Francisco Antonio Pacheco.   30 junio

No estamos solo en una pandemia: nos encontramos sumidos en una crisis integral. Enfrentamos el peligro grave de tirar por la borda el desarrollo social y estamos incubando otra generación perdida… tal vez tres.

La atención se centra en salvar vidas, y eso está bien, de momento, o en preocuparse por la reactivación económica, algo que todos deseamos encarecidamente.

Foto: Albert Marín

La educación, sin embargo, está relegada. El país debe tomar medidas heroicas en este campo y con extrema urgencia, pues de lo que se haga o se deje de hacer dependen también vidas, el desarrollo del país y el manejo solidario de las desigualdades entre la población.

De la miseria se repone la gente gracias a políticas sociales acertadas; la pérdida de un año de estudios la arrastra un niño por el resto de su vida.

Es innecesario repetir la historia de lo que ocurre en educación porque todos la conocemos bien: llevamos tres años seguidos de descalabros.

Resulta imposible olvidar la huelga interminable del 2018, las irregularidades del funcionamiento del sistema el año anterior, la eliminación del bachillerato, eje en torno al cual se hubiera podido levantar una recuperación de la calidad.

Y, como si no bastara, llegó lo impensable: la desescolarización progresiva de la mayor parte del alumnado del país.

Las consecuencias de lo que ocurre durarán quince, veinte años… para muchos, toda la vida. El hundimiento de la educación originará más desigualdades sociales, más miseria, más subdesarrollo. ¡Cómo quedarnos tranquilos si estamos condenando a cientos de miles de personas a formas de vida primitivas, indignas de nuestras mejores tradiciones!

Como la pobreza y la ignorancia se multiplican, terminarán por ser millones. El equilibrio social del país en el entorno inmediato es precario; esto lo entendemos todos; sin embargo, lo más grave es que si no se emprenden acciones eficaces para salvar el sistema educativo el desequilibrio social va a intensificarse y a extenderse por décadas. Por supuesto, algo hay que hacer y pronto.

Triángulo de Solidaridad, en Tibás. Uso de internet en hogares ubicados en barrios marginales o precarios. En la foto: Jennifer Gómez Viales, estudiante de Administración. Crédito: Albert Marín, foto con fines ilustrativos.

Dejemos, por ahora, el asunto de la calidad de la educación tal como debería ser abordado en condiciones normales y concentrémonos en la emergencia que vivimos. Tal vez surjan de paso posibilidades de mejora permanente si el asunto se enfrenta de manera adecuada.

Para lograrlo, veo tres líneas de acción remediales: creación de un ciclo terminal; educación a distancia, aprovechando recursos “artesanales” que ya existen en el país, o bien, otros distintos; y, a mediano plazo, introduciendo ya mejoras en la conectividad y poniendo a disposición de la formación estudiantil más recursos digitales.

Creación del ciclo terminal. En todos los países sobre los que he tenido noticias, la educación formal —a partir de la primaria— dura 12 años, es decir, llega hasta los 18 años de edad. En Costa Rica, la educación académica, que no la técnica, dura un año menos. Con crisis o sin ella, esto debería subsanarse.

Sin embargo, atendiendo la situación actual, podría crearse un ciclo terminal que llene en parte el vacío dejado por las interrupciones del proceso educativo a que hice mención. Sí, estoy proponiendo un año más, por lo menos, para quienes concluyan la educación secundaria académica.

Este programa debería ser muy compacto, muy intenso. Sugeriría centrarlo exclusivamente en cinco campos fundamentales: matemáticas, español, un idioma —en la mayoría de los casos sería inglés—, ciencias y estudios sociales, sin sesgos ideológicos y políticos, y con énfasis en la responsabilidad social.

El Ministerio de Educación (MEP) y las universidades públicas deberían trabajar juntos en el diseño del programa, que podría tener, como uno de sus elementos, el curso de matemáticas de ingreso.

A estas instituciones les interesa conjurar el peligro de recibir estudiantes con enormes vacíos en su formación. Sin duda, estarán dispuestas a ayudar. La palabra deberían tenerla los departamentos académicos especializados y los órganos directivos universitarios.

Se me dirá que esto cuesta dinero. ¡Por supuesto que sí! Las universidades podrían apoyar el programa. El MEP acaba de liberar los recursos del Instituto Marco Tulio Salazar, cuyo fracaso era previsible, pues arrastraba los problemas propios de los colegios nocturnos, detectados, por cierto, hace más de treinta años por el Ministerio.

Los índices de fracaso en esas modalidades tienden a ser muy altos porque, a menudo, las personas que acuden a ellos llegan cansadas de trabajar y, de manera consciente o no, lo que buscan es un ámbito de socialización confiable, seguro, pues carecen de él.

Educación a distancia. Existe también un programa de educación a distancia a cargo del Ministerio de Educación y el Instituto Costarricense de Educación Radiofónica (ICER) que abre la oportunidad de terminar la educación primaria, la secundaria y el bachillerato desde la casa. Hay material didáctico elaborado para ello.

El Ministerio lleva a cabo pruebas periódicas para la aprobación de los cursos en los diferentes niveles. Pues bien, ese sistema educativo debería estar potenciándose intensamente. Debería propiciarse que los alumnos regulares se incorporen a él durante la emergencia.

Supongo que la institución a cuyo cargo está el programa no tendría recursos suficientes para recibir un ingreso de estudiantes muy superior al normal.

El Ministerio debe brindarle recursos para imprimir más textos educativos, pero, además, ofrecer apoyo a quienes se incorporen a él, mediante tutorías a cargo de docentes de su planilla.

Esas tutorías no tienen por qué ser presenciales: a comienzos de la década de los ochenta, la UNED efectuaba tutorías telefónicas; no veo por qué no realizarlas ahora cuando las comunicaciones han mejorado. Pero también pueden ser radiofónicas, ¡tenemos Radio Nacional!, y por Internet. Recordemos que estamos en plena emergencia.

Desde la década de los ochenta, pusimos en marcha en la UNED un programa de bachillerato de educación secundaria a distancia (Coned). Llegó la hora de fortalecerlo aún más. Pero el Ministerio debe inducir a los estudiantes a acogerse a estos sistemas de formación. Esto es fundamental.

Sé muy bien que los procesos educativos, sobre todo durante la niñez y la adolescencia, requieren la socialización. Por eso, no es conveniente que estos programas sustituyan de manera permanente la educación presencial en esas edades. Sin embargo, por ahora, es preciso echar mano de ellos intensamente, pues estamos en una emergencia y, al igual que se salva enfermos en cuidados intensivos, debemos salvar alumnos cuya formación está en peligro de perderse.

Más recursos tecnológicos. La señal de Internet que llega a las escuelas, cuando la tienen, es raquítica. Elevar la conectividad, es decir, igualarla a la que tienen en un país desarrollado, constituiría una ayuda enorme para la educación y las empresas, particularmente para las pequeñas y medianas.

Su valor sería muy superior al de ciertos apoyos económicos que se desperdician. El país, más que la mayoría, ha acumulado una experiencia valiosísima en informática educativa. Debería ser aprovechada.

Obviamente, cuando se trata de sustituir la educación presencial los retos son muy particulares, pero disponemos de gente capacitada para ayudar a hacerlo. Esta es una enorme tarea; por eso, requiere emprenderla pronto y con energía.

El autor es exministro de Educación.