Víctor Valembois. 19 julio

Pantagruélica, esta puñetera y perversa pandemia. Va a comernos a todos. Sigamos las reglas, hacia el patíbulo o hacia algún panegírico paraíso,

Es probable que quienes peinamos canas y tenemos una firme vida interior alcancemos hasta cierto provecho en lecturas y formación, a pesar de la peste periférica. Sin embargo, voy a comentar el asunto de las estatuas; unas para derribar, otras para erigir.

Jaime Daremblum escribió en su columna “Horizontes” del 7 de julio, bajo el título “El corazón de la oscuridad”, que hace rato debieron haberse derribado todas, las de Leopoldo II, incluidas.

Propugno, más bien, una educación cívica no nacionalista, sino tomando en cuenta el tiempo y el lugar.

Por eso, me resulta un tanto simple el ritornello del Congo, como si desde Conrad —a quien admiro, por supuesto, como escritor— no haya pasado bastante agua por los grandes ríos de ese país africano.

Producto de la época. Ahora bien, sin para nada “justificar” los actos de barbarie cometidos por mi “rey” y algunos compatriotas, pregunto si aquello no era un producto lamentable de una época, en la cual los del sur de Estados Unidos seguían perpetrando bestialidades a gran escala contra gran parte de su propia población; y cómo no refrescar la memoria sobre los campos de concentración que inventaron los británicos, mucho antes que Adolf Hitler, en Sudáfrica, en tiempos de mi maestro Baden Powell. Y, más cerca, constatemos ahora el lento genocidio en Palestina.

Veamos también el otro lado de la medalla: mientras fui amigo de un negro en mi Lovaina universal, mi madrina y un misionero jesuita nos contaron acerca de la importancia de valorar, aparte de la época y el lugar, el contexto.

Sí, es probable que Patrice Lumumba fuera asesinado en connivencia con los belgas, pero por fuerzas estadounidenses para apoderarse de la bauxita en Katanga, una de las once provincias de la República Democrática del Congo entre 1966 y el 2015.

Y Mobutu Sese Seko, un golpista, sí tuvo su formación militar en Bélgica y no podía desprenderse de su boina de leopardo, porque no es posible calcar así como así la democracia ateniense en cualquier parte.

Sin embargo, la acumulación impresionante, robada, es culpa de él. Y, así, en los conflictos étnicos de Ruanda y Burundi, recientes y a machetazo limpio, no son los belgas (en su antiguo protectorado) ni los franceses, ahora, los culpables.

Elección de figuras. Total, que termino aquí esa diatriba para pasar a la otra cuestión anunciada: pensemos mejor en cuáles monumentos, en nuestra Costa Rica de ahora, la del 2020, convendría poner prudentemente de lado —no mencionaré algunos nombres, aunque me arde la lengua—.

En todo caso, yo propondría, como requisito, que debe haber pasado un siglo quizá antes de montar a alguien en un pedestal.

Luego, habiendo leído El año de la ira, brillante “investigación documental” de Carlos Cortés, a un siglo desde esa espantosa tiranía que él, con documentación y talento, describe, sí, señores, aquí mismo con la tiranía de los hermanos Tinoco, estoy por proponer que por fin se levante una estatua decente a aquel insigne educador salvadoreño llamado Marcelino García Flamenco.

Figura ya, y muy cerca de un expresidente nuestro de dudoso recuerdo, pero en un mísero murito levantado mediante una colecta popular.

Lo mismo propongo para el escritor y periodista Rogelio Fernández Güell, eminencia nuestra durante el régimen de Francisco I. Madero, en México, que aquí y ahora solo se ignora por vastas mayorías, no obstante que su nombre va para la avenida central de la capital.

Siembra de civismo. Monumento, el término, por raíces clásicas va asociado a memoria, pero no basta con derribar estatuas porque sí, por gentuza.

El escritor Alejo Carpentier afirmaba no querer transformar un “gran hombre en una especie de monumento”, por lo cual prefería crear con un personaje acaso secundario, pero muy significativo, un personaje con las ventajas de la autenticidad, la verosimilitud, dice Juan Durán en Lectura histórica de la novela.

Es cosa, entonces, no tanto de visualización externa, sino de interiorización. Cabe educar y sembrar civismo.

Las estatuas mueren, los libros puede que también. En setiembre de 1973, en Chile, horrorizado, vi piras de libros, como en la época hitleriana. Pero, por lo menos, los buenos libros, históricos e imaginarios, sirven más.

Por la patria, sigamos en penosa, pero provechosa penitencia.

El autor es educador.