Gustavo Román Jacobo.   20 junio

Ocurrió hace dos años. Aeropuerto Internacional de Los Ángeles. En la puerta de embarque un niño de menos de dos años hacía un berrinche.

Se negaba a subir al avión. Gritaba, pateaba, corría, se tiraba al suelo y lloraba. ¡Y había que abordar ya! Su joven mamá, embarazada, tras varios esfuerzos por recogerlo, se sentó en el piso y empezó a llorar.

De pronto, siete mujeres la rodearon a ella y al chiquito. No la conocían ni se conocían entre ellas. Una le cantó The Itsy Bitsy Spider, otra le peló una naranja, una tercera sacó un juguete del bolso, otra más le llevó una botella de agua a la abrumada madre y una quinta le ayudó a sacar un beberito de su bolso. Lograron calmar a ambos para que tomaran el vuelo tranquilos. Solo mujeres se acercaron.

¿Casualidad? No. ¿Natural? Tampoco. Lo primero lo evidencian más evidencias que las que cualquier otra tesis en el mundo pueda tener. Los números antes y después de la Ley de Paternidad Responsable, por poner un ejemplo nacional. Las labores de cuidado, no solo de niños, sino también de personas adultas que lo requieren, son muy, pero muy mayoritariamente asumidas por mujeres, lo que les representa un elevado costo personal, incluso en su salud.

Los hombres, en esa terminal aérea, no eran tipos insolidarios o particularmente inútiles. Probablemente había varios altruistas y a no pocos les sobrarían destrezas, pero ni uno solo se acercó a ayudar.

En la segunda hipótesis no me detengo. Me sé todo el argumentario y sus ejemplos, incluidas las “parteras” bonobo o las langostas valientes de Jordan Peterson. Hay mucho escrito, mejor que lo que yo podría aquí, sobre la muleta biologicista del sexismo.

Me reservo ese espacio para ejemplificar la verdad incómoda de que esa asignación del cuidado a las mujeres está hecha de discursos, no de genes, que se trata de una construcción social a la que tradiciones religiosas e industrias culturales han aportado durante siglos y que está menos relacionada con la moral que con la ideología. No se trata de ser más buenos. El problema es educativo.

Confirmación. La idea de que el abandono paterno de los niños tiene su origen en el hedonismo de los hombres está enquistada en nuestra cultura a fuerza de casos que (solo superficialmente) la confirman.

Uno es el de Neruda. Confieso que he vivido, su autobiografía, es, sobre todo, la descripción de una vida orientada por el placer y el disfrute estético de la belleza en todas sus manifestaciones: en las artes, en la naturaleza y en las mujeres. ¡Gran plan de vida!, si no fuera porque eso, la vida, es más complejo que una fiesta.

Pareciera que cuando su única hija, Malva Marina, de su primera esposa, nació con hidrocefalia, el poeta empezó a distanciarse de la madre y de la niña, a la cual describió como “un ser perfectamente ridículo”, “una especie de punto y coma”.

En carta a su amiga Sara Tornú, le dice que la bebita “se moría, no lloraba, no dormía; había que darle con sonda, con cucharita, con inyecciones, y pasábamos las noches enteras, el día entero, la semana, sin dormir (...). Aquella cosa pequeñilla sufría horriblemente”.

A los dos años de la niña, entre los apuros del estallido de la guerra civil española y el inicio de su relación con Delia del Carril, dejó en Montecarlo a madre e hija, quienes pasaron penurias y hambre hasta que, a sus ocho años, murió Malva. Su madre, a través del Consulado de Chile en La Haya, avisó a Neruda y le pidió verlo. Carta que nunca respondió.

¿Una traición a sus valores y principios? En modo alguno. En “Farewell” lo dice claramente: “Desde el fondo de ti, y arrodillado / un niño triste, como yo, nos mira. / Por esa vida que arderá en sus venas / tendrían que amarrarse nuestras vidas. / Por esas manos, hijas de tus manos, / tendrían que matar las manos mías. / Por sus ojos abiertos en la tierra / veré en los tuyos lágrimas un día. / Yo no lo quiero, Amada. / Para que nada nos amarre / que no nos una nada. / (…) / Amo el amor de los marineros / que besan y se van. / Dejan una promesa. / No vuelven nunca más. / En cada puerto una mujer espera: / los marineros besan y se van. / (…) / AMO el amor que se reparte / en besos, lecho y pan. / Amor que puede ser eterno / y puede ser fugaz. / Amor que quiere libertarse / para volver a amar. / (…) Pero hacia donde vaya llevaré tu mirada / y hacia donde camines llevarás mi dolor. / (…) / Desde tu corazón me dice adiós un niño. / Y yo le digo adiós”.

Otro caso. Nada nuevo, una versión culta del borracho que se bebe el dinero de la leche de sus hijos. Consideremos, entonces, a alguien en sus antípodas: Ortega y Gasset.

