al silencio. A mí, en lo particular, me molesta el ruido de los tráileres, autos y autobuses de la calle desde buena mañana.

Creo que a todos nos molesta el aire sucio. Aunque hay quien paga por el aire acondicionado sin necesitarlo, y acrecienta su huella energética. Lo cierto es que, aunque no lo sepamos conscientemente, este país tiene una tradición dedicada al paisaje y a la naturaleza.

Escritores como Ricardo Jiménez, Carlos Salazar Herrera, Julieta Pinto, Fabián Dobles, Luis Barahona, Jorge Debravo, Carlos Luis Fallas, Alexander Skutch, José Zeledón, López Calleja y muchos otros dedicaron páginas enteras al paisaje y la naturaleza. Ni que decir de los pintores, los acuarelistas y los músicos. Todos ellos se han dejado influenciar por ella.

Sirva como antecedente de un país que se deja influenciar por su energía al igual que se deja abrigar por su cuidado y futuro, más allá de los eslóganes y del comercio de estas luchas desde hace muchos años.

La autora es filósofa y escritora.