Jacques Sagot. 10 octubre, 2019

Fue una imagen para la eternidad. Una foto mental que jamás lograré expulsar de mi conciencia. Una de las cosas más degradantes, depravadas, desmoralizantes que he tenido que ver en mi vida.

Corrían los años noventa. Caminaba yo por la avenida central, cuando di de narices con aquel espectáculo obsceno, perturbador. Exactamente en la esquina del que alguna vez fue el restaurante Hardee’s lo vi. Estaba de pie. Enjoyado, lleno de cadenas de oro, de anillos, de pulseras, de relucientes colgajos; los brazos, tatuados y, poderoso, el pecho salido como la proa de un bergantín.

¿Cómo es posible que un pueblo culto, informado, alfabetizado, se ponga a los pies de un delincuente de tan deplorable estofa? ¿Cómo es posible que aquella encarnación de antivalores éticos despertara tal devoción, tan supersticiosa reverencia?

Era Bambán, criminal que en aquellos funestos años fundó y dirigió una banda de ladrones especializados en el hurto, reventa y desmantelamiento de vehículos.

Los transeúntes lo habían reconocido y aguardaban, ¡en fila, dóciles y pacientes!, para pedirle un autógrafo. Y el pillo, entretanto, sonreía y se prodigaba en todas direcciones, cual una estrella de Hollywood reconocida en un sitio público. Generoso, radiante, munificente, por poco majestuoso, no le negaba la sonrisa, el abrazo o el apretón de manos a ninguno de sus “admiradores”.

Ahí mismo, en ese preciso instante supe —terrible revelación, especie de relámpago que me hubiese partido la cabeza— que mi país estaba gravemente enfermo. Un pueblo que aclama y reverencia a sus criminales es un pueblo espiritualmente roto, víctima del pernicioso espejismo de la fama, dispuesto a ovacionar y admirar a todo cretino que saliese en televisión o figurase lo suficiente en los periódicos.

Fama fácil. Es un hecho que merece honda reflexión, un fenómeno que ya estudió Baudrillard, pero que aún no ha sido explorado en profundidad. Todo aquello que se inscribe dentro del mágico, irradiante rectángulo de un aparato de televisión, se prestigia, asume un aura mágica, por poco sobrenatural.

Para el espectador promedio, el que zapea sin cesar y, soñoliento o perezoso, está expuesto a todo tipo de sugestiones ideológicas, si alguien sale en la televisión, solo puede tratarse de un superhombre o una supermujer: es el sueño de la fama fácil e inmerecida, con sus miles de peligrosísimas promesas.

Son los valores que postula la farándula, ese mundo de mentirillas, esa enorme caverna platónica donde la gente vive de sombras e ignora la realidad del mundo. La humanidad estaría, así pues, dividida en dos especies distintas: los que nos movemos en el universo de la cotidianidad, las criaturas peatonales, los simples transeúntes, los consumidores de espectáculo pasivos y acríticos (spectaculum consumptor); y luego los residentes del rectángulo mágico, límbico, bañado en un resplandor de ensueño, criaturas privilegiadas, seres superiores, hijos de la luz lunar del aparato de televisión, entes que viajan a través del espacio a lomos de ondas eléctricas y que no habitarían esta dimensión de la realidad si no fuesen seres míticos, dotados de excepcionales virtudes.

Ya lo he dicho: su poder procede de su grado de presencia mediática, en particular, en la televisión. Salir en la televisión es como salir en el Parnaso, en el Olimpo, en el Valhala: cosa reservada a dioses o semideidades.

Recientemente, me topé a una persona que me reconoció mientras hacía fila en un hospital del país. Con los ojos desmesuradamente abiertos, con la más conmovedora ingenuidad, con la ilusión que dimanaba de todo su ser, me preguntó: “Hola, don Jacques, qué honor conocerlo, y dígame, ¿qué se siente salir en televisión?”. Ese es el grado de candor, de inocencia de mucha, muchísima gente.

De inmediato, se establece una ecuación ética nefasta: algo que sale en televisión y tiene presencia mediática solo podría ser bueno, más aún: excelso.

Cuidado periodístico. Nuestros medios tienen que tener cuidado con este punto: cubrir las noticias que tienen que ver con las fechorías de los delincuentes, pero —sé que es más fácil decirlo que hacerlo— sin promover involuntariamente una imagen farandulizada y glamurizada del pillo. Es como andar sobre una cuerda floja: el país debe enterarse de los crímenes que hieren a la sociedad, pero sin exponer al criminal más de la cuenta, sin convertirlo en un héroe malgré lui.

De lo contrario, caeremos en el síndrome de Bonnie and Clyde: la mitificación, la glorificación, la heroización del delincuente. Bonnie and Clyde fue una pareja de asaltantes de bancos, tiendas y estaciones de gas que, allá durante los tempranos años treinta del siglo pasado, en plena Gran Depresión, perpetraron incontables atracos. Con el inconveniente de que eran tan carismáticos, tan mediáticos, tan legendarios, tan apuestos, que la gente los protegía, les daba asilo, los escondían en sus casas cuando las autoridades los perseguían.

Al final, cayeron en una emboscada y fueron acribillados a cientos de balazos, literalmente, dentro de su auto, el 23 de mayo de 1934. Hollywood les consagró una película en 1967, con Warren Beatty y Faye Dunaway en los papeles protagónicos.

Ahí comienza a insinuarse el fenómeno, que ha sido global e histórico, de la glamurización del pillo. Es ese momento de total ofuscación del espíritu crítico, en que la gente, la sociedad civil, se torna aliada del delincuente, reconoce en él un aura épica, aventurera, en cierto modo romántica (se inscriben en el espacio intersticial entre la realidad y la leyenda que los alemanes llaman geschichte).

Por supuesto, siempre podemos remontarnos a la figura de Robin Hood para mencionar el caso de un ladrón popular, pero su ética, como todos sabemos, era muy diferente. La glamurización del pillo es un fenómeno específico y exclusivo del siglo XX, y de lo que llevamos del nuevo milenio.

Criminales entrañablemente queridos por el pueblo los ha habido por centenares, comenzando por Pablo Escobar, pero también algunas familias de la mafia italiana en el Chicago de los años treinta y cuarenta, y varias figuras folclóricas del crimen en Costa Rica.

Devoción incomprensible. Lo que vi ese día en plena avenida central merece una lectura sociológica muy sesuda. ¿Cómo es posible que un pueblo culto, informado, alfabetizado, se ponga a los pies de un delincuente de tan deplorable estofa? ¿Cómo es posible que aquella encarnación de antivalores éticos despertara tal devoción, tan supersticiosa reverencia?

Ya lo he dicho: su poder procede de su grado de presencia mediática, en particular, en la televisión. Salir en la televisión es como salir en el Parnaso, en el Olimpo, en el Valhala: cosa reservada a dioses o semideidades.

Durante mucho tiempo, me juré a mí mismo nunca compartir con nadie una imagen que a tal punto mostraba la degradación ética de nuestro país. Pero hoy he decidido romper el silencio. No tengo derecho a privar a Costa Rica de esta imagen atroz, que desdice de todos los valores que nuestra cultura pretende encarnar.

Lo narro lleno de vergüenza, sonrojado, aun incrédulo, preguntándome si mis ojos me habrán jugado una mala pasada. Lo narro con asco, con repulsión, con rabia. Lo narro porque nuestro país debe saber, entender, asumir la abismal falta de espíritu crítico que aqueja a su ciudadanía.

No, no tengo derecho a callar. Ahora lo he dicho, y siento que me he quitado una lápida de encima del pecho.

El autor es pianista y escritor.