¡García Lorca se bautizó a sí mismo y a Neruda “los anti Ortega y Gasset”! El filósofo madrileño es alguien que entiende su vida obligada por su circunstancia, fijada por un deber. Se cree una de las únicas 12 cabezas que piensan en el mundo y sabe que lo hace desde un país donde la Ilustración no iluminó. No se entretiene, le cuenta en carta a José Castillejo, debido a la “presión que esta terca suerte mía ejerce sobre mis actos”. No se distrae, porque “la responsabilidad que sobre mí va dejando caer llega a aterrarme a veces”. En suma, un señor que a los 23 años le escribe a la novia que debe decidirse entre ser un “sabio privado” o el “creador de un pueblo”.

Ya casado con ella, en una estancia posdoctoral en Marburgo, nace Miguel, su primogénito. Entonces, en carta a su padre, él, que ha dicho que “el hombre no tiene naturaleza, sino historia”, se deja decir que su suegra “naturalmente” ha venido a ayudar a su esposa y, en otra correspondencia, tras un junio y julio de cólicos y llantos nocturnos, protesta por “los dos pésimos meses que me ha costado mi hijo”. Confiesa “la melancolía que todo aquello me suscitó” y se compromete a reactivar su trabajo intelectual de inmediato, porque, como todo el mundo sabe, ya de dos meses en adelante la mujer puede hacerse cargo sola de su cría.

Henrietta y Figueres. Un caso más cercano es el de don Pepe. Al conocerlo, la joven Henrietta Boggs queda impresionada de que sepa todo, “con hechos y números”: “Sabía todo sobre filosofía, la que podía discutir en inglés, catalán, español, alemán y mal francés. Leía también latín y griego, había estudiado ingeniería y podía recitar poesía en tres lenguas”. Pero “no podía bailar (…) ni, mucho menos, galantear”, y “nunca se hallaba a gusto en situaciones en las que la gente simplemente conversaba, se relajaba y divertía. —¡No me explico cómo están dispuestos a perder tanto tiempo!—, decía observando a la gente en una fiesta. —¡Llevo aquí veinte minutos y nadie ha dicho nada inteligente todavía!”—. No es el perfil de un juerguista, pero, tras años de matrimonio, Henrietta se percató de que “Pepe se hallaba tan estrechamente unido a la búsqueda y el ejercicio del poder que ninguna otra cosa en la vida tenía valor para él”.

Las últimas páginas de su relato son tremendas. Su tristeza y abandono, en medio de un temido diagnóstico vivido en soledad sin que el señor pueda detenerse siquiera un momento a escucharla sin estar a la vez revisando un periódico, orquestando una reunión o consiguiendo fondos por teléfono.

Ante una histerectomía por cáncer uterino, la angustia de esta mujer es una: sus hijos, “¿quién los cuidaría?”. Convaleciente, pensaba en Muni y Martí, tan apegado a ella. Hasta que días después Figueres regresó de una gira y llegó a “verla”. A preguntar sin esperar respuesta. A contestar por ella lo que le preguntaban. A hacer reuniones en su propia habitación de hospital con el padre Núñez y Chico Orlich.

¿Lo había vuelto loco la guerra? No. Ya antes de esta, cuenta Henrietta, “la idea de alzarlo en brazos (a Martí) o darle el biberón estaba totalmente fuera de su mente”. Cuando ella le pidió más contacto físico con el niño, contestó: “Si es necesario, lleno la casa de empleadas, desde la puerta de la calle hasta la puerta del patio, pero nunca le voy a cambiar las mantillas a un güila”.

Miren, da igual lo dionisiaco o lo apolíneo. Que se siga más a Epicuro o a Platón. Aunque ciertamente es estrecha la relación entre empatía y atención, y eso claramente tiene una dimensión moral, antes, por encima de ese fondo de la voluntad, rige una construcción ideológica que asocia la ternura y la protección del débil con las mujeres, a la vez que asocia el coraje y la aventura con los hombres; ventajosa economía de la atención que nos permite a nosotros invertir esta en la satisfacción del placer o en la conquista de la gloria.

Eso tiene un nombre, se llama privilegio. Cuidar de otros demanda un derroche de energía vital. Enfocándola toda en ser felices, somos negligentes. Concentrándola en desarrollar nuestro propio potencial, somos displicentes.

Más importante que traerse abajo la estatua de Cortés, es derribar esas estructuras de granito ideológico en nuestra sociedad, cinceladas en las mentes de las nuevas generaciones, todavía hoy, en mucha publicidad comercial.

¡Y basta ya de romantizar la paternidad! Es una opción que debe asumirse con plena conciencia de sus costos. Ese cuento embaucador del sacrificio que implica esfuerzo, pero no renuncia, es un engaño de nuestra sociedad del rendimiento.

No, no puede hacerse todo. La limitación material que rige la existencia biológica, incluida la humana, confiere a las opciones de vida ese carácter dilemático que el pensamiento mágico trata de ocultar. Tener un hijo no implica solo un esfuerzo adicional. Supone renuncias. Será menos tiempo y dinero para lecturas, viajes y autocuidado. Menos tiempo para la dura competencia profesional. Menos margen para hacer lo que apetece, ante el imperativo de hacer lo que se necesita. Es un acto de autodonación. Es amor. Y, o es consciente, o la imbecilidad suprema.

El autor es abogado.