Luis Lorenzo Rodríguez. 13 octubre, 2020

En el periodo de gobierno 1990-1994, con un aporte de los Estados Unidos, se llevó a cabo un programa de movilidad laboral voluntaria, mediante la cual se retiraron de la Administración Pública alrededor de 10.000 funcionarios con prestaciones y bonificaciones adicionales.

Al final del período de Rafael Ángel Calderón Fournier, las 10.000 plazas que habían quedado vacantes estaban ocupadas nuevamente.

El programa solo sirvió para gastar muchos recursos y trasladar personal calificado con posibilidades de incorporarse al sector privado.

En el periodo de gobierno siguiente, 1994-1998, con nuevos fondos del mismo origen, se creó el programa de movilidad forzada.

Para este fin se efectuaron numerosas reestructuraciones —en algunas de ellas colaboré como técnico— y fueron despedidos alrededor de 10.000 funcionarios, con prestaciones y una bonificación adicional también. No fueron más porque se acabaron los fondos.

Al final del período de José María Figueres Olsen, las 10.000 plazas vacantes, todas sin excepción, tenían nuevamente nombre y apellido.

Acaparamiento. La Administración Pública costarricenses y los sindicatos tienen tomado desde hace años el poder político y esa es la razón por la cual existe un empecinamiento en no racionalizar el gasto público y, consecuentemente, endeudar sin compasión a los más jóvenes y a las generaciones venideras.

Y aunque la riqueza no la producen ellos, son los beneficiarios del dinero de los contribuyentes.

Las propuestas son paliativas o contraproducentes, como la de movilidad voluntaria planteada por el actual gobierno, que no va por el camino correcto, por las razones expuestas antes.

Mediante un ejemplo, voy a explicar en forma clara y sencilla el comportamiento del consumidor tomando en cuenta el origen de los recursos con los cuales realizará los gastos.

Veamos. Por malas decisiones, una compañía se encuentra en dificultades, se declara una epidemia y se agudiza la crisis.

Los socios ya no quieren invertir más, si no les pagan intereses especulativos. Se recurre entonces al banco y este recomienda una reducción de gastos.

El gerente reúne a los trabajadores y les informa que los primeros 100 empleados que renuncien recibirán las prestaciones y un jugoso bono extra.

En esa hipotética situación, renunciarían, sobre todo, los trabajadores más competentes, pues saben que sus servicios serán requeridos por otras empresas. Sin embargo, la decisión no concuerda con la racionalidad, que pretende obtener el mayor beneficio al menor costo.

Para comprender cómo es posible que una decisión de tal naturaleza sea normal en una administración pública, podemos recurrir al premio nobel de economía Dr. Milton Fridman, creador de la irrefutable matriz del gasto.

La matriz ayuda a entender el comportamiento de las personas con los bienes que no son de su propiedad, tales como autos, edificios, casas, equipos de trabajo, material de oficina y muchos otros.

En la casilla superior izquierda, yo gasto mi propio dinero, trato de economizar y busco lo mejor.

Es como el proverbio según el cual solo el ojo del amo engorda el caballo. No es cierto que cuando el gobierno introduce su mano en mi bolsillo para financiar al banco de los trabajadores este hará un mejor uso de mi dinero. Nadie mejor que yo sabe cómo administrar mi dinero.

En la casilla superior derecha, yo gasto mi dinero en algo que no es para mí. En este caso, la apariencia será fundamental.

Trataré de complacer al otro al menor costo posible. El ideal sería darle el dinero y que él disponga en qué gastarlo, como en la casilla anterior.

En la casilla inferior izquierda, el dinero es de otro, pero el gasto es para mí. Me quito un antojo difícilmente posible de satisfacer con mi propio dinero (que la casilla esté a la izquierda es mera coincidencia).

Por último, la casilla inferior derecha es cuando el dinero es de otro y el gasto también es para otro. Ahí, es donde no importan ni el precio ni la calidad.

Las dos casillas de abajo, cuando el dinero que gasto no es mío, explican la situación de nuestro país, y de muchos otros, en materia de convenciones colectivas, salarios públicos, privilegios obscenos, pensiones de lujo, injusticia social, mala educación, pésima infraestructura, endeudamiento y, principalmente, valores éticos.

Muestran diáfanamente, la naturaleza misma y la actuación del Estado, bien harán todos en aprender de memoria la matriz de Fridman para manejar los impuestos.

El autor es exdirector de la Escuela de Administración Pública de la UCR.