Peter Singer. 12 junio

MELBOURNE– ¿Deberíamos valorar todas las vidas humanas de la misma manera? Esta pregunta surgió de una manera aguda en marzo, cuando el coronavirus hizo colapsar el sistema de atención médica de Italia.

Al prever una situación en la cual no habría suficientes respiradores para todos los pacientes que necesitaran uno, un grupo de trabajo de la Sociedad Italiana de Anestesia, Analgesia, Resucitación y Terapia Intensiva respaldó contra su voluntad un racionamiento por edad, teniendo en cuenta, al mismo tiempo, la fragilidad y la gravedad de otros problemas de salud.

Discriminar basándose en la edad es algo muy diferente que discriminar tomando en cuenta la raza, por ejemplo. Todos los que son viejos alguna vez fueron jóvenes.

El objetivo del grupo fue apoyar a aquellas personas con más probabilidades de supervivencia y de tener una larga vida por delante.

Las propuestas de un racionamiento basado en la edad se discutieron en muchos países y, no pocas veces, se toparon con una oposición.

En el Reino Unido, por ejemplo, Catherine Foot, directora de pruebas del Centro para Envejecer Mejor, dijo que estas propuestas revelan “una discriminación por edad impulsiva y peligrosa, según la cual cuanto más viejos nos volvemos, menos valor tenemos y menos importante resulta salvar nuestras vidas”.

Esta cuestión va mucho más allá de la pandemia actual. En el 2003, la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA, por sus siglas en inglés) tuvo que decidir qué costo le impondría a la industria para limitar la contaminación ambiental.

Eso implicó poner un tope superior al costo de salvar una vida. La EPA propuso fijar el límite para la vida de una persona más joven de 70 años en $3,7 millones y en $2,3 millones la de más de 70 años.

Cuando los medios lo difundieron, organizaciones defensoras de la gente mayor lo calificaron de “descuento de muerte de los adultos mayores” y acusaron a la agencia de desentenderse de los estadounidenses de edad avanzada. Finalmente, la publicidad negativa obligó a la EPA a retirar la política de la mesa.

Pero la EPA no es la única que hace este tipo de cálculos. En los últimos 30 años, la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha fijado sus prioridades mediante una evaluación del impacto de las enfermedades en lo que llama “la carga global de la enfermedad”.

La idea es saber qué enfermedades causan más daño y apuntar contra ellas, donde eso sea posible y costo efectivo.

Si bien algunas enfermedades tienen más probabilidades de matar niños, otras, como la covid-19, plantean un riesgo más grande para la gente mayor, mientras varias tienen las mismas probabilidades de matar a la gente a cualquier edad.

La OMS utiliza una herramienta llamada años de vida ajustados por discapacidad (AVAD) para medir los años de vida perdidos a consecuencia de una muerte prematura y los años de vida vividos sin gozar de plena salud. Cuántos más AVAD haga que se pierdan una enfermedad, mayor su carga global.

El AVAD es una herramienta imprecisa. Cómo llegamos al equilibrio correcto entre la cantidad de años de vida perdidos y los años vividos en cualquiera de los diferentes estados posibles de “sin gozar de una salud plena”, es una cuestión polémica.

Sin embargo, oponerse a tomar en cuenta la cantidad años de vida perdidos parece perverso. No deberíamos dejarnos engañar por el relato de “salvar vidas”.

Lo que el tratamiento médico hace, si funciona, es prolongar vidas. Tratar de manera exitosa una enfermedad que mata a niños y jóvenes, tal como están las cosas, probablemente se traduzca en una prolongación mayor y, por tanto, en un bien superior a si se tratara exitosamente una enfermedad que mata a gente septuagenaria, octogenaria o nonagenaria.

Si esto es “discriminación por edad”, ¿está mal? Las métricas de la OMS cuentan cada AVAD de igual manera, ya sea un AVAD en la vida de un adolescente saludable o un AVAD en la vida de una persona sana de 90 años.

Salvar la vida del adolescente cuenta más no porque el adolescente sea más joven, sino porque salvar a una persona más joven probablemente implique que esta vivirá más años.

Para ver por qué algunas formas de discriminación por edad son justificables, imaginemos que usted acaba de ser padre y le están consultando sobre una cuestión que afectará a su hija recién nacida, cuyos intereses, naturalmente, son sumamente importantes para usted.

Le informan de que, en algún momento de la vida de su hija, probablemente se infecte con un virus peligroso. Sus posibilidades de infectarse son las mismas en cualquier año de su vida, igual que el riesgo de morir del virus, a menos que reciba una droga especialmente diseñada.

Sin embargo, los investigadores han descubierto que el diseño de la droga debe variar según la edad del paciente. La droga A es eficaz para los menores de 40 años y la droga B, para los mayores de 40 años, pero el proceso de producción es tan costoso que el servicio nacional de salud no puede solventar la producción de ambas drogas. Debe elegir una de ellas.

Frente a esta opción, y suponiendo que usted cree que la vida de su hija será valiosa, va claramente contra sus intereses votar por la droga B.

Eso aumentaría el riesgo de que su hija muriera antes de cumplir 40 años. Para mejorar las probabilidades de que su hija viva una vida más prolongada, usted debería votar por la droga A.

Como demuestra este ejemplo, discriminar basándose en la edad es algo muy diferente que discriminar tomando en cuenta la raza, por ejemplo.

Todos los que son viejos alguna vez fueron jóvenes. Nadie que es negro alguna vez fue blanco. Y no existe una perspectiva imparcial y neutral en relación con la raza desde la cual podamos concluir que a todos nos favorece salvar la vida de la gente blanca y no de la gente negra.

Pero la justificación de la discriminación por edad es limitada. No se extiende a formas de discriminación basadas en la edad que no salvan vidas, como, por ejemplo, dar preferencia en el empleo a gente más joven cuando hay personas mayores que pueden hacer el trabajo igual de bien o mejor.

Peter Singer: profesor de Bioética en la Universidad de Princeton y fundador de la entidad de beneficencia The Life You Can Save. Sus libros incluyen “Animal Liberation”, “Practical Ethics”, “One World Now” y “The Life You Can Save”.

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