Iván Molina Jiménez. 14 octubre

Con excepción de Guatemala, en el resto de Centroamérica las primeras novelas de escritores de la región fueron publicadas tardíamente, en un período que se extendió entre el último cuarto del siglo XIX e inicios del XX.

Tal rezago se explica por tratarse de sociedades aplastantemente rurales, muy desiguales socialmente, con círculos de intelectuales, profesionales y artistas pequeños y poco diversificados, y caracterizadas —salvo Costa Rica— por un elevado analfabetismo.

Según Carlos Newland, hacia la década de 1890, de quince países de América Latina y el Caribe (incluido Puerto Rico) para los cuales se dispone de datos sobre alfabetización, solo Costa Rica se ubicaba entre los tres primeros lugares, por debajo de Argentina y Uruguay. Sin embargo, esa ventaja era contrapesada por su escasa población.

Mercado. De acuerdo con el censo de 1892, Costa Rica tenía 243.205 habitantes, de los cuales 48.215 (19,8%) sabían, por lo menos, leer. Si a esta cifra se le deducen quienes vivían en áreas distantes o eran muy pobres para adquirir periódicos, revistas y libros, el total de consumidores efectivos de esos productos se reduciría a unas 25.000 personas.

Puesto que el consumo de tales materiales tenía una base familiar más que individual, alrededor de unos 8.000 hogares —a partir de una estimación moderada de cuatro miembros por familia— podrían haberse incorporado al consumo activo de productos impresos.

La pequeñez del mercado cultural era agravada porque los lectores de esa época preferían el libro extranjero al costarricense, especialmente en lo referente a obras literarias. Debido a este condicionante, los únicos textos producidos en el país cuya venta tenían asegurada eran los incorporados como lecturas obligatorias en el sistema educativo.

Escándalo. Costa Rica, dadas las circunstancias anteriores, fue parte de la tardía producción novelística centroamericana. Según el estudio de Juan Durán Luzio, la obra que inició este género literario en el país fue Risas y llantos, de Manuel Argüello Mora (1834-1902), la cual circuló por entregas en una revista cultural josefina en 1888.

Durante la conocida polémica literaria que en 1894 enfrentó a Carlos Gagini (1865-1925) y a Ricardo Fernández Guardia (1867-1950) sobre si era posible producir literatura costarricense, los contendientes nada mencionaron sobre la novela.

La primera vez que se planteó directamente la posibilidad de que se desarrollara una novelística costarricense fue en 1899, después de que la Imprenta y Librería Española publicó Elisa Delmar de Argüello Mora y De las coquetas, del escritor guatemalteco residente en San José Máximo Soto Hall (1871-1943).

Elisa Delmar, de carácter histórico y publicada en mayo, fue la primera novela costarricense que circuló en forma de libro. En junio, se le unió De las coquetas, texto que de inmediato provocó un escándalo por su “crudeza en el estilo” y el “ultranaturalismo en la exposición de las ideas”.

También se le reprochó a Soto Hall expresar “cosas que no se deben decir en primer lugar por ser tan reducida nuestra sociedad y en segundo porque no existe en ella la suficiente despreocupación para ver con indiferencia o no, lo que se publique”.

Horizonte. Aunque la obra de Soto Hall, compuesta por seis estudios, podría no calificar como novela, esa organización de la narrativa y el enfoque privilegiado por el escritor guatemalteco contribuyeron a alimentar el debate sobre si era posible producir novelas en Costa Rica.

Sobre tal asunto, El Anunciador Costa-Ricense, órgano de la Imprenta y Librería Española, publicó en agosto de 1899 un artículo anónimo según el cual quienes pregonaban que “no puede haber novela costarricense” estaban equivocados y reducían “el horizonte literario del país, pretendiendo quizá que nuestra producción se concrete a la poesía”.

Frente a esa corriente de opinión, el articulista afirmó que Costa Rica disponía de “elementos sobradísimos… para la novela local, viva, interesante, llena de movimiento y con palpitaciones de realidad”.

Al igual que Gagini en 1894, el texto de 1899 resaltó que “las costumbres, los hábitos familiares, todo aquello que imprime carácter étnico y propio al pueblo de Costa Rica puede servir de elemento para nuestra novela”.

Siempre en línea con Gagini, el artículo añadió que la dimensión humana de la narrativa podía enlazarse “con las descripciones de nuestra naturaleza admirable que tiene tonos y coloridos tan bellos, tan intensos y magníficos, que agotarían la más rica paleta”.

Modelos. Pese a esas declaraciones nacionalistas, el artículo advirtió tajantemente de que “quienes quisieran escribir novelones patibularios y de folletín” probablemente fracasarían, “al igual que quienes pretendieran hacer una novela de positivismo trascendental, sacando a relucir los problemas sociales del proletariado, el feudalismo del oro, el monopolio del capital”.

Luego de descalificar toda incursión novelística en los asuntos controversiales del momento — por entonces Costa Rica era gobernada de manera autoritaria por Rafael Yglesias Castro—, el texto enfatizó en que la novela costarricense solo podía ser de dos tipos: “la de costumbres, cortada sobre el patrón de las de [José María de] Pereda, o la histórica”.

Para ambos modelos, se disponía de abundantes recursos, como lo demostraban, según el artículo, “los trabajos del señor [Manuel] Argüello [Mora] que tienden a ese fin”. Al proponer que la producción novelística costarricense podía incorporar una decisiva dimensión histórica, el artículo de 1899 innovó en relación con la polémica de 1894, en la cual la posibilidad del pasado como fuente narrativa quedó al margen.

Límites. Con entusiasmo, el articulista se manifestó a favor de que Argüello tuviera “imitadores, pero imitadores sensatos, que no echen a barato las leyes generales de la literatura; porque cierto es que podemos tener novela local, en cambio no es posible que creemos un género literario ni una escuela distinta de la clásica española”.

Según se estipula, “dadas nuestras especiales condiciones de carácter y medio social, podremos crear una literatura regional dentro de la General española, pero nunca una Escuela independiente de ésta, que es la madre, el origen, el germen que tiene vida propia consagrada por la tradición y sancionada por las leyes de la filología”.

De esta manera, el mismo artículo que al inicio se manifestó en contra de reducir el horizonte de la literatura costarricense, al final incurrió en lo que criticaba, al reafirmar el carácter inevitablemente colonial de la producción literaria local.

Para que no quedara duda al respecto, el autor insistió en que “ridículas son las pretensiones de aquellos que sueñan con echar los cimientos de una Escuela literaria independiente de la tradición de la Historia y de las leyes de la Castellana”.

Catalizador. Sin atender a la prescripción anterior, Soto Hall publicó a finales de 1899 la novela El problema, que originó un escándalo todavía más profundo e intenso que el suscitado por De las coquetas meses antes.

Al enmarcar la trama de El problema en un porvenir en el que Centroamérica estaba próxima a anexarse a Estados Unidos, Soto Hall produjo una de las primeras y principales novelas de ciencia ficción política publicadas en América Latina.

Escrita desde una perspectiva deliberadamente polisémica, El problema puede ser leída tanto como una novela antiimperialista, que advertía de los peligros de que Centroamérica fuera absorbida culturalmente por Estados Unidos, como una obra que promovía esa absorción.

Con sus provocadores textos, Soto Hall, durante la invención inicial de la novela, jugó un indudable papel catalizador, no solo al evidenciar a partir de sus propias obras la posibilidad de una novelística costarricense, sino al retar a quienes se dedicaban a la literatura en el país a dejar volar sus imaginaciones.

El autor es historiador.