Fernando Araya. 21 febrero

Está en desarrollo un conflicto global al que se le puede denominar “guerra”, entendida no solo como despliegue de fuerzas militares, sino también acciones comerciales, económicas, mediáticas, políticas, ideológicas, tecnológicas y científicas, entre países y bloques de países adversarios en sus intereses tácticos y estratégicos.

El economista, político y escritor Josep Piqué explica cómo Tucídides argumentaba que cuando existe una potencia hegemónica y emerge otra con ánimo de disputar esa hegemonía, el resultado es una guerra directa entre ambos poderes.

La guerra ya empezó porque para ello no son necesarios los enfrentamientos militares directos, sino los intereses contrapuestos y conflictos violentos en muchas partes del mundo.

La situación actual, dice Piqué, caracterizada por la existencia de un poder hegemónico (EE. UU.) y otro emergente (China), genera un grave riesgo de guerra directa entre ambos.

A diferencia de la tesis de Josep Piqué, creo que la guerra ya empezó porque para ello no son necesarios los enfrentamientos militares directos, sino los intereses contrapuestos y conflictos violentos en muchas partes del mundo.

Civilizaciones. Aspectos relevantes de la guerra en desarrollo los constituyen los encuentros y desencuentros entre las civilizaciones existentes y sus configuraciones religiosas.

Puede hablarse, en general, de las siguientes civilizaciones: Occidental, América Latina, Japón, China, la India, mundo islámico, países ortodoxos, África y las naciones budistas.

Según algunos expertos, también están los países solitarios, como Etiopía y Haití, o los que por sí mismos constituyen una civilización diferenciada, como Israel.

Las civilizaciones encarnan singularidades históricas, hojas de ruta político-ideológicas, y militares distintas; en ocasiones contrapuestas, lo cual fundamenta varios conflictos actuales y determinará algunos futuros.

Lo antedicho se relaciona con ciertas tendencias demográficas y religiosas. La población mundial se compone de 7.000 millones de personas: 2.200 millones cristianas, entre las cuales el grupo más numeroso lo integran los católicos, con casi 1.200 millones de fieles. La reforma protestante, constituida por unas 300 iglesias y confesiones, posee 740 millones de fieles; los ortodoxos, 260 millones; la comunión anglicana, 82 millones; los musulmanes son 1.550 millones, divididos en chiitas y sunnitas; los hindúes ascienden a 850 millones; los budistas, a 420 millones; y los judíos, cuya población ronda los 17 millones. Ateos hay 155 millones y, sin pertenecer a ninguna religión, otros 800 millones.

Cuando se analizan estos datos y sus tendencias, se observa un descenso relativo del número de cristianos, un aumento de religiones en Asia y África, un incremento de adherentes al islam y de agnósticos, ateos e independientes, fenómeno, este último, sobresaliente en la civilización occidental.

Los países más poblados son China y la India, donde predominan el taoísmo, el confucianismo, el budismo y las corrientes religiosas y filosóficas vinculadas al hinduismo, entre cuyos dioses está la tríada compuesta por Brahma, Siva y Visnú.

El 61 % de la población mundial vive en Asia; un 17 %, en África; un 10 %, en Europa; un 8 %, en Latinoamérica y el Caribe; y el 5 %, en América del Norte y Oceanía. Hacia el 2050, el 51 % vivirá en África y casi el 70 % lo hará en zonas urbanas y ciudades inteligentes.

Los datos demográficos ofrecen elementos para interpretar el comportamiento actual de los imperios, así como el contenido ideológico de los poderes fácticos. Así, por ejemplo, y siguiendo al historiador británico Arnold J. Toynbee, una civilización no puede sobrevivir sin religión, de modo que, cuando la fe entra en crisis, la civilización a la cual pertenece queda obligada a sustituirla por otra o a modificar la existente en puntos medulares.

Imperios. Otro elemento para comprender la situación actual, e intentar visualizar el futuro, digamos al 2050, es el comportamiento de los imperios.

Primero: China ha dejado la política de autocontención que la caracterizó durante décadas e inició un acelerado proceso de expansión que comprende aspectos económicos, comerciales, científicos, tecnológicos, ideológicos y militares, como lo evidencia el programa estratégico la Ruta de la Seda.

Segundo: Rusia intenta recuperar las esferas de influencia perdidas cuando la Unión Soviética y el Pacto de Varsovia desaparecieron. Como explican los expertos en geopolítica, Rusia siempre ha tenido interés en controlar los mares Negro, Báltico y el Caspio, así como el Cáucaso y Asia Central. Para Piqué, lo hace siguiendo la orientación de Catalina la Grande: la mejor manera de defender las fronteras de Rusia es expandiéndolas.

Tercero: la Unión Europea experimenta extremas dificultades para consolidarse y desarrollarse, y en esto influyen tres variables: primero, el ascenso de los nacionalismos y populismos de todo signo ideológico en sus países; segundo, las élites políticas tradicionales (socialdemócratas, liberales y democristianos) atraviesan un período de descrédito social que ha derivado en el euroescepticismo; y, tercero, las diversidades nacionales no sintonizan fácilmente con los intentos de crear sistemas de defensa, jurídicos y sociales, que sean aplicables a todos los países.

Cuarto: los Estados Unidos han entrado en una senda que combina el proteccionismo comercial con la bilateralidad económica y militar, la beligerancia político-ideológica y el despliegue del poderío militar global. Esta línea de acción se mueve hacia el rediseño de la presencia estadounidense en el mundo.

Cinco: EE. UU. y China se mueven en la misma dirección, con miras al fortalecimiento del sistema social interno con más presencia militar internacional. Lo hacen, sin embargo, con énfasis distintos, uno se presenta como líder mundial de la globalización (China) y el otro subraya el proteccionismo (EE. UU.). Con el paso de los años, esta correlación podría modificarse en sentido inverso. Está claro que el fortalecimiento interno de ambas sociedades estará relacionado con los despliegues militares, el desarrollo tecnológico y científico, los cambios en el mundo laboral y la mayor o menor cohesión social que logren generar.

En el mundo del 2050, permanecerán inalteradas tres características: la inmensa y maravillosa diversidad de intereses, emociones, ideas y experiencias que dinamizan la vida personal y social; el intento de aniquilar y hacer desaparecer esa diversidad por parte de las ideologías del odio; y la envolvente propensión a la guerra, originada en una psicología dominante que no tiene nada de sabiduría, pero sí de inteligencia, egocentrismo y manipulación.

El autor es escritor.