Teresa Ish y Henrik Österblom.   28 mayo

ESTOCOLMO– McDonald’s. Hilton. IKEA. Cada uno de estos titanes corporativos disfrutan de una enorme base de clientes. Pero lo que la mayoría de esos clientes tal vez desconozcan es que esas compañías son líderes en gestión de los océanos: venden alimentos de origen marino sostenibles. Es un precedente importante, pero no suficiente.

Cuando se trata de la captura y venta de alimentos marinos, “sostenible” no es una etiqueta vacía. Representa la capacidad de rendir cuentas por toda la cadena de valor, desde el momento en que el pez sale del agua, para garantizar que todo el proceso se lleva a cabo de manera que las pesqueras, y el ecosistema marino, sigan prosperando.

El movimiento por los alimentos marinos sostenibles ha crecido con rapidez. Hace apenas 20 años, la sostenibilidad era un concepto de nicho en el sector pesquero. Casi nadie hablaba de él. La mayoría de las compañías no eran capaces de reconocer las consecuencias a largo plazo de la sobrepesca para su negocio, por no hablar de dar mayor prioridad a la conservación.

En esos años, los grupos ambientalistas que promovían los alimentos marinos sostenibles eran recibidos con suspicacia o directamente con rechazo. Una tapa de 1997 de la revista Seafood Business planteaba que las compañías pesqueras no debían “meterse debajo de una manta con hippies ambientalistas.”

Mucho ha cambiado desde entonces. En todo el mundo, los consumidores esperan cada vez más que los alimentos de origen marino que compren califiquen como sostenibles, ya sea en la tienda del barrio o en un restaurante de cinco estrellas. En cerca de 100 países se puede encontrar la icónica marca azul del Consejo de Vigilancia Marina (MSC), lo que ilustra la creciente demanda de productos marinos sostenibles.

La gente se preocupa más de sus opciones alimenticias, y sus hábitos están cambiando. Esperamos que nuestra comida, que compartimos con nuestros hijos, sea segura y nutritiva. Además, cada vez más esperamos de las compañías cuyos productos consumimos que no contribuyan más a la sobrepesca, el calentamiento de las aguas y la polución que afectan a los océanos. Expresamos esas expectativas a través de cómo gastamos nuestro dinero.

Pero también ha habido cambios de actitud entre los líderes del sector, lo que es igual de importante. Muchos están colaborando con grupos de conservación marina para ver cómo recuperar las zonas pesqueras agotadas y mantener saludables aquellas que están en explotación. En parte, esto es un reflejo de su deseo de satisfacer a sus clientes. Pero con todo lo perjudicial que sea la demanda cambiante y el debilitamiento de la fidelidad de marca, nada es peor que el agotamiento de la oferta. Las compañías se han dado cuenta de que es imposible vender pescados y mariscos si ya no queda ninguno.

Para marcar la diferencia, basta con unas pocas compañías. Puede que millones consuman estos productos en todo el mundo, pero apenas un puñado de firmas los comercian. En consecuencia, cambios relativamente pequeños por parte de unas pocas empresas podrían avanzar mucho en el camino hacia la protección del futuro de todo el sector.

Este efecto se ve reforzado cuando los principales actores toman medidas para abordar en conjunto los problemas de la cadena de suministro pesquero. Las iniciativas de colaboración entre los líderes del sector, como los que conforman la Seafood Business for Ocean Stewardship (SeaBOS), ya han desempeñado un papel relevante en promover avances en el ámbito de la sostenibilidad.

Hasta hace poco, las compañías pesqueras internacionales podían colaborar, de hacerlo, en relaciones bilaterales con ONG conservacionistas, pero no lo hacían entre sí. SeaBOS cambió eso. SeaBOS, una iniciativa con base científica, ha logrado la participación de los directores ejecutivos de diez de las más grandes compañías pesqueras, con el objeto de estimular un cambio transformacional hacia una producción marina sostenible que permita el desarrollo de océanos sanos.

Pero la tarea del movimiento marino sostenible está lejos de haber concluido. Si realmente hemos de salvaguardar el futuro de los seres vivos del océano, incluso más compañías pesqueras deben comprometerse con la sostenibilidad. Para aquellas que ya lo han hecho, el imperativo es atraer a sus contrapartes de todo el mundo, desde Japón hasta China y Chile, a unirse al esfuerzo.

Más aún, en momentos en que la presión sobre los océanos aumenta rápidamente, los grupos de promoción y los científicos deben trabajar en condiciones equitativas con las pequeñas pesqueras y las comunidades que dependen de ellas para asegurarse de que puedan manejar el reto de ejecutar prácticas sostenibles. Y una proporción mayor de consumidores deben adoptar una actitud más resuelta para exigir transparencia en la cadena de suministro de los productos de origen marino, apoyando la sostenibilidad en cada una de sus compras. Los consumidores pueden impulsar un cambio real al escoger el bacalao del Pacífico capturado éticamente por sobre el pescado de origen desconocido y a precio de descuento.

La tecnología puede servir de apoyo a este incipiente compromiso internacional con la sostenibilidad, por ejemplo, facilitando la recolección de datos y la gestión de los océanos. No pasará mucho tiempo antes de que la inteligencia artificial pueda indicar a los pescadores exactamente dónde capturar peces del tamaño que necesitan, reduciendo con ello los efectos adversos sobre los ecosistemas. Quizás incluso antes los consumidores podrán ver el trayecto completo de un pez desde el mar a la tienda local de alimentos, con solo escanear un código QR con sus teléfonos móviles.

Sin embargo, la mayor esperanza es que la etiqueta “sostenible” llegue a ser tan común y esté tan legitimada que un día los consumidores se sorprendan más de su ausencia que de su presencia. La expectativa por defecto (entre las compañías pesqueras y sus gerentes, los grupos conservacionistas y los consumidores) será que todos los productos de origen marino se hayan capturado de manera sostenible. Esperamos que la sostenibilidad se convierta en la norma pronto, en cuestión de años y no décadas.

Teresa Ish: funcionaria del Programa Ambiental de la Fundación Walton Family.

Henrik Österblom: profesor y director científico del Centro de Resiliencia de la Universidad de Estocolmo.

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