Kent Harrington. 6 marzo

ATLANTA– Tras casi cuatro años de protestar contra los funcionarios y analistas de inteligencia estadounidenses, que revelaron la interferencia rusa en la elección presidencial del 2016, finalmente, Donald Trump se ha dejado llevar por la paranoia al extremo de iniciar una purga.

La reciente defenestración de altos funcionarios de seguridad nacional puede tomar desprevenidos a los estadounidenses, pero para los rusos no es sorpresa. Hace meses que en Moscú circula un chiste que dice que si Trump despidiera a sus jefes de espías podría obtener información directamente de la fuente: el presidente ruso Vladimir Putin.

Antes de Trump, ningún presidente había antepuesto tan descaradamente sus propios intereses políticos a la seguridad del país, al desacreditar a las agencias mismas encargadas de su defensa.

Entre los destituidos por Trump, el mes pasado, se encuentran el director nacional de inteligencia interino, almirante Joseph Maguire, y su subalterno. Pero la eliminación de altos funcionarios no es la parte más relevante de la historia. Lo más crucial es que Trump quiere enviar un mensaje a la tropa de la comunidad de inteligencia, que una y otra vez ha desmentido sus afirmaciones infundadas, desde las referidas al programa nuclear norcoreano hasta el cambio climático. Trump quiere intimidar y someter a los profesionales de inteligencia estadounidenses, y es posible que lo logre.

La última ronda de despidos es innegablemente una purga. Su elegido provisorio para reemplazar a Maguire, Richard Grenell (embajador en Alemania), es un notorio adulador de Trump, sin experiencia en inteligencia, que estará feliz de complacer a la tribuna unipersonal que lo mirará desde la oficina oval.

Ya ordenó a esbirros propios iniciar una investigación sobre presuntas conspiraciones entre los funcionarios de inteligencia que revelaron la interferencia rusa en la elección y escudriñar los legajos del personal en busca de integrantes insuficientemente leales a Trump.

Con la cercanía de la elección presidencial del 2020, los motivos de Trump se entienden fácilmente. En diciembre, funcionarios de inteligencia omitieron la parte pública del informe sobre amenazas que presentan todos los años ante el Congreso, debido a que, en las audiencias del año anterior, provocaron la ira de Trump al contradecirlo en casi todos los asuntos importantes de seguridad nacional.

La enseñanza de ese episodio fue clara: Trump quiere llenar la dirección ejecutiva de empleados serviles que silencien a las agencias de inteligencia durante la campaña electoral del 2020.

Si Grenell hace su trabajo y completa la purga, el nuevo candidato de Trump para la Dirección Nacional de Inteligencia (DNI) podrá pasar fácilmente por el proceso de confirmación en el Senado con su mejor cara de inocencia.

Y ese candidato será John Ratcliffe, miembro republicano de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos y también un lamebotas consumado de Trump. Ya, a mediados del año pasado, los ataques de Ratcliffe contra el fiscal especial Robert Mueller durante las audiencias en el Congreso por la investigación de las acciones rusas habían llevado a que Trump lo eligiera para el puesto en la DNI.

Pero la candidatura de Ratcliffe naufragó al revelarse que había inflado su currículum para compensar la falta de experiencia en inteligencia, y hasta los senadores republicanos reconocieron que la lealtad a Trump no es cualificación suficiente para el puesto. Ahora, el Senado deberá elegir entre Ratcliffe y Grenell.

Los antecedentes descaradamente serviles de Ratcliffe hacen pensar que, lo mismo que Grenell, politizará las actividades de inteligencia cada vez que Trump lo demande. La misión de la comunidad de inteligencia es presentar al presidente, a los altos funcionarios y a los comandantes militares hechos y análisis imparciales, sin importar sus preferencias declaradas en materia de políticas. Pero Trump ya ha intentado muchas veces suprimir o desacreditar datos de inteligencia que no son de su agrado, y es probable que ahora siga haciéndolo con total desenfreno.

La interferencia de la Casa Blanca en actividades de inteligencia cruciales ya generó alarma tanto entre los republicanos como entre los demócratas. En enero, Adam Schiff, presidente (demócrata) de la Comisión de Inteligencia de la Cámara de Representantes, advirtió que la administración Trump estaba presionando a las agencias de inteligencia para que negaran a los congresistas información sobre Ucrania. Y, en el Senado, una reunión informativa de inteligencia para explicar la amenaza inminente que supuestamente justificaba el asesinato selectivo en enero de Qasem Soleimani, comandante de la Fuerza Quds iraní, suscitó críticas desde ambos partidos por las aparentes falsedades de la Casa Blanca.

Claro que los presidentes tienen todo el derecho de dar a las agencias de inteligencia nuevas instrucciones y de despedir a funcionarios por fracasos o equivocaciones. Después de la desastrosa invasión a la bahía de Cochinos, en 1961, el presidente John F. Kennedy puso al mando de la CIA a John McCone, figura no perteneciente a la comunidad de inteligencia. Y cuando el escándalo Irán‑Contras salpicó al director de la CIA William J. Casey el presidente Ronald Reagan designó a William H. Webster (exdirector del FBI) para reemplazarlo. Pero antes de Trump, ningún presidente había antepuesto tan descaradamente sus propios intereses políticos a la seguridad del país, al desacreditar a las agencias mismas encargadas de su defensa.

De hecho, ni siquiera un presidente de ética tan dudosa como Richard Nixon llegó a hacer algo parecido a la guerra de Trump contra la comunidad de inteligencia. Presionado por el escándalo Watergate, en febrero de 1973, Nixon designó a James R. Schlesinger director de la CIA, en reemplazo de Richard Helms, porque este se había negado a participar en los intentos de encubrimiento.

Tras asumir el cargo, Schlesinger emprendió una reducción de la agencia que incluyó el despido de cientos de funcionarios experimentados y generó malestar en el personal. Pero nunca puso en duda la lealtad de la agencia ni desacreditó su trabajo. Además, a diferencia de Grenell y Ratcliffe, Schlesinger (que más tarde se desempeñó como secretario de defensa) al menos tenía antecedentes en el área de seguridad nacional.

Los incesantes ataques de Trump y la instalación de apparatchiks políticos en los más altos puestos de la comunidad de inteligencia ha tenido un efecto innegable sobre la moral del personal. Los espías y analistas de inteligencia estadounidenses están entrenados para hacer su trabajo con integridad y para correr riesgos en el terreno. Su misión es entregar información y análisis independientes e imparciales al servicio de la seguridad nacional. Al ignorar sus conclusiones, menospreciar su trabajo y ponerse a buscar señales de deslealtad, las acciones de Trump han puesto en riesgo esa misión.

Hasta ahora, los altos mandos de la comunidad de inteligencia han dicho poco acerca del perjuicio causado por Trump. La explicación más piadosa de este silencio es que mantienen la cabeza agachada para proteger su misión. Es posible que sea cierto. Pero, en algún punto, el silencio se vuelve indistinguible de la complicidad, sobre todo cuando los máximos responsables por el éxito de la misión caen víctimas de purgas y de investigaciones amañadas. Algo anda muy mal cuando a los que merecen galardones se les premia con el despido.

Kent Harrington: ex analista superior de la CIA, fue director nacional de inteligencia para Extremo Oriente, jefe de destacamento en Asia y director de asuntos públicos de la CIA.

© Project Syndicate 1995–2